Enya: Revelación | Serie: Destino Sobrenatural 2.

Capítulo 8.

***

“Un camino infinito y desierto es mi vida ahora, donde mis sueños quedaron en la nieve escarlata del olvido eterno, donde me persigue la angustia y la necesidad de quien no puedo poseer…”

***

Aquellas palabras burlescas del purasangre, ese eco malicioso como puñal ardiente, casi como la mordida de un pitón. Lo envolvía, lo sofocaba con tal dolor que solo el sonido de su nombre presionaba sus pensamientos.

Aislinn.

Solo ella. Su nombre, provocaba una punzada profunda que habría la herida. Y que cada día lo consumía al punto de sentirse solo un cascaron vacío. El viento, el frío desolador de su ausencia y, la nieve, ese manto que lo golpea en recuerdos escarlata de aquella dama de porcelana. Lo ciega al rojo profundo de lo racional para revivir su recuerdo.

El lobo camino a grandes zancadas con el corazón desbocado, guiado por el anhelo de sentirla nuevamente, llega hasta el segundo hogar. Aquel lugar mágico que preservaba el aroma, las risas, los sueños que crearon juntos.

Y al ingresar, el aroma de Aislinn lo envolvió como una armadura. Sus músculos se relajaron, se dejaron dominar por la miel y vainilla del lugar. Y durmió, durmió envuelto en lo irreal de una efímera felicidad que extrañaba volver a crear.

***

Una oleada de imágenes vívidas lo envolvió en plena fase REM, cuando las emociones del lobo rozaron su pelaje más sensible… y entonces, ella acudió a él. Sintió unas manos juguetonas deslizarse entre sus cabellos indomables, mientras su mente seguía sumergida en el universo literario de la nueva historia que devoraba.

La joven levantó la mirada de su libro y la dirigió hacia el lobo. Lo examinó con tanta atención que parecía desgastarlo con los ojos. ¿Era realmente posible que estuviera allí? ¿O era solo otro espejismo nacido del sueño?

—Lobo… —susurró ella, regalándole una mirada llena de dulzura.

Él abrió los ojos con cierta pesadez, pero en cuanto la vio, su mirada se iluminó con una sonrisa silenciosa.

—Mi loba… ¿ya terminó su dosis de lectura? —preguntó mientras se acomodaba, deslizándose con familiaridad hasta recostar la cabeza en sus piernas.

Ella sonrió con picardía.

—No pierdes el tiempo, ¿verdad?

—Solo estoy buscando el mejor lugar, loba. Quiero estar bien atento a lo que me dirás —respondió él, tratando de ocultar la sonrisa que amenazaba con escapársele.

—Claro, claro… ahora resulta que don atento eres tú. Qué graciosito… —murmuró ella, entre divertida y enternecida.

—Pero solo contigo, amor. Mis atenciones son para ti… —murmuró él, acomodando su cabeza sobre el abdomen de ella.
—Acaríciame —pidió con un tono casi suplicante.

—Ay, Kenrick, eres un tontito.

—Pero soy tu tontito.

—Eso sí —afirmó ella, orgullosa—. Mío nomás.
Le acarició el cabello con suavidad y retomó la lectura.

—Ais… —soltó él, mirándola con una mezcla de ternura y adoración.

—¿Qué pasa, lobo?

—Es que… —titubeó—, ¿puedo acercarme un poquito más a ti? Quiero sentirte mejor.

Ella frunce el ceño, divertida.
—Pero ya lo estás, Kenrick.

Él inclina la cabeza, con ese fuego en la mirada.
—No… me refiero a que quiero ir más debajo de ti… —musita, señalando con los ojos su entrepierna.

—Lobo… —responde ella, con las mejillas encendidas.

—Es que quiero dormir con el rostro en tu interior mientras lees, ¿puedo?

Ella lo escudriña, la chispa en sus ojos delata que no está tan sorprendida como aparenta.
—Otras veces, cuando jugamos, no me preguntas dónde quieres meter la cara, lobo. No te hagas el decente ahora.

Él sonríe, travieso.
—Es que ahora estás leyendo, cariño. Y…

—Y…

—Bueno… no te gusta que te interrumpan cuando lees. Y como dices, las otras veces estamos en modo juego… disfrutas tanto como yo lo que hacemos.

Ella lo mira, reprimiendo una sonrisa que amenaza con escaparse.
—¿Harás algo más con la cabeza metida ahí… o solo dormirás?

Él vuelve a sonreír pícaramente.
—¿Quieres que haga algo en especial?

—Loobo…

Él se inclinó un poco más, acercándose a su respiración.

—Es que estás leyendo y siento tu cuerpo calentarse… y el aroma que desprendes… está riquísimo, mi amor.

Ella suspira, con el libro aún abierto entre sus manos. —Estoy leyendo la parte en que Vronsky saca a Anna a bailar… y no sabes la tensión física, esa química irresistible de los dos. Es tan… tan perfecta, amor. Quizás porque me gusta lo que me hace sentir… es que, no sé… estoy agitada.

"La música comenzó con un murmullo suave, como si el salón entero respirara al compás de un secreto. Vronsky se inclinó apenas, ofreciéndole la mano, y Anna, con un gesto que parecía inevitable, la aceptó. En ese instante, las lámparas se convirtieron en constelaciones difusas, los murmullos se apagaron, y el mundo quedó reducido a un círculo invisible que los contenía solo a ellos dos.

Bailaron. Cada giro era un vértigo, cada roce un incendio breve que se encendía en la piel. Anna sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies, que la música no era melodía sino un pulso compartido, un latido que los arrastraba hacia un territorio desconocido. Ya no era la esposa de Karenin, ni la cuñada de Dolly; era simplemente Anna, descubriéndose en el deseo, en la mirada ardiente de Vronsky que la envolvía como un abrazo invisible.




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