Envuelto en la inmensidad de un sueño

El inicio de una nueva vida

Viki siempre creyó que la belleza residía en el orden y el cuidado.

En su pequeña estética, rodeada de frascos de vidrio y aromas de lavanda, transformaba el cansancio de sus clientas en sonrisas.

El sol de la tarde entraba con suavidad por el ventanal, iluminando las herramientas que manejaba con tanta precisión. Para ella, ese rincón era un refugio de paz en medio del ajetreo de la ciudad.

Cuando todo ocurrio yo estaba en la estética, concentrada en el corte de una cliente, cuando el suelo emitió un gruñido profundo, una vibración que no se sentía en los oídos, sino en la boca del estómago.

El primer sismo fue un aviso, creímos qué sería pasajero pero quince minutos después, fue como la mano de un gigante golpeando la ciudad.

El estruendo no entró por mis oídos, me golpeó el pecho.

No era solo el crujido de la tierra desgarrándose; era un coro macabro de hogares colapsando, del concreto rindiéndose con un alarido metálico y de miles de vidas quedando sepultadas bajo el peso del olvido en un parpadeo.

​El pánico me dobló las rodillas.

Me ovillé en el suelo, presionando mis manos contra mis oídos con tanta fuerza que me dolían los nudillos, pero el rugido de la estructura era más fuerte que mis dedos.

Entre el estruendo, un grito ahogado me obligó a abrir los ojos. Apenas a un metro, bajo el marco de una puerta que se deshacía en astillas, estaba la señora Elena.

Se aferraba a un mueble volcado, con el rostro cubierto de una máscara de cal blanca y los ojos desorbitados por el terror.

​—¡Deme la mano! —le grité, pero mi voz se perdió en el crujido del techo que cedía.

​Me arrastré sobre los vidrios rotos, ignorando el pinchazo en mis palmas.

El suelo seguía vibrando, un pulso enfermo que amenazaba con tragarnos.

La tomé de las muñecas; su piel estaba fría y resbaladiza por el polvo.

Tiré con una fuerza que no sabía que tenía, mientras sobre nuestras cabezas el concreto gemía como un animal herido.

​Un segundo después de que logré jalarla hacia el pasillo, el marco de la puerta desapareció bajo una cascada de ladrillos.

El impacto levantó una ola de aire caliente que nos empujó hacia afuera.

​Cuando finalmente logramos alcanzar la salida, el mundo que conocíamos ya no existía. El aire era una masa espesa y gris; un sudario de polvo de ladrillo que quemaba la garganta.

Mi familia grito con angustia Elena y salí casi corriendo tratando de llamar por su celular pero no había servicio.

-Tengo que buscar a mi familia, expreso Elena con preocupacion en su rostro.

Me despedí de Elena con el mismo apuro con el que ella salió corriendo, yo ize lo mismo y corrí hacia nuestra casa con las piernas temblorosas, esquivando grietas que se abrían como bocas hambrientas en el asfalto.

Al llegar a mi calle, el corazón se me detuvo.

El paisaje era irreconocible. Donde antes se levantaba nuestra fachada, solo había una montaña de piedras mudas y vigas retorcidas.

​—¡Ana! ¡Isa! —el grito salió de mi garganta como un desgarro, pero se ahogó en el caos.

¡Mamá! ¡Papá ! —Alguien respondan? Dije entre sollozos.

​Me puse de rodillas y empecé a escarbar con las uñas, desesperada, gritando los nombres de mis hermanas hacia el interior de las grietas. Mis manos sangraban, pero no sentía dolor; el único dolor que existía era el vacío del silencio que me devolvía la casa.

​—¡Por favor! ¡Contéstenme! —suplicaba, mientras veía a otros vecinos sacar cuerpos inertes o personas gritando de agonía. Los teléfonos eran pedazos de plástico inútiles. La soledad en medio de la multitud era asfixiante.

​Pasaron minutos que se sintieron como siglos, hasta que entre la bruma de polvo vi una silueta pequeña que caminaba tropezando.

Era Ana. Su uniforme escolar estaba cubierto de hollín y tenía una herida abierta en la frente que le bañaba la cara, pero sus ojos estaban abiertos.

​—¿Viki? —su voz era apenas un susurro quebrado.

​Corrí hacia ella y la estreché con una fuerza casi violenta, como si temiera que el próximo sismo la hiciera desaparecer.

El alivio de sentir su pulso contra mi pecho fue la sensación más hermosa y, a la vez, la más cruel que he sentido.

Porque mientras la abrazaba a ella, mis ojos se clavaron de nuevo en el montón de escombros de nuestra casa e imaginé a Isa, imaginé a mis padres... imaginé el silencio que se extendía donde antes había risas.

​—Estamos solas, Viki... no encontré a nadie más —lloró ella sobre mi hombro.

Después de un momento dejamos de llorar

-Qué vamos hacer hermana, a donde vamos a ir? Donde vamos a dormir?

Solo tengo lo que estoy puesta, mi uniforme nada más hermana, dice mientras se seca las lágrimas que aún caen de sus ojos.

Nos miramos y buscamos entre las dos hacia donde ir y donde dormir.

El alivio de tenerla conmigo se mezcló con una tristeza pero tenía alguien de mi familia y debía cuidar de ella.

Algo si era una certeza de que el mundo, tal como lo conocíamos, se había terminado.

No había tiempo para el duelo, solo para la huida.

Con el alma rota y los ojos fijos en lo que alguna vez fue nuestro hogar, la tomé la mano y empezamos a caminar, dejando atrás los gritos de una ciudad que se negaba a morir en silencio.

Caminábamos entre escombros alejandonos de edificaciones en ruinas ayudamos a los que pudimos y seguimos nuestro camino hacia las montañas en busca de agua y alimento.

Caminamos horas. El campo, nuestro refugio soñado, nos recibió con una bofetada de realidad:

Llegamos a los terrenos del campo cuando el sol ya se escondía, tiñendo el cielo de un naranja sangriento. Por un momento, al ver la cabaña de madera en pie, sentimos que habíamos ganado la guerra.

​—¡Mira! ¡Sigue ahí! —gritó Ana, corriendo con las pocas fuerzas que le quedaban.

​Entramos y lo primero que hicimos fue quitarnos la ropa sucia de ciudad, esa que apestaba a polvo de cemento y a miedo. Encontramos unas mudas viejas en un baúl: camisas de cuadros y pantalones de tela gruesa que olían a guardado, pero que para nosotros eran seda pura.




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