
Los días empezaron a parecerse entre sí. Despertar temprano. El frío filtrándose por la madera de la cabaña. El sonido del bosque antes de que el pueblo despierte. Y la panadería. Siempre en la panadería. El calor. La rutina.La gente. Normalidad. Era… fácil. Demasiado fácil. Como ponerse una ropa que no es tuya pero te queda bien.
—Estás mejorando —dijo Franz una mañana, mirando cómo amasaba.
No levanté la vista.
—Estoy aprendiendo.
—No —corrigió, apoyándose apenas contra la mesa—. Estás prestando atención.
Eso me hizo mirarlo.
Franz no sonreía mucho, pero cuando lo hacía… parecía genuino. Como si no tuviera nada que esconder. No terminaba de creerlo, siempre hay algo oculto.
—Es lo mismo.
Negó.
—No. Aprender es repetir. Prestar atención… es entender.
No supe qué responder. Así que volví a la masa. Amasar tiene algo hipnótico.El movimiento constante. La presión justa. Si te apurás, se rompe. Si dudás, no toma forma. Hay que encontrar el punto exacto. Como todo.
—Buen ritmo —agregó antes de irse.
Lo observé un segundo más de lo necesario. Franz percibía cosas. No sabía qué, pero las encontraba en los huecos donde nadie más se detenía. A su lado, la inquietud tomaba todo. No había forma de dejar de estar alerta.
Eva apareció a mi lado sin hacer ruido.
—No lo escuches tanto —dijo suavemente.
La miré.
—¿Por qué?
Sonrió apenas.
—Porque tiene razón demasiado seguido.
Eso me sacó una pequeña risa. Y por un segundo, se sintió real.
Lisa llegó tarde otra vez. Entró como siempre: energía, ruido, vida. Pero esta vez, algo no encajaba.
—Hola—saludó, apoyándose sobre el mostrador.
—Hola, ¿Estás bien?
Se encogió de hombros.
—Más o menos.
Silencio.
—No me gusta esto —agregó.
—¿Qué cosa?
—El ambiente.
Hizo un gesto con la mano.
—El pueblo está raro.
No respondí, porque lo estaba. Se notaba en los clientes, en cómo hablaban más bajo. En cómo ciertas conversaciones se cortaban cuando alguien más se acercaba. Como si todos compartieran algo, pero nadie quisiera decirlo primero.
—Dicen que encontraron algo raro —susurró Lisa.
Mis manos siguieron moviéndose sobre la masa.
—La gente siempre dice cosas.
—No —negó—. Esto es distinto, no quieren decir que, pero es algo que tiene a la policía alerta.
La miré. Esperé.
—En el bosque, mi vecina dice que encontraron un cuerpo colgado de un árbol. Esto pasó antes, por lo que no me extrañaría.
El aire pareció volverse más denso.
—¿Qué querés decir con que pasó antes?
Dudó.
—Creemos que es un asesino serial —bajó la voz aún más—. Los árboles. Los cuerpos. Los nudos… siempre los mismos. Como si alguien quisiera que se notara.
Sentí algo recorrerme la espalda.
—¿Nudos?
—Sí, nudos —se detuvo—. Los cuelga de los árboles, como marionetas. Nadie haría esos nudos por casualidad.
Silencio.
—Seguro es una exageración.
Lo dije fácil. Natural. Como si realmente lo creyera.
Lisa me observó. Quiso convencerse.
—Sí… puede ser.
Pero no estaba convencida.
El resto del día pasó lento. Demasiado lento. Como si el tiempo estuviera extendiéndose. Esperando algo.
Salí antes de que anocheciera. El cielo estaba gris. Pesado. El camino hacia la cabaña estaba vacío. Solo mis pasos. El viento. Los árboles. Y esa sensación otra vez. Más clara. Más cerca. Me detuve. No miré, todavía no. Respiré hondo, el cuerpo sabe cosas que la cabeza tarda en aceptar. Y el mío no estaba tranquilo. Giré. Nada. Solo bosque. Sombras. Silencio. Pero no era un silencio vacío. Era… lleno. Como si algo estuviera ahí. Esperando. Observando.
Seguí caminando. Más rápido ahora. No corrí. No hacía falta. Correr… es admitir que hay algo de lo que escapar. Y yo no iba a hacer eso.
Llegué a la cabaña justo cuando el sol terminaba de caer. Cerré la puerta con llave. Apoyé la espalda contra la madera, y me dediqué a escuchar. Nada. O casi. Porque entre el viento… había algo más. Un sonido leve. Seco. Como una rama rompiéndose. Afuera. Cerca. Demasiado cerca. No me moví. Esperé.
Uno.
Dos.
Tres.
Silencio otra vez.
Me acerqué despacio a la ventana, corrí apenas la cortina. Oscuridad. Árboles.
Nada fuera de lugar. Nada visible. Pero esa sensación seguía ahí. Apoyé la mano contra el vidrio. Frío. Real. Algo en mí se tensó. No tenía miedo. Era otra cosa, más profunda, más antigua.
Solté la cortina y me alejé, como si no hubiera visto nada. Como si no hubiera sentido nada. Como si no supiera… que no estaba sola.
Esa noche, no dormí. No porque no pudiera, sino porque no quise.
POV DESCONOCIDO
No se dio vuelta enseguida. Eso fue lo primero que noté, la mayoría lo hace, sienten algo… y reaccionan.
Ella no.
Ella espera.
Como si entendiera que mirar demasiado rápido… es un error.
Interesante.
La vi salir de la panadería. La vi hablar. Sonreír. Moverse como si perteneciera a ese lugar, pero no pertenece.
Eso es lo segundo que sé.
El pueblo la aceptó demasiado fácil, eso nunca es buena señal.
Cuando Lisa habló del bosque no cambió. No realmente. Su cuerpo siguió igual. Sus manos también, pero hubo un momento. Uno muy breve. En el que se detuvo. No físicamente. Algo más sutil. Como una nota que se corta en medio de una canción. Casi imperceptible. Pero suficiente.
No es miedo. No como el de los demás.
La seguí. A distancia. Siempre a distancia. El sendero estaba vacío.
Perfecto.
Cuando se detuvo, yo ya estaba quieto antes. Esperando. Observando. No giró enseguida.
Sonreí.
Cuando finalmente lo hizo no vio nada. Nunca ven. Pero lo sintió, y eso es mejor.