Hola soy Yolanda,Tengo veinte años y este viaje era, se supone, la recompensa a meses de sacrificio.
Somos cinco en mi familia; Mi mama, mi papa y mis dos hermanas Sofia de 15 años y Mary de 25 años.
Cada uno de nosotros sabe cuánto costó ahorrar ese dinero, cuántas horas de trabajo se fueron en esos boletos. Quizá por eso me sentía tan nerviosa al abordar.
Subimos al avión justo cuando el sol empezaba a caer, dejando el cielo de un color anaranjado.
El plan era cruzar el país durante la noche para aterrizar al amanecer.
Miré a mis padres y a mis hermanos, todos tratando de acomodarse para dormir, ignorando que estábamos a miles de metros de altura, encerrados en un tubo de metal. Me quedé despierta, mirando por la ventanilla hacia la oscuridad absoluta del exterior, con la sensación de un viaje tan planeado por mucho tiempo atrás.
Llegamos a Cancún al bajar del avión el calor nos golpeó de lleno en la cara, al salir del aeropuerto nos recibio un tour que elegimos para este viaje al llegar caminamos alegres hacia el hotel que estaba cerca al aeropuerto y cerca a la playa.
Al llegar un hotel impresionante como de 20 pisos con ventanales enormes.
Una vez en el hotel, nos entregaron las llaves y subimos a instalarnos.
Mi habitación era un refugio de paz; me recibió una cama enorme vestida con sábanas blancas, impecables y frescas, que daban ganas de quedarse ahí todo el día. Junto a la ventana, que ofrecía una vista privilegiada de la costa, había una pequeña planta verde que le daba un toque de vida al cuarto. Todo se veía perfecto, con esa estética impecable de un viaje que tanto habíamos planeado.
Como el paquete incluía todas las comidas, bajé dispuesta a disfrutar del lujo del lugar.
En el pasillo me encontré con mi hermana, que ya tenía puesto el traje de baño y una sonrisa de entusiasmo.
—Vamos a la playa un ratito —me propuso—, hay que aprovechar el sol.
-Claro, solo me cambio de ropa.
Sin pensarlo mucho, nos cambiamos y bajamos juntas.
El camino por la villa era encantador: los senderos eran de arena fina y estaban rodeados de palmeras altas que se mecían suavemente.
Pasamos por las cabañas del área gourmet, donde podías pedir cualquier bebida o platillo que se te antojara; todo se veía delicioso y sofisticado. Caminamos unos minutos más hasta sentir la brisa directa del mar.
Nos quedamos en la orilla un buen rato, dejando que el agua nos refrescara los pies mientras nos entreteníamos buscando conchitas entre la arena, disfrutando de esa tranquilidad que solo el primer día de vacaciones te puede dar.
Después de un rato llegaron los demás ya cambiados.
Todos nos acomodamos en los camastros para dejarnos envolver por el sol; calculo que estuvimos así unas dos horas, sumergidos en esa pereza placentera del descanso.
Mi hermana menor, inquieta y curiosa, iba y venía por la orilla, agachándose cada tanto para recoger algún tesoro que le devolvía la arena y que llamaba su atención.
Yo, buscando combatir el calor de la tarde, decidí ir por una piña colada. Al mismo tiempo, mi hermana mayor se levantó con antojo de algo fresco y se dirigió a la cabaña que contenia frutas, que estaba apenas a unos cinco metros de donde yo pedía mi bebida.
Regresé a mi lugar con el vaso frío en las manos, sintiendo el contraste del hielo contra la piel. Me senté, dejando que la brisa marina me refrescara la cara y disfrutando del momento de absoluta paz.
Todo era perfecto, un cuadro familiar idílico bajo el sol radiante de Cancún. Estaba ahí, completamente relajada, saboreando el dulzor de mi bebida, cuando mi hermana rompió mi trance al levantarse. Me pidió que la acompañara a las piscinas, que se encontraban justo del otro lado de las cabañas.
Acepté con gusto. Nos tomamos del brazo, compartiendo esa complicidad de hermanas, y después de avisarle a mi madre hacia dónde nos dirigíamos para que no se preocupara, emprendimos la caminata.
A mitad del trayecto, mi hermana se detuvo para entrar al baño. Yo me quedé afuera esperándola, recargada en una pared, y saqué el celular para distraerme un poco mientras ella salía.
El mundo parecía seguir en silencio, envuelto en el rumor de las olas, hasta que un sonido desgarrador cortó el aire. Eran gritos. Gritos cargados de un pánico real que provenían de la playa. Dejé el teléfono a un lado y, con el corazón empezando a latir con fuerza, busqué desesperadamente con la mirada el origen de aquel caos.
Ahí entre la multitud, divisé a un hombre de unos cuarenta años que emergía del agua. Su andar era errático, una marcha torpe y antinatural que atrajo la atención de un turista cercano.
Este último, movido por la solidaridad al creer que estaba herido, se aproximó para auxiliarlo; sin embargo, en lugar de una palabra de agradecimiento, recibió un ataque feroz y repentino.
El pánico estalló en un segundo. Los gritos de la gente se multiplicaron como una reacción en cadena y todos empezaron a correr desesperadamente en busca de refugio.
A lo lejos, vi a mi padre reaccionar con instinto protector, rodeando a mi madre con el brazo y arrastrando a mi hermana mayor en una carrera frenética hacia nosotras. El terror me sacudió los huesos.
Me giré hacia el baño y golpeé la puerta con toda la fuerza que mis puños me permitieron. En cuanto mi hermana asomó la cabeza, la sujeté de la mano con un agarre de hierro al salir busque a mi familia pero no estaban por ningún lugar así que empezamos a correr sin mirar atrás.
La cantidad de personas que huían aumentaba de forma abismal, nosotras seguíamos entre las cabañas sin saber qué dirección tomar ni qué estaba ocurriendo realmente, terminamos refugiándonos en una cabaña donde una señora nos acogió con urgencia.
—Chicas, vengan por acá —nos dijo con la voz entrecortada, señalando un rincón detrás de unas cajas
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Editado: 06.01.2026