
El pueblo ya no disimulaba. Antes, el silencio era costumbre. Ahora era elección. La gente hablaba menos. Miraba más.
Y, por primera vez desde que llegué empecé a notar que algunas miradas se quedaban demasiado tiempo sobre mí. No acusaban. Pero tampoco eran inocentes.
La panadería seguía igual. O eso intentaba. El olor a pan. El calor. La rutina. Pero había algo en el aire que no se podía tapar. Como cuando se quema algo apenas y el olor queda, aunque abras las ventanas.
—Esta noche salimos.
Levanté la vista. Lisa estaba apoyada contra el mostrador, sonriendo como si nada hubiera cambiado. Como si todo siguiera en su lugar.
—¿Salimos?
—Sí. Fiesta en lo de Lucas, un amigo.
No respondí enseguida. El nombre… no me era ajeno. Lo había escuchado. En susurros. En comentarios sueltos. Siempre acompañado de algo que no terminaba de encajar.
—No sé si— intente justificar mis pocas ganas de salir con ella.
—Vas a venir —interrumpió, sin perder la sonrisa—. Te va a hacer bien.
La miré. Lisa tenía esa forma de insistir sin parecer que lo hacía. Como si ya supiera la respuesta antes de que la dijeras.
—No soy mucho de fiestas.
—Justamente por eso.
Se inclinó un poco.
—Necesitás distraerte.
Distracción. La palabra sonó… útil.
—Está bien.
Su sonrisa se amplió. Demasiado.
—Perfecto.
—El resto del día se volvió más liviano para ella.
No para mí. Había algo en esa invitación. Algo que no terminaba de cerrar. Pero no sabía que era.
La casa de Lucas estaba en las afueras. Cerca del río. La música se escuchaba antes de verla. Risas. Voces. Movimiento. Demasiado.
—Relájate —dijo Lisa, tomando mi brazo—. Nadie te está mirando.
No respondí. Porque no era verdad. Siempre hay alguien mirando.
Entramos y el calor me golpeó de inmediato. Alcohol. Perfume. Cuerpos. Todo demasiado cerca. Demasiado rápido. Instintivamente, busqué una salida. Una puerta. Una ventana. Algo. Siempre algo.
—No te había visto antes.
La voz me hizo girar. Él estaba apoyado contra una mesa. Tranquilo. Seguro. Observando.
—Soy nueva —respondí.
—Algo sabia, te vi en la panadería.
Sonrió apenas. No fue amable. Fue… evaluativo.
—¿Con quién viniste?
—Con Lisa.
Algo cambió en su expresión. Sutil.
—Ah.
Silencio.
—Daniel.
Asentí.
—Cassia.
Esta vez sí dije mi nombre. Me miró. Demasiado directo. Como si intentara descifrar algo.
Lisa volvió en ese momento. Y todo cambió.
—¡Daniel!
Su voz se iluminó, y lo miró como si él fuera por lo que había venido. Él también la miró, pero no de la misma forma.
—Lisa.
Seco. Corto. Distante. Fue sutil, pero suficiente.
—Pensé que no ibas a venir —dijo ella.
—Vine.
Nada más. El silencio que siguió fue incómodo. Pesado.
—Bueno… ella es— intento pasar por alto la situación
—Ya nos presentamos —interrumpió él, sin apartar la mirada de mí.
Sentí cómo algo en mi estómago se tensaba. Lisa se quedó quieta un segundo. Solo uno. Pero lo vi.
—Ah… bien— tartamudeo, mirándome de reojo incomoda
—Voy a buscar algo —dijo de repente.
Y se fue. Demasiado rápido. Me quedé con él, en contra de mi voluntad. Le había aclarado a Lisa que no quería socializar demasiado, no estaba de ánimos para eso solo quería divertirme con ella.
—No le hagas caso —dijo—. Es intensa.
Lo miré.
—Es tu amiga.
—Sí.
Pero no sonó como algo que le importara. No me gustó eso.
—Creo que debería ir con ella.
—Se le va a pasar.
Como si no importara. Como si ella fuera algo que estorbara.
Di un paso atrás.
—Fue un gusto.
Mentí.
Encontré a Lisa en la cocina. De espaldas. Quieta.
—¿Estás bien?
Tardó en girarse. Cuando lo hizo… sonreía. Pero no con los ojos. Por primera vez, desde el poco tiempo que la conocía, su sonrisa me causó rechazo.
—Sí — A esa respuesta le siguió un tenso silencio.
—¿Te gusta?
Parpadee.
—¿Qué?
—Daniel.
—No.
La respuesta salió rápido. Instintiva.
Lisa me sostuvo la mirada. Buscando algo.
—A él le gustás vos.
Sentí una presión incómoda en el pecho.
—No es así.
—Sí, es así.
No había enojo. Solo algo más… cansado.
—No hice nada.
—Ya sé.
Y eso fue lo peor. Ella era consciente de que no tenía interés en él. Sin embargo, me miraba como si yo fuera la culpable de todas sus desgracias. Por más que intentara disimularlo, su enojo era conmigo.
—Entonces…
No terminó.
—Siempre pasa lo mismo.
Fruncí el ceño.
—¿Qué cosa?
Negó.
—Nada.
Pero no era nada. Se sentía la tensión en el aire. Entre nosotras.
El resto de la noche fue... Como si todo estuviera un poco fuera de lugar.
Lucas apareció más tarde. No hizo falta que se presentará. Su forma de moverse lo decía todo.
—Así que vos sos la nueva.
No era una pregunta.
—Sí.
Me miró. Sin apuro. Sin vergüenza.
—Epuyén siempre sorprende.
No supe qué quiso decir. Pero no sonó bien, había algo en su forma de decirlo que me inquietaba. Daniel se acercó a nosotros, me sonrió. Me molestaba la forma en que ambos ignoraban a Lisa, solo le dirigían miradas de reojo pero no trataban con ella directamente aunque esta los miraba expectante.
—Lucas, vamos a la cocina.
Pero Lucas no se movió.
—Cuidado con el bosque —dijo, sin apartar la mirada—. A veces, te encuentras de frente con el peligro ahí sin que te des cuenta.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Lucas.
La advertencia de Daniel fue breve. Y finalmente se fueron.
Nos fuimos poco después. Sin despedidas. El camino de vuelta fue en silencio, pero no pude evitar notar que luego de escuchar como me hablo Lucas, Lisa se quedó pensativa.