Entre Vetrov y Vlasov.

CAPÍTULO 50. El futuro.

UN AÑO DESPUÉS

El problema de cumplir tus objetivos era que siempre aparecían otros nuevos.

Era una conclusión bastante molesta.

Especialmente porque llevaba años pensando que cuando terminara una cosa podría descansar.

Mentira. Absoluta mentira.

Porque ahora, Auren estaba sentado en una sala de reuniones.

Otra vez.

Con tres carpetas abiertas.

Dos teléfonos.

Un portátil.

Y una expresión que probablemente daba miedo.

Como siempre.

—No.

La persona al otro lado de la videollamada se quedó callada.

—Pero...

—No.

—Solo digo que...

—No.

Silencio.

—Entendido.

La llamada terminó.

Auren cerró el portátil.

Y apoyó la cabeza contra el respaldo de la silla.

Por fin.

Duró exactamente tres segundos.

Porque la puerta se abrió.

Y apareció Jasen.

—Hola, líder supremo del terror.

—Hola, desastre internacional.

—Eso me ha dolido.

—Mentira.

—Sí.

—No.

—Vale, no.

Normal.

Un año después seguían igual.

Entró en la oficina.

Sin llamar.

Como si fuera suya.

Porque técnicamente también lo era.

Lo cual seguía siendo preocupante.

—Tu padre me ha pedido que te obligue a comer.

—Traidor.

—Gracias.

—Eso no era un cumplido.

—Ya, pero me gusta pensar que sí.

Auren negó con la cabeza.

Porque discutir con Jasen era inútil. Seguía siendo inútil.

Y probablemente lo sería toda la vida.

Jasen dejó caer en el sofá.

Como si acabara de correr una maratón.

—¿Sabes qué me dijo Sofía hoy?

—Tengo miedo.

—Yo también.

Silencio.

—Dijo que parecemos un matrimonio de cuarenta años.

—Qué horror.

—Lo sé.

—Es ofensivo.

—Muchísimo.

—Especialmente para mí.

—¿Por qué para ti?

—Porque tú definitivamente eres la parte problemática.

—INCREÍBLE.

—Y agotadora.

—NO TE PERMITO...

La puerta volvió a abrirse.

Los dos se callaron.

Inmediatamente.

—¿Interrumpo algo? —Dijo Elena.

—Una injusticia.

—Una tragedia.

—Perfecto. —Dijo Elena.

Ni siquiera preguntó.

Porque ya estaba acostumbrada.

—La reunión empieza en quince minutos.

—Lo sé. —Dijo Auren.

—Y quiero que lleguéis puntuales.

—Siempre llegamos puntuales.

—Mentira.

—Bueno.

—Jasen.

—Bueno.

Ella se marchó.

Moviendo la cabeza.

Exactamente igual que hacía años.

—Creo que tu madre me quiere más a mí.

—Eso es imposible.

—¿Seguro?

—No.

En la reunión, la sala estaba llena.

Pero era diferente. Mucho.

Porque esta vez nadie los observaba como niños.

Nadie cuestionaba si eran capaces. Nadie dudaba.

Se habían ganado su lugar.

Y ambos lo sabían.

Mientras Jasen escuchaba los informes... Se encontró pensando en algo.

Algo ridículo.

Un año. Solo un año.

Y parecía una vida entera.

Porque hacía doce meses estaban escondidos.

Huyendo.

Heridos.

Convencidos de que podían morir.

Y ahora...

Ahora discutían por tonterías.

Y aquello era maravilloso.

Cuando terminó ya era de noche.

Las luces de la ciudad brillaban bajo ellos.

Exactamente igual que en el balcón.

Exactamente igual que tantas veces.

Los dos estaban solos en la terraza, por fin.

—¿Crees que lo lograremos?

Auren lo miró.

—Sí.

—Eso ha sonado sospechosamente optimista.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Silencio.

Cómodo.

Tranquilo.

El tipo de silencio que antes no existía entre ellos.

—¿Sabes?

—Miedo me das.

—Me alegro de que no cumpliéramos aquella promesa.

Auren se quedó observando la ciudad.

Las luces.

La noche.

El futuro.

Todo aquello que una vez pareció imposible.

Y después lo miró a él.

—Yo también.

Silencio.

Y fue suficiente.

Porque ya no necesitaban explicaciones.

No después de todo.

No después de tantos años.

No después de haber sobrevivido juntos.

Después de todo, el chico que siempre estuvo en medio de su camino había terminado convirtiéndose en el lugar al que siempre regresaba.




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