La casa nunca había estado tan silenciosa. Jasen no apartaba la vista del televisor apagado. —No me gusta esto. —Nada de esto te ha gustado nunca. —Esto menos. Jasen se incorporó un poco.
El costado ya casi no dolía. Eso era lo peor. Cuando el cuerpo dejaba de gritar… la cabeza empezaba. Auren estaba de pie. Cerca de la mesa. Mirando documentos. Pantallas. Teléfonos. —Esto no encaja. —La muerte. —Sí. —Es demasiado perfecta. —Como si alguien quisiera que la creamos. Silencio. Esa frase se quedó en la habitación. Demasiado tiempo. —¿Y tú la crees, Auren? Pausa. —No, pero alguien quiere que lo hagamos. Pantallas encendidas. Archivos abiertos. Informes cruzados. —Todo apunta a lo mismo. —Colapso interno. —Traición. —Desaparición de registros. —Demasiado limpio. —¿Y si es real? Auren lo miró. Directo. —Entonces estamos jugando con alguien peor. Silencio.
No había alivio. Solo presión. —Me cansa esto. —Lo sé. —No hablo de la mafia. Pausa. —Hablar contigo. Auren se quedó quieto. No respondió rápido. —Tú empezaste. —No dije que fuera culpa de nadie. —Siempre es de alguien. Se rió levemente. —Eres imposible. —Y tú hablas demasiado. Silencio. Más cerca. Sin que ninguno lo decidiera. —Auren… —No. Pero no se apartó. —No hemos hablado de lo de antes. —No hay nada que hablar. —Eso es mentira. Silencio. Respiración más lenta. Más consciente. —No ahora. —¿Cuándo entonces? No respondió. Jasen se levantó. Lento. Dolor mínimo. Pero firme. Se acercó. Demasiado. Otra vez. Auren no retrocedió. La distancia era inexistente. —Dime que no sentiste nada. Silencio largo. Demasiado largo. —No puedo. Silencio. Eso fue suficiente. —Entonces deja de fingir. Auren lo agarró primero. No brusco. No suave. Necesario. —Esto es mala idea. —Lo sé. Se acercaron. Sin música. Sin romanticismo perfecto. Solo caos controlado. Respiración chocando. Demasiado cerca para pensar. Y entonces pasó. No fue lento. No fue perfecto. Fue real. Un beso corto. Interrumpido casi al instante por la tensión que llevaban semanas acumulando. Se separaron. Demasiado rápido. —…eso no- —No pasó nada. —Sí pasó. —No lo menciones. Silencio. Ambos respirando distinto. Ambos evitando mirarse demasiado tiempo. En otra pantalla. Un archivo seguía abierto. “Valeria
Estado: confirmada muerte.” Pero ninguno lo miraba. Porque por primera vez… el problema no era Valeria. Eran ellos.
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