Mientras tanto, al otro lado del mundo…
—Yo, Kenrick Alexander Fao Oblivitse, Alpha de Alphas de la manada DuncanMoon y Rey Supremo de los lobos, pronuncio la sentencia: destierro a Andyus y Davidson Alistair por traicionar a los suyos, por quebrar los lazos sagrados de manada, por vender su lealtad al enemigo. ¡Fuera de mis tierras! Si vuelvo a verlos… juro por la Luna y la sangre de mi linaje que les arrancaré la cabeza, y sus cráneos serán trofeos en mi guarida.
Mi voz resonó como un trueno sobre los árboles, una furia primordial que hizo temblar las hojas y el alma de los presentes. Los guerreros bajaron la mirada, sus voluntades doblegadas ante el peso abrumador de mi autoridad. Me giré sin más, con la sangre rugiendo en mis venas, mientras los traidores eran arrastrados fuera de nuestros límites, con sus gritos ahogados en el viento.
Las cicatrices que dejaron no sangraban por fuera… pero dentro, la rabia ardía como lava, un fuego infernal que consumía mi esencia.
Entro a mi despacho como un animal encadenado, cada músculo tenso, cada fibra de mi ser gritando por destrozar todo a mi paso. Hace dos semanas descubrí su traición, una puñalada fría en la espalda de mi manada. Se aliaron con él. Lucían, el maldito purasangre, el espectro inmortal que se regodea en mi desgracia. El mismo bastardo inmortal que me odia por tener lo que él no puede reclamar: territorio, respeto… y tiempo, ese don efímero que él desprecia y yo anhelo. Para él, la eternidad es una celda. Para mí, es un campo de batalla sin tregua, un infierno perpetuo. Y ahora… estoy cansado de pelear solo, cansado de la soledad que me consume.
La puerta se abre y entra Trisha. Cabello rubio como el veneno, un halo dorado que esconde la toxicidad, vestido que parece pintado sobre su piel, una segunda piel que promete lo que no puede dar. Se ha convertido en mi válvula de escape, un canal para la furia que me devora. No en mi alivio. No en mi consuelo. Porque por dentro… sigo helado. No me embriaga su aroma. No me sacude su tacto. Solo me adormece lo justo, un narcótico amargo, para seguir sin perder la cabeza, sin caer en el abismo de mi propia locura.
—Kenny, cariño —dice con voz melosa como la miel, pero sin dulzura para mi alma, mientras se contonea, una serpiente que busca calor. Se sube a mi regazo. Sus labios buscan mi cuello, un beso frio que no enciende mi alma. Mi cuerpo reacciona, sí, una marioneta de instintos. Mi alma, no. La someto de las caderas, marcándola con la fuerza que ella busca, una fuerza vacía de pasión.
—Te odio —gruñe Lucas, mi lobo, su voz una tormenta en mi mente, un aullido de puro asco.
—Duérmete —le ordeno mentalmente, a una voluntad que intento someterlo.
—¡Duérmete tú! —la furia de Lucas es un látigo en mi conciencia. —. ¡Me haces ser infiel a nuestra nodum! ¡A la esencia misma de nuestro ser! ¡¿Cómo puedes tocar a alguien más?! ¡Apártala ya! ¡Su presencia es una blasfemia!
—¿Qué pasa? —susurra Trisha, notando mi distracción. —Nada —miento. Mis labios vuelven a los suyos, un acto mecánico, un engaño para ambos. Mi mano se desliza por su muslo. Ella gime, un sonido que se pierde en el vacío. Su vestido cae, como una bandera rendida. Mis ropas vuelan, testigos mudos de mi derrota.
La coloco sobre el escritorio y la penetro con furia, una furia ciega, sin propósito, solo desahogo. Ella se queja, su dolor es un murmullo. Yo no paro. Mi control perdido momentáneamente.
—¡¿Qué mierda te pasa, Lucas?! ¡Podrías herirla! —grito en mi mente, la desesperación creciendo.
—¡La herida verdadera será la de nuestra nodum cuando sienta esto! —la voz de Lucas es un rugido que me desgarra —. ¡BÓTALA, Kenrick! Su olor es como podredumbre para nosotros, un veneno que nos corroe el alma. —No tengo otra opción. —Mi voz es un lamento— Han pasado trescientos años de una espera que me consume.
—¡Porque has dejado de buscarla! Te rindes con cualquier mujerzuela que acepte tu sombra. ¡Mírala bien! Algo oculta. Su cuerpo no reacciona como debería. ¡Nos estás cegando a propósito! ¡Nos estas matando lentamente!
—¡YA BASTA! —mi grito mental es un trueno que intenta acallar el infierno interior.
—Entonces prepárate, porque si no la botas, tomaré el control… y juro que no quedará mucho de ella. Rompo el enlace. Lucas no me deja respirar, su furia intangible me asfixia. Y lo peor es que… tiene razón.
Han pasado siglos, trescientos años de un tormento incesante, y mi alma no ha encontrado descanso, solo un vacío que se expande. Busqué compañía en cuerpos sin alma, sombras efímeras que no llenaban el abismo, y mi alma no ha encontrado descanso. Busqué paz entre gemidos sin sentido, en susurros de una pasión que no era mía. Pero ella…
Ella me espera en alguna parte, una promesa grabada en la roca del tiempo, una maldición y una salvación. Y llegará como una tormenta en plena noche, desatando el caos en mi existencia, a reclamar lo que es suyo: mi voluntad, mi rabia, mi sumisión, cada fragmento de mi ser. Y cuando llegue, será ella quien me arrodille… o me destruya. Y por primera vez en siglos, no sé cuál de los dos destinos anhelo más.
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Editado: 22.08.2025