Entre Vetrov y Vlasov.

EXTRA 5. “Lo que queda cuando ya no queda nada que pelear”.

MUCHOS AÑOS DESPUÉS

El silencio de la casa ya no era extraño.

Se había vuelto rutina.

Algo que antes habría parecido imposible.

Ahora era simplemente… normal.

Jasen dejó las llaves sobre la mesa.

Escuchó risas en la cocina.

Una discusión.

Y una tercera voz intentando imponer orden.

Sonrió sin darse cuenta.

Desde el salón, Auren levantó la vista de unos documentos.

—Llegas tarde.

—Llegué vivo.

—Eso es progreso.

—Bajo tus estándares.

Desde la cocina:

—¡Nadie te preguntó!

—Sí me preguntó la vida.

—No seas dramático.

El chico ya no era pequeño.

Demasiado alto. Demasiado seguro. Demasiado ellos.

—No entiendo cómo os aguantáis.

—Nosotros tampoco.

—Y aun así aquí estamos.

Durante un segundo.

Nadie discutió.

Extraño.

La casa estaba llena de vida.

Fotos en las paredes.

Armas guardadas en lugares que ya nadie usaba.

Papeles mezclados con dibujos.

Una mezcla imposible.

Jasen se dejó caer en el sofá.

—Estoy cansado.

—Siempre estás cansado.

—Porque tú existes.

—Qué romántico.

—Gracias.

Entró al salón.

—Tenéis una forma rara de quereros.

Silencio.

Jasen miró a Auren.

Auren miró a Jasen.

—Es eficiente.

—Funciona.

—Eso no es una respuesta normal.

—Tú tampoco eres normal.

—Obvio.

Más tarde.

La casa estaba en silencio.

Solo luces suaves.

El niño dormía.

Todo estaba en su sitio.

Auren y Jasen salieron a la terraza.

El aire era frío.

La ciudad seguía ahí abajo.

Viva.

Lejana.

—¿Te acuerdas de todo?

—Sí.

—Yo también.

Silencio.

No hacía falta decirlo todo.

Pero lo recordaban. Todo.

—Qué desastre.

—Sí.

—No cambiaría nada.

Silencio.

Auren lo miró de reojo.

—Eso es mentira.

—No.

—Sí.

—Vale.

Pausa.

—Cambiaría menos cosas.

—Eso suena más honesto.

El viento movía las luces de la ciudad.

Ya no había tensión.

Solo vida.

—¿Sabes qué es lo más raro?

—Dímelo.

—Que empezamos odiándonos.

—No era odio.

—No.

—Nunca lo fue.

Auren apoyó el hombro contra el suyo.

Sin pensar. Sin tensión. Sin guerra.

—Nos salvamos el uno al otro de formas muy estúpidas.

—Muy estúpidas, sí.

Silencio.

—Pero funcionó.

—Sí.

Dentro de la casa.

El niño dormía.

Tranquilo.

Seguro.

—Esto es hogar.

—Sí.

—No lo digas muy alto.

—¿Por qué?

—Porque todavía me da miedo perderlo.

Pausa.

—Ya lo perdimos una vez.

—Y lo recuperamos.

Nadie dijo nada más.

Porque no hacía falta.

Y al final, no fue la guerra lo que los definió… sino el hecho de que, incluso después de todo, siempre acababan encontrándose el uno al otro.

FIN!




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