Entre Vetrov y Vlasov.

CAPÍTULO 48. Consecuencias.

El silencio era extraño.
Auren seguía sin acostumbrarse.
Durante meses había vivido esperando algo.
Un ataque. Una llamada. Una amenaza. Un disparo.
Algo. Siempre había algo.
Ahora no.
Y eso resultaba inquietante.
Auren abrió los ojos antes de que sonara la alarma.
Como siempre.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Mirando el techo.
La habitación estaba oscura.
Tranquila.
Y por primera vez en mucho tiempo no sintió la necesidad de levantarse inmediatamente.
Porque no había ninguna emergencia.
Ninguna crisis.
Nadie intentando matarlos.
El tío estaba detenido.
Valeria estaba muerta.
La organización que había intentado destruirlos se estaba desmoronando.
La guerra había terminado.
O al menos eso decían todos.
Auren todavía no estaba convencido.
Giró la cabeza.
Y lo vio.
Jasen seguía dormido.
Porque sí.
Volvían a compartir habitación.
No porque fuera necesario.
Porque ninguno había querido volver a separarse.
Algo que jamás admitirían delante de ciertas personas.
Jasen estaba completamente envuelto en las mantas.
Como una momia.
Auren observó aquello durante unos segundos.
Ridículo.
Aun así no apartó la mirada.
Porque aquella escena tenía algo tranquilizador.
Porque estaba ahí. Porque respiraba. Porque seguía vivo.
Y porque después de todo lo ocurrido... seguía costándole creerlo.
El almacén.
Los disparos.
La sangre.
La persecución.
Durante algunas noches todavía soñaba con aquello.
Y siempre despertaba justo antes del disparo.
O justo después.
Dependía del día.
Jasen se movió.
Murmuró algo ininteligible.
Y siguió durmiendo.
Auren negó con la cabeza.
Inútil.
Pero una sonrisa apareció igualmente.
Pequeña. Y peligrosa.
Porque significaba que Jasen estaba teniendo un efecto extraño sobre él.
Otra vez.
Jasen despertó treinta minutos después.
Porque era un milagro biológico.
O una maldición.
Todavía no estaba claro.
Abrió un ojo. Luego el otro.
Y descubrió que Auren ya estaba vestido.
Por supuesto.
—¿Llevas despierto desde hace horas?
—Treinta y ocho minutos.
—Eso sigue siendo preocupante.
—Eso sigue siendo tu problema.
—Buenos días para ti también.
Auren le lanzó una toalla.
Directamente a la cara.
—Violencia doméstica.
—Todavía no.
Silencio.
Jasen procesó la frase.
Y casi se cayó de la cama.
—¿Acabas de hacer una broma?
—No.
—Lo has hecho.
—No.
—Lo has hecho.
—Dúchate.
—¡LO HAS HECHO!
Auren se marchó.
Porque algunas conversaciones no merecían ser continuadas.
Aunque estuviera sonriendo.
Cuando bajaron al comedor, las madres ya estaban allí.
Y sonrieron.
Mal asunto.
—Buenos días. —Dijo Sofía.
—Buenos días. —Dijo Elena.
—No me gusta ese tono. —Dijo Jasen.
—¿Cuál? —Preguntó Sofía.
—Ese.
—Llevas diciendo eso semanas. —Dijo Elena.
—Porque seguís usando ese tono.
Las dos ignoraron la protesta. Como siempre.
—Tenemos una reunión. —Comentó Viktor.
Y el ambiente cambió. Inmediatamente.
—En dos horas. —Añadió Aleksandre.
—¿Con quién? —Preguntó Auren.
—Con todos. —Respondió Viktor.
Silencio.
Eso no sonaba bien.
—Define "todos". —Dijo Jasen.
—Aliados. —Dijo Aleksandre.
Representantes.
Contactos.
Directivos.
Responsables regionales.
Pausa.
—Todos. —Añadió Aleksandre.
—Ah. —Soltó Jasen.
Eso era peor. Mucho peor.
Tres horas después.
La sala era enorme.
Demasiado grande. Demasiadas personas. Demasiadas miradas.
Auren entró primero.
Jasen detrás.
Y ambos notaron lo mismo.
La gente los observaba. Mucho.
No como hijos. No como estudiantes. No como adolescentes.
Como herederos. Como futuros líderes.
Y eso cambiaba todo.
—Odio cuando me miran así. —Dijo Jasen.
—Lo sé. —Dijo Auren.
—¿A ti no te molesta?
—Sí.
—Vaya.
—Simplemente no lo demuestro.
—Eso también da miedo.

La reunión duró horas.
Informes.
Territorios.
Acuerdos.
Reconstrucción.
Y por primera vez... Auren y Jasen participaron.
No escucharon.
Participaron.
Hablaron.
Opinaron.
Decidieron.
Y la mayoría escuchó. La mayoría. No todos.
Porque siempre había alguien. Siempre.
Un hombre mayor apoyó los brazos sobre la mesa.
Y habló.
—La unión sigue siendo un riesgo.
Silencio.
—Especialmente ahora.
—Explíquese. —Dijo Aleksandre.
—Es simple.
Miró directamente a Auren.
Luego a Jasen.
—Las emociones debilitan el liderazgo.
Silencio absoluto.
Nadie necesitó aclaraciones.
Todos entendieron a quién se refería.
—Me preocupa que ciertas relaciones personales afecten decisiones importantes.
Más silencio.
Jasen apretó la mandíbula.
Auren permaneció inmóvil.
—Tarde o temprano tendrán que elegir.
Pausa.
—Entre sus responsabilidades... o aquello.
Aquello.
Como si ni siquiera quisiera nombrarlo.
Silencio.
La tensión se volvió insoportable.
Hasta que Auren habló.
—¿Ha terminado?
El hombre parpadeó.
—¿Perdón?
—Pregunto si ha terminado. Porque si no... puedo esperar.
Varias personas intercambiaron miradas.
—Solo expreso una preocupación razonable.
—No.
Silencio.
—Está expresando una opinión. Y son cosas distintas.
La sala quedó completamente callada.
—Lleva veinte minutos hablando de emociones. Yo llevo toda la reunión hablando de resultados.
Se inclinó ligeramente hacia delante.
—Si quiere cuestionar nuestras decisiones... hágalo con datos, no con prejuicios.
Silencio.
—Porque hasta ahora los números nos respaldan. Y usted no ha presentado nada.
Nadie habló.
Absolutamente nadie




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