Entre Vetrov y Vlasov.

CAPÍTULO 43. Vacío.

AUREN:

El silencio no era nuevo, pero esta vez era distinto.

No era el silencio de una casa vigilada. Ni el de una misión. Ni el de esperar un ataque.

Era un silencio sin propósito.

Auren lo notó desde la primera mañana.

La habitación estaba demasiado ordenada.

Demasiado limpia. Demasiado suya.

Y aun así… no encajaba.

Se sentó en la cama unos segundos.

Sin moverse. Sin levantarse.

No porque estuviera cansado.

Sino porque no había motivo para levantarse.

Antes siempre lo había.

Un ruido. Una discusión. Una presencia al otro lado del pasillo.

Jasen.

Ahora no.

—Esto es absurdo.

La voz salió sin intención.

No había nadie para escucharla.

Pero aun así lo dijo.

Como si decirlo lo hiciera más real.

Se levantó.

Caminar por la casa era igual de inútil.

Todo estaba en su sitio. Todo correcto. Todo vacío.

Entrenó.

Porque era lo único que no requería pensar.

Golpe tras golpe.

Respiración controlada.

Movimientos automáticos.

Pero incluso ahí… había algo que faltaba.

El ruido de alguien corrigiendo.

El comentario sarcástico.

La mirada irritante desde la esquina.

Silencio otra vez.

—Céntrate.

Se dijo a sí mismo.

Pero no estaba perdiendo concentración.

Estaba perdiendo referencia.

JASEN:

En otro lugar, Jasen despertó tarde.

O quizá no tarde.

Solo sin razón para despertarse antes.

La casa era similar.

Demasiado segura. Demasiado limpia. Demasiado ajena.

Se quedó mirando el techo.

Durante varios minutos.

Sin moverse.

—Debería estar bien con esto.

Pero no lo estaba.

Se incorporó lentamente.

El costado ya estaba bien. Demasiado bien.

Como si el cuerpo hubiera decidido olvidar lo importante.

—Genial.

Se vistió sin prisa.

Sin rutina real.

No había nadie que le dijera que iba tarde.

No había nadie que lo siguiera con la mirada.

No había nadie que lo provocara.

—Esto es peor de lo que pensaba.

El tiempo pasó sin forma.

En la casa de Auren… los días eran disciplina, entrenamiento, comidas exactas, silencio estructurado.. Pero incluso la disciplina empezaba a sentirse hueca, porque ya no era una rutina compartida. Era una repetición sin contraste.

Una noche, Auren se detuvo en medio del pasillo.

Sin razón.

Miró hacia la habitación vacía del otro lado.

—…

No entró.

No había nada que hacer allí.

Y aun así… no se movió durante varios segundos.

—Ridículo.

Se giró.

Siguió caminando.

Pero algo había cambiado.

Ya no era control.

Era costumbre rota.

JASEN:

En la otra casa, Jasen estaba en la cocina.

El café estaba demasiado amargo.

O quizá él estaba demasiado sensible.

Se apoyó en la encimera.

Miró el móvil.

Ningún mensaje.

Ninguna notificación relevante.

Nada.

—Esto no tiene sentido.

Lo dijo en voz alta otra vez.

Como si la repetición lo explicara.

Pero no lo hacía.

“Esto era lo correcto.”

Pero no se sentía correcto.

Salió a caminar.

Sin escolta. Sin compañía. Solo él.

La ciudad seguía igual.

Pero todo parecía más grande. Más ruidoso. Más ajeno.

Se detuvo frente a un cruce.

Y por primera vez… no supo hacia dónde ir.

AUREN:

Esa misma tarde, Auren estaba en el gimnasio.

Golpeaba el saco.

Una y otra vez.

Hasta que el sonido dejó de significar algo.

—Concéntrate.

Pero el cuerpo ya no necesitaba corrección.

Necesitaba interrupción.

Un comentario. Una risa. Una voz irritante.

—“Te vas a caer.”

—“No.”

—“Te lo dije.”

El golpe fue más fuerte de lo necesario.

El saco se movió demasiado.

Se detuvo.

Respirando más fuerte de lo habitual.

—No es eso.

No era entrenamiento.

Era ausencia.

JASEN:

Esa noche, Jasen se quedó sentado en el borde de la cama.

El móvil en la mano.

Sin desbloquearlo.

—No debería importarme tanto.

Pero le importaba.

Porque el silencio no era descanso.

Era falta.

AUREN:

En la otra casa, Auren cerró los ojos.

Por primera vez en días.

Y no fue paz lo que encontró.

Fue el mismo vacío.

Pero con un nombre que no decía en voz alta.

En algún punto de esa distancia… los dos pensaron lo mismo.

No al mismo tiempo.

No de la misma forma.

Pero igual.

“Falta alguien.”

Y ninguno lo dijo.

Pero ninguno dejó de sentirlo.




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