Entre Vetrov y Vlasov.

CAPÍTULO 31. Lluvia sobre el asfalto.

El cielo estaba roto.
No gris. Negro.
La lluvia caía como si alguien hubiera abierto el cielo.
Y la carretera desaparecía entre el agua.
JASEN:
—Esto es mala idea.
—Lo sé.
—Muy mala idea.
—También lo sé.
AUREN:
El motor rugía.
El limpiaparabrisas no era suficiente.
Nada lo era.
JASEN:
—¿Confías en este coche?
—No.
—Perfecto.
AUREN:
—Deja de hablar.
—Me ayuda a no pensar.
—Pues piensa menos fuerte.
JASEN:
Truenos.
Cerca.
Demasiado cerca.
—No me gusta esto.
AUREN:
—Concéntrate.
—Estoy concentrado.
—No lo estás.
JASEN:
Y entonces… las luces aparecieron.
Detrás.
Primero una. Luego dos. Luego tres.
—Tenemos compañía.
AUREN:
Miró por el retrovisor.
Coches.
Negros.
Demasiados.
—No son nuestros.
JASEN:
—Esa es una forma elegante de decir “problema”.
—Acelera.
—Eso sí lo entiendo.
AUREN:
El coche avanzó.
Pero ellos también.
Demasiado coordinados. Demasiado preparados.
JASEN:
—Nos están guiando.
—No.
—Sí.
—Sí.
Silencio.
AUREN:
El camino cambió.
Menos luces.
Más barro. Más aislamiento.
—Esto no es una persecución.
—¿Entonces?
JASEN:
—Es una dirección.
Silencio.
El coche se detuvo.
Sin razón aparente.
O quizás demasiadas.
Delante: Un almacén.
Oscuro. Abandonado. Demasiado familiar.
AUREN:
—Sal del coche.
JASEN:
—No me gusta cuando dices eso.
—Ahora.
Y cuando bajaron… la lluvia era lo único que hacía ruido.




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