●○●○"Al despertar tome aire, le di la vuelta a mi almohada 🤭 y volvi a dormir creyendo que cambiaría de sueño pero"●○●○
Pero increíblemente, al cerrar los ojos de nuevo, aparecí exactamente en el mismo hotel de 20 pisos en Cancún. Eran las mismas personas, el mismo sol... pero yo recordaba todo.
Esta vez no me quedé esperando. En cuanto mi hermana me pidió ir por las frutas, la detuve. Sabía que el primer zombie saldría del mar en cualquier momento. Le dije a mi familia que teníamos que subir al piso más alto del hotel YA.
Mi papá no entendía nada, pero mi cara de terror lo convenció. Mientras subíamos por las escaleras de emergencia, escuché el primer grito en la playa. El tipo del mar ya estaba atacando.
Esta vez, en lugar de correr a una cabaña atrapada, nos encerramos en una suite de lujo en el piso 20. Bloqueamos la puerta con muebles pesados y llenamos todas las tinas con agua.
Desde el balcón, veía cómo la playa que antes era un paraíso, ahora era una zona de guerra.
Lo más extraño es que, como ya sabía quiénes eran los que iban a morir, empecé a dar instrucciones como si fuera una película.
Mire abajo donde en el anterior sueño no pudimos uir y vi cuando los señores de anterior sueño salieron y solo volvió uno claro ya mordido canalla dije entre dientes.
Mire a mi familia y les dije hay que salir.
Sentí una sensación de poder increíble, como si estuviera jugando un videojuego con trucos.
Entonces buscamos cosas que sirvieran como armas para salir a aplastar cerebros y cuando estuvimos armados salimos a abrirnos camino a lo lejos había una puerta de cristal donde había más personas que habían estado ahí refugiadas con acceso a la terraza y pidiendo ayuda para salir del hotel mediante aviones
Era como una cuadra de recorrer entre habitaciones y habitaciones llenas de zombies para llegar a ese lugar.
El aire del pasillo olía a alfombra vieja y a ese miedo metálico que solo aparece cuando el mundo se rompe. Yo caminaba al frente, su paso era firme, casi mecánico.
En sus manos apretaba un extintor de incendios; no era el arma ideal, pero sabía que sería suficiente.
Mi padre, la seguía con un bate de béisbol que encontró en un armario, su rostro era un mapa de confusión y pánico.
— Yolanda, detente —susurró mi padre, con la voz quebrada—. ¿Cómo sabías lo de las tinas de agua? ¿Cómo sabías que no debíamos ir a las cabañas? Parece que sabes que va a pasar.
Yo, me giré apenas un segundo, con una chispa de autoridad en los ojos que su padre nunca había visto.
— No hay tiempo para explicaciones, papá. Solo confía.
Si nos quedábamos abajo, estaríamos muertos. Ahora, camina pegado a la pared.
Mi mamá sollozó en silencio, sosteniendo un cuchillo de cocina con manos temblorosas.
y mis hermanas iban cada una con unos palos que armamos tipo cuchillos.
— Hija, hay gritos detrás de esa puerta... —dijo mamá señalando la habitación cercana.
— Ignóralos, mamá —sentencie sin detenerse—.
Los de esa habitación ya no son personas. Si abres, nos perdemos todos. Dije poniéndome lista para la batalla.
Tenemos que llegar a la puerta de cristal al final del ala norte. Allí está la ayuda.
Avanzamos por el pasillo. La sensación de poder recorría las venas como electricidad; cada esquina que pasaba era un nivel superado, cada zombie que aparecía era un obstáculo que ya había previsto en su mente.
De pronto, un grupo de figuras desfiguradas emergió de la lavandería. Eran tres, con la piel grisácea y los ojos vacíos.
— ¡Ahora! —gritó Yolanda—. ¡Al de la derecha, papá! ¡Mamá, no sueltes el cuchillo!
— Son demasiados... —susurró mamá, retrocediendo hasta chocar con la pared—. Yolanda, no podemos pasar por ahí.
Yo evaluó la situación con una frialdad y rapidez. Sabía que si se quedaban en el pasillo abierto, serían rodeados en segundos.
— ¡Ahí! ¡La bodega de mantenimiento! —señalé empujando a mis padres y hermanas hacia una puerta metálica pesada justo antes de que la horda los detectara.
Entraron de un tropezón y cerraron el cerrojo en el preciso instante en que los primeros golpes secos retumbaron contra el metal. Dentro, el aire era denso y olía a detergente y cloro.
— ¿Y ahora qué? —preguntó papá, intentando recuperar el aliento mientras apretaba su bate—. Estamos atrapados, hija. Vinimos a morir a un cuarto de limpieza.
— No estamos atrapados, papá. Estamos esperando el momento —respondió Yolanda, pegando el oído a la puerta—.
En este piso, los grupos se mueven por oleadas. Escucha... los pasos se alejan. Se distrajeron con alguien en las escaleras.
— Pareces un soldado —ddijo mamá mirando a su hija con una mezcla de orgullo y miedo—.
¿De dónde sacaste esta fuerza?
Yolanda no respondió. No podía explicarles que en su mente ya había vivido ese momento, que sentía los hilos de la realidad en sus manos. Cuando el ruido afuera se convirtió en un arrastrar de pies lejano, dio la orden.
— Ahora. Armas arriba. No se detengan por nada, aunque escuchen gritos de auxilio. Solo miren hacia la puerta de cristal.
Salieron de la bodega como una exhalación. El pasillo era una carnicería. Yolanda abría el camino con golpes precisos, apartando cuerpos que intentaban aferrarse a sus ropas.
— ¡A la izquierda! ¡Roberto, a tu izquierda! —grite mientras derribaba a una figura que salía de una habitación lateral.
El camino de una cuadra parecía eterno, una sucesión de habitaciones que escupían pesadillas. La sangre manchaba la alfombra de flores del hotel. Finalmente, el brillo del sol reflejado en la puerta de cristal apareció al fondo.
— ¡Ya casi llegamos! —exclamó mi hermana mayor, ganando fuerzas al ver a las personas del otro lado haciéndoles señas desesperadas.
Corrieron el último tramo, Yo me sentía dentro de una coreografía perfecta. Golpeó con el metal del extintor, sintiendo la resistencia del hueso cediendo bajo el golpe. No sentía asco, solo una determinación fría.
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Editado: 19.01.2026