Epuyén: De nudos y máscaras

Capítulo 6

big_66972ea7b7f0baf73dc1eb4f86d8d47f.jpg

Lisa no volvió a ser la misma. No del todo. Seguía sonriendo. Seguía hablando. Seguía siendo… Lisa. Pero conmigo había una pausa. Como si ahora midiera cada palabra antes de decirla. Como si cualquier cosa pudiera romper algo.

—¿Venís a cenar hoy? —preguntó un día, sin mirarme.

Negué.

—Tengo cosas que hacer.

No era verdad. Pero tampoco quería explicarlo.

—Ah.

Solo eso, antes habría insistido. Ahora no. El problema era que nada estalló, simplemente cambió de lugar. Se acomodo hacia lo que nos quedaba cómodo. Y eso dolía más. Antes esa invitación a cenar con ella y Victoria, su madre, hubiese sido una noche donde hablábamos de todo y de nada. Nos hubiéramos reído. Ahora es distinto. Una invitación tensa. Llena de silencios. De cosas que nadie dice… pero están ahí.

Empecé a verla distinto. No porque ella cambiara sino porque ahora entendía. Daniel, era el causante de su actitud. Seguía apareciendo en todos lados, sonreía cuando trataba de esquivarlo. No era alguien de mi agrado, pero creo que eso era imposible de creer para él.

—Deberías acostumbrarte —me dijo una tarde—. Acá todos terminan conociéndose.

—No estoy buscando eso.

Sonrió. Me fastidiaba esa sonrisa.

—No hace falta que lo busques.

No supe qué quiso decir, pero no me gustó.

Lucas, otro que no entendía las razones.

—¿Siempre sos así de callada? —me dijo una vez, apoyándose demasiado cerca.

—Depende.

—¿De qué?

Lo miré.

—De la persona.

Se rió.

—Me gusta eso.

No respondí. Porque había algo en él que no era juego. Algo que me hacía ser precavida a su alrededor. Su forma de ser, me generaba un rechazo que no era normal. Su personalidad me recordaba cosas que no deseaba volver a vivir.

Una noche, Lisa apareció en mi puerta. Sin avisar.

—¿Podemos hablar?

Asentí. Entró. Se quedó de pie. Como si no quisiera quedarse demasiado.

—Tenés que mantenerte lejos de ellos.

Silencio.

—¿De quiénes?

—De Daniel… y de Lucas.

—¿Por qué?

Dudó.

—Porque no son buenos para vos.

Esperé alguna explicación a eso.

—Cuando éramos más chicos… —empezó— no eran así.

La miré.

—Elegían mostrar su verdadera con una sola persona.

Sentí algo incómodo en el pecho.

—¿Elegían qué?

Bajó la mirada.

—A quién hacerle cosas.

El silencio fue pesado.

—No era nada grave —agregó rápido—. Solo que en este último tiempo, están perdidos.

Se detuvo.

—No entiendo nada.

—Yo soy su persona de confianza, se todo de ellos. Nunca mostraron esa faceta obsesiva con nadie más, hasta que llegaste. Temo por lo que pueda pasar, están perdidos, es algo nuevo.

Sus manos temblaban. Apenas.

—Sigo sin entender, que debo hacer yo.

—Solo alejate.

Sonó como una necesidad, como si fuese ella la que estaba en peligro también, no solo yo. Silencio.

—¿Te gusta Daniel o Lucas?

Cerró los ojos un segundo, esquivó mi mirada mientras retorcía sus dedos.

—Sí.

Apenas un susurro.

—Pero él…

No terminó. No dijo cuál de los dos, solo me miró fijamente.

—Tené cuidado —dijo finalmente.

—Lo voy a tener.

Me miró. Quiso creerme, pero no lo hizo del todo.

Y se fue.

Los días siguientes fueron extraños. Lisa volvió a acercarse, pero no igual. Era más intensa, sobreactuando sus acciones que antes fluían con normalidad. Más atenta a Daniel, pero también a Lucas. Trataba de entenderla, pero no podía lograrlo. Vine aquí buscando paz, y había elegido una persona complicada para relacionarme yupi que suerte la mía. Me hablaba como si yo estuviera en el medio de algo, aunque no quisiera estarlo.

Los tres empezaron a moverse como un grupo.

Lisa.Daniel.Lucas.

Siempre juntos.

Pero yo estaba cerca, eso lo cambiaba todo. Daniel hablaba conmigo más de lo necesario. Lucas también. Lisa lo notaba. Siempre. Y aun sin participar en los intentos de ellos de conversar conmigo, no se iba. Se quedaba. Como si necesitara estar ahí, aunque doliera.

Una tarde, Daniel pasó por la panadería. Estaba solo, raro en esos días.

—Hoy vamos a estar cerca del bosque —dijo, casual—. Por si querés salir un poco.

—No creo.

—Te haría bien.

—Estoy bien.

Sonrió.

—No parece.

No respondí. Pero algo en su tono no era una invitación.

Esa noche, volví más tarde de lo habitual. El camino estaba vacío. El bosque está demasiado silencioso. Sentí la tensión antes de verlos.

—No deberías caminar sola.

Me detuve.

Lucas.

Daniel, unos pasos atrás. Observando.

—Voy a mi casa.

Se acercó. Demasiado.

—Déjenme pasar.

Intenté rodearlos. La mano de Lucas se cerró sobre mi brazo. Fuerte.

—Pará —dijo—. Solo estamos hablando.

—Soltame.

Se rió.

—Tranquila.

El primer golpe llegó rápido. No lo vi venir. El mundo se desordenó por un segundo, al golpearme en la sien. Caí.

—Lucas, basta.

La voz de Daniel. Pero no fue una orden, su voz daba a entender que no quería que parara solo prolongar la situación. La disfrutaba, lo vi en sus ojos antes de caer.

—¿Qué? —respondió Lucas—. Está exagerando.

Intenté levantarme. Otro golpe, esta vez fue una patada en mi abdomen. El aire se me fue.

—Por favor—

Mi voz salió quebrada. Real.

Lucas se inclinó.

—¿Ahora sí te asustás?

No respondí. No podía.

—Lucas.

Daniel otra vez. Más bajo. Más cerca, abrí los ojos y lo vi inclinado hacia mi. Pero no lo detuvo. Eso fue lo peor. No el golpe. Sino que nadie lo frena. Algo dentro de mí se rompió, no fue fuerte. No visible. Pero lo sentí, el pasado trepaba por mis piernas.

No lo iba a permitir, no de nuevo. Junté fuerzas y lo empujé, con todo lo que tenía. Fue suficiente, solo un segundo obtuve de ventaja. Pero alcanzó. Corrí. No miré atrás. No frené. Hasta que la cabaña apareció.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.