
No dormí, no del todo. El cuerpo lo intentó, había llegado a un tope de adrenalina que lo dejó entumecido. La mente no, ella decidió fastidiar toda la noche con los hubiera, con recuerdos. Cada vez que cerraba los ojos, volvía al bosque. El golpe. La risa. La sensación de no tener control. Y lo peor no era el recuerdo. Era lo que venía después. Ese instante en el que todo se corta. En el que el peligro desaparece demasiado rápido. Como si alguien hubiera decidido por mí que ya era suficiente, nadie debe decidir por mí nunca más, es algo que tengo muy claro.
Abrí los ojos antes del amanecer, la cabaña estaba en silencio. Demasiado. Me incorporé lentamente, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper algo invisible. Nada. Solo el sonido de mi propia respiración.
—Estás bien —murmuré.
Pero no sonó convincente, nada estaba bien. No cuando lo único que buscaba era paz, y parecía huir de mi.
La noticia llegó antes del desayuno. Desaparición. Lucas no había vuelto a su casa. Al principio, nadie se alarmó demasiado. Después… sí. En un pueblo como Epuyén, la ausencia pesa más que la presencia. Y Lucas… Lucas nunca pasaba desapercibido.
La panadería estaba distinta. No más llena. Una incomodidad silenciosa lo invadía todo. Las conversaciones eran más bajas. Más cortas. Más cuidadosas. Como si cada palabra pudiera decir algo que no debía.
Entré intentando parecer normal. Siempre normal.
—Cassia —dijo Eva apenas me vio. Su voz era suave, pero había algo debajo. Algo tenso.
—¿Dormiste algo?
Negué. No hizo falta explicar. Nunca hacía falta con ella.
—Vení —agregó—. Tomá algo caliente.
Asentí. El calor de la taza entre mis manos ayudó. O al menos dio la ilusión de hacerlo. Franz estaba en el fondo, trabajando. Pero me miró. Y no fue una mirada cualquiera, fue de esas que pesan. Como si estuviera juntando piezas, él sabía que Lucas junto con Daniel venían a molestarme. Y percibí detrás de su mirada una pregunta, una sospecha. Definitivamente, no me gustaba lo que reflejaba en sus ojos.
Lisa apareció una hora después. No entró como siempre, no sonrió, no habló. Caminó directo hacia mí.
—Tenemos que hablar.
Su voz era baja, pero firme.
Tragué saliva.
—¿Qué pasó?
Me sostuvo la mirada.
—Lucas no aparece.
Silencio.
—Lo sé.
—¿Cómo que lo sabés?
Parpadee.
—Lo escuché recién.
No apartó los ojos.
—Vos estuviste con él anoche.
El aire se volvió más pesado.
—No —dije.
Y fue fácil. Demasiado fácil.
—Lisa…
—No me mientas.
Eso me dolió. O al menos, supe distinguir que dada la situación me tendría que haber dolido.
—No te estoy mintiendo.
Su respiración se volvió irregular.
—Daniel dice que sí.
Ah claro. Daniel.
—Daniel no estaba cuando me fui.
Error. Pequeño. Pero suficiente.
Lisa lo notó. Siempre nota, por más que finja vivir en mundo de colores.
—Entonces sí estuviste.
Silencio. Y ahí la duda apareció. No en ella. En cómo debía reaccionar yo. Bajé la mirada.
—Me los crucé —admití finalmente—. Pero no me quedé.
Eso era mejor. Más creíble. Más… humano.
Lisa no respondió de inmediato.
—¿Qué pasó?
Mi garganta se cerró. Y esta vez no tuve que fingir tanto.
—Lucas estaba borracho.
—¿Te hizo algo?
Dudé. Lo justo.
—No.
Mentí. Otra vez. Pero esta mentira cargaba un peso distinto.
Lisa apretó los labios.
—Si te hizo algo—
—No.
Más firme. Más rápido. Demasiado. Silencio.
—Entonces desaparece justo después de cruzarse con vos.
Ahí estaba. No la acusación, todavía no, pero las sospechas crecían en silencio, avanzando hacia mí como algo inevitable.
La policía llegó al mediodía. Dos hombres. Correctos. Medidos. Observadores.
—¿Cassia?
Asentí.
—Queremos hacerte unas preguntas.
Franz apareció a mi lado. No dijo nada. Pero su presencia cambió el aire, puso incómodos a los policías. Note el cambio en sus posturas al verme respaldada por Franz.
—Voy a estar acá —dijo.
No era una sugerencia.
Las preguntas fueron simples. Demasiado. Dónde estuviste. Con quién. A qué hora. Qué viste. Respondí todo. Ordenado. Claro. Sin vacilar. Como alguien que no tiene nada que ocultar. Por lo menos esta vez era así.
—¿Viste a Lucas por última vez? —preguntó uno.
—Sí.
—¿Cómo estaba?
Bajé la mirada.
—Borracho.
—¿Violento?
Silencio. Ahí estaba la trampa.
Si decía que sí… abría una puerta.
Si decía que no… cerraba otra.
—No lo sé —respondí finalmente—. No me quedé.
Verdad a medias. Siempre funcionan mejor.
Cuando se fueron no pude sostenerme, no del todo, la tensión llegó a su punto más álgido. El aire se volvió pesado. Las voces demasiado fuertes. Las miradas demasiado presentes.
Me apoyé contra la mesa.
—Cassia…
La voz de Eva. Cerca. Demasiado cerca. Y entonces cedí. Las lágrimas llegaron rápido. Desordenadas. Reales. O lo suficientemente reales. No pensé. No medí. Solo dejé que pasara. Eva me abrazó sin preguntar. Como siempre. Franz se quedó a un costado. Pero no se fue. Nunca se va.
—Está bien —murmuró ella—. Ya pasó.
No. No había pasado. Nada había pasado. Esto recién comenzaba, alguien intervino y necesito saber quien fue capaz de hacerlo.
—Hoy no vas a volver sola, vamos te acompaño.
La voz de Franz fue firme.
Inapelable.
—Puedo ir—
—No.
Eva no insistió. Nadie insiste con Franz.
El camino a la cabaña fue en silencio. Pero no incómodo. Pesado.
—Tenés que tener cuidado —dijo finalmente.
—Lo sé.
—No… —negó—. No lo sabés.
Lo miré.
—La gente de este pueblo, se especializa en sacar sus conclusiones. Y créeme nunca son buenas.