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"Aquel tipo de dolor que no te deja caer, y el que te obliga a tragarte el llanto... ese es el que te transforma. Pero también, el que te impide amar y ser amado."
¿Golpes? Sí. La sinfonía de mi infancia se compuso de ellos, una melodía incesantemente fúnebre durante ocho años. Y los cuatro siguientes... aprendí a no merecerlos. A veces, los recuerdos regresan con fuerza, como punzadas en la piel. La memoria es cruel: trae de vuelta los gestos, los gritos, la mordedura incesante del dolor. No quería ser cenicienta. Pero mi rebeldía solo sirvió para multiplicar los daños.
«Quien iba a pensar que mi negación a quitarme la venda de los ojos, tiempo después, sería el detonante de mis desgracias... y de la pérdida de quien amé».
Una vez me rehusé a ser la sirvienta de mi hermana. Y sin saberlo, ese fue el día en que me marqué como blanco. Ese fue el día en que me convertí en el trapo perfecto para ser pateado otra vez. Estaba en mi habitación cuando escuché la voz de mi madre llamándome desde la sala. Pude sentirlo. Estaba en problemas. Su tono lo confirmaba. Bajé las escaleras, cada escalón un latido desbocado que se ahogaba en mi garganta. El valor, esa efímera llama, se extinguió con cada paso descendente. Abajo, en el umbral de mi hogar infernal, mi madre era una estatua de furia, y detrás de ella, la sonrisa burlona de mi hermana se clavaba en mi alma como un cuchillo frío de satisfacción.
“Estoy jodida”, pensé.
Ese día quedé deshecha. Física y moralmente. Mi rostro se convirtió en un lienzo de golpes, sacudido una y otra vez, hasta que el sabor metálico de la sangre inundó mi boca y una línea caliente, como un río de vergüenza escarlata, corrió por mi nariz. Qué estúpida fui... creí que la rebeldía era una armadura, y solo fue una invitación a más dolor, un clavo más en mi propio ataúd mundano de esta desdicha familiar.
Si mi rostro estaba así, el resto de mi cuerpo tenía todos los tonos del arcoíris de los Teletubbies. Aquella vida no era justa. A veces pensaba que había nacido en la familia equivocada. Pero con el tiempo comprendí que todo eso formaba parte del mapa de mi destino. El dolor era necesario para sobrevivir. Y, aun así, me inventaba excusas para no odiarla.
“No sabe lo que es el amor”, “Ella también sufrió” ...
Qué ingenua…
Desde entonces, no volvió a haber palizas como esa. Pero no porque las circunstancias cambiaran. Sino porque yo cambié. Ya no replicaba. Cumplía con todo, incluso lo más injusto. Tenía cicatrices suficientes. No quería más. Sabía que, si quería escapar, ser libre y tomar las riendas de mi vida, tenía que ser inteligente. Esperar. Observar. Y cuando llegara el momento... actuar. Irme. Y no volver jamás.
"Cuando creces en el sufrimiento, cualquier sacudida que cambie tu mundo no te rompe: te moldea. Si eres capaz de analizar, planificar y resistir, también serás capaz de dominar el cambio."
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Editado: 22.08.2025