Entre Vetrov y Vlasov.

CAPÍTULO 49. La promesa rota.

Cumplir dieciocho años era una estafa.

Jasen llevaba años esperando ese momento. AÑOS.

Porque cuando tenía doce había hecho una promesa. Una maravillosa. Una perfecta. Una brillante.

O eso había pensado entonces. Ahora no tanto.

Porque aquella promesa había resultado ser una de las peores ideas de su vida.

Y eso ya era decir mucho.

—Esto es culpa tuya.

—¿Qué he hecho ahora, Jasen?

—Existir.

—Qué argumento tan sólido.

—Gracias.

La fiesta continuaba detrás de ellos.

Música.

Invitados.

Aliados.

Familiares.

Gente hablando. Demasiada gente. Como siempre.

Por eso habían escapado. Como siempre.

En el balcón, la noche era tranquila.

Las luces de la ciudad brillaban a lo lejos.

El viento era suave.

Y por primera vez en mucho tiempo... Ninguno tenía una pistola escondida.

Aquello ya era un avance.

Jasen apoyó los brazos sobre la barandilla.

Y suspiró.

—¿Qué pasa?

—Estaba pensando.

—Miedo me das.

—Lo sé.

Silencio.

Luego sonrió.

—¿Te acuerdas de nuestra promesa?

Y entonces Auren se quedó quieto. Completamente quieto.

Porque sabía exactamente cuál.

—Sí.

—Vaya.

—No era fácil olvidarla.

No. No lo era.

Porque la recordaba perfectamente.

A los doce años...

Una discusión absurda. Otra más.

—Cuando cumplamos dieciocho no tendremos que volver a vernos, Auren.

—Perfecto.

—Perfecto.

Y se habían dado la mano.

Como dos idiotas.

Convencidos de que hablaban en serio.

Presente...

—Éramos estúpidos.

—Sobre todo tú, Jasen.

—Claro.

—Muchísimo.

—No recuerdo haberte pedido opinión.

—Y aun así la tienes.

Jasen soltó una carcajada.

Porque algunas cosas jamás cambiarían.

Y estaba bien.

Silencio.

La risa desapareció poco a poco.

Hasta que quedó algo diferente. Algo más tranquilo. Más sincero.

—¿Sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

—Que realmente pensaba que te odiaba.

Silencio.

Auren no respondió enseguida.

Porque él también había pensado lo mismo.

Durante años.

—Yo también.

Jasen giró la cabeza.

—¿En serio?

—Sí.

Pausa.

—Pero creo que nunca fue odio.

Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ellos.

Porque eran importantes.

Más de lo que parecían.

—Entonces, ¿qué era?

Auren observó las luces de la ciudad.

Pensando.

Recordando.

—No lo sé.

Pausa.

—Al principio eras una molestia.

—Gracias.

—Déjame terminar.

—Vale.

—Siempre estabas ahí.

Pausa.

—Siempre.

Y aquello era verdad.

Desde los cinco años.

Fiestas.

Viajes.

Vacaciones.

Entrenamientos.

Escuela.

Reuniones.

Siempre.

—Y cuando alguien está siempre delante de ti... acabas fijándote.

Jasen no respondió.

Porque entendía exactamente a qué se refería.

—Después empezamos a competir.

—Eso sí fue tu culpa.

—Mentira.

—Verdad.

—Mentira.

—Verdad.

—Tienes doce años mentales.

—Y tú setenta.

Silencio.

Luego ambos sonrieron.

—Yo sí sé cuándo empezó.

—¿El qué?

—La competición.

Pausa.

—Cuando sacaste mejor nota que yo.

—Eso ocurrió muchas veces.

—Precisamente.

—Patético.

—Lo sé.

Pero después volvió a ponerse serio.

—Creo que tenía miedo.

Auren lo observó.

—¿Miedo de qué?

Jasen tardó varios segundos en responder.

—De que fueras mejor.

Silencio.

—De que no me necesitaras.

Más silencio.

—De que un día simplemente te fueras.

Y por primera vez aquella noche... ninguno bromeó.

Porque aquello era verdad.

Había sido verdad durante años.

—Yo también tenía miedo.

Jasen levantó la cabeza.

Sorprendido.

—¿De qué?

Auren tardó más en responder.

Mucho más.

—De acostumbrarme.

—¿Qué?

—A ti.

El corazón de Jasen dio un salto.

—Porque siempre estabas ahí.

Pausa.

—Y pensé que si me acostumbraba demasiado... algún día dolería.

El silencio fue absoluto.

Porque aquella era probablemente la confesión más sincera que había hecho en toda su vida.

—Auren...

—Tenía razón.

—¿Qué?

—Dolió.

Y de repente ambos estaban pensando en lo mismo.

La separación.

El tiempo lejos.

El vacío.

Las llamadas que no hicieron.

Las conversaciones que echaron de menos.

Todo.

Jasen se acercó un poco. Solo un poco.

—Yo también lo pasé mal.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Porque yo también.

Silencio.

Y por primera vez en toda la historia... No había nada que ocultar.

No había enemigos. No había secretos. No había excusas.

Solo ellos.

Como siempre. Como desde el principio.

—¿Sabes qué es gracioso?

—Tengo miedo de preguntarlo.

—Nuestra promesa se rompió hace años.

Auren sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Pero sincera.

—Sí.

—Mucho antes de los dieciocho.

—Probablemente.

—Muchísimo antes.

—Definitivamente.

Y entonces se quedaron en silencio.

Observando la ciudad.

Escuchando la música lejana de la fiesta.

Sintiendo por primera vez que no necesitaban correr hacia ningún sitio.

Porque ya estaban donde querían estar.

Jasen apoyó la cabeza en el hombro de Auren.

Y esta vez nadie se apartó.

Nadie protestó. Nadie fingió.

La promesa estaba rota.

Y nunca habían estado tan contentos de incumplir algo.




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