El cielo estaba roto. No gris. Negro. La lluvia caía como si alguien hubiera abierto el cielo. Y la carretera desaparecía entre el agua. JASEN: —Esto es mala idea. —Lo sé. —Muy mala idea. —También lo sé. AUREN: El motor rugía. El limpiaparabrisas no era suficiente. Nada lo era. JASEN: —¿Confías en este coche? —No. —Perfecto. AUREN: —Deja de hablar. —Me ayuda a no pensar. —Pues piensa menos fuerte. JASEN: Truenos. Cerca. Demasiado cerca. —No me gusta esto. AUREN: —Concéntrate. —Estoy concentrado. —No lo estás. JASEN: Y entonces… las luces aparecieron. Detrás. Primero una. Luego dos. Luego tres. —Tenemos compañía. AUREN: Miró por el retrovisor. Coches. Negros. Demasiados. —No son nuestros. JASEN: —Esa es una forma elegante de decir “problema”. —Acelera. —Eso sí lo entiendo. AUREN: El coche avanzó. Pero ellos también. Demasiado coordinados. Demasiado preparados. JASEN: —Nos están guiando. —No. —Sí. —Sí. Silencio. AUREN: El camino cambió. Menos luces. Más barro. Más aislamiento. —Esto no es una persecución. —¿Entonces? JASEN: —Es una dirección. Silencio. El coche se detuvo. Sin razón aparente. O quizás demasiadas. Delante: Un almacén. Oscuro. Abandonado. Demasiado familiar. AUREN: —Sal del coche. JASEN: —No me gusta cuando dices eso. —Ahora. Y cuando bajaron… la lluvia era lo único que hacía ruido.
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