Epuyén: De nudos y máscaras

Capítulo 9

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POV Desconocido

Tenía catorce años cuando todavía creía que el pueblo podía ser un lugar decente.No porque Epuyén fuera bueno. Nunca lo fue. Sino porque a esa edad uno todavía confunde rutina con verdad y costumbre con seguridad.

Yo también lo hice.

Éramos tres chicos que caminábamos por las mismas calles, jugábamos cerca del río y nos creíamos inmortales porque el bosque mos daba toda clase de aventuras.

Lisa, Daniel y Lucas.

Entonces todavía no eran dos máscaras y un filo. Todavía eran solo chicos del pueblo. Ruidosos. Fáciles de leer. O eso pensé.

Lisa tenía la costumbre de hablar demasiado cuando estaba nerviosa. Daniel observaba más de lo que decía. Lucas, en cambio, siempre fue el más impulsivo, el que empujaba antes de medir. Entre los tres había una dinámica que nadie cuestionaba porque en Epuyén todo lo que parece conocido deja de ser sospechoso.

Hasta que empezaron a aparecer las muertes. Jóvenes. Diecisiete. Diecinueve. Veintidós. Veinticinco. Una detrás de otra, distintas, nunca iguales. Pero siempre en el bosque. Siempre el mismo silencio después.

El pueblo hacía lo de siempre, mirar a otro lado, fingir preocupación y empezar a señalarse entre si, los susurros acusadores estaban todo el tiempo recorriendo cada espacio del lugar.Bajar la voz. Fingir. Era lo que enseñaban.

Para entonces… ya había algo en mí. No apareció de golpe. Se acomodó. Cuando encontraban un cuerpo, iba. Como todos. Esperaba. Observaba. No por preocupación, era algo anhelante que me hacía ansiar el próximo descubrimiento, algo que me mantenía observando cada uno de los detalles, la técnica que se empleó para quitar esa vida.

La muerte siempre llamó mi atención. Antes eran animales, pequeños, frágiles. El bosque me brindaba una fuente inagotable de conocimiento, dónde tocar, cuánto tarda, que queda después.

Pero las personas no son tan distintas, solo más interesantes. Hay algo en el momento exacto, cuando todavía están y dejan de estar. No es caótico. Es preciso. Siempre lo es. Y con cada cuerpo en el bosque se volvía más claro, esta persona no solo estaba quitando vidas estaba creando un igual.

Al principio dijeron que eran forasteras, que se habían perdido. Luego dejaron de decir nombres. Yo recuerdo los nombres.

Recuerdo también la forma en que el sheriff empezó a mirar a mi familia, a mi padre un pobre leñador, como si ya hubiese decidido que era culpable solo por pasar sus días en el bosque, antes de buscar pruebas. En un pueblo chico no hace falta probar nada cuando el miedo encuentra a quién pegarse.

Mis padres tenían el tipo de vida que a la gente le da tranquilidad de lejos: trabajaban duro, no hacían ruido, no se metían con nadie. Pero en cuanto el sheriff decidió que ellos sabían demasiado del bosque, el resto hizo lo que mejor sabe hacer Epuyén: obedecer sin preguntar. Los vecinos dejaron de saludar. Los niños dejaron de acercarse. Las madres los apartaban cuando me veían pasar.

Los Weiss. Así empezó a decirse el apellido, como si fuera una enfermedad.

Lisa dejó de invitarme a su casa. Daniel empezó a hablarme con esa incomodidad de quien no quiere ser visto del lado incorrecto. Lucas, el peor de los tres, fingía pena mientras se aseguraba de seguir del lado del pueblo.

A los catorce años perdí a mis amigos sin entender bien qué estaba pasando. Ellos si eran buenas personas, no entendía cómo alguien podía siquiera sospechar de ellos.

A los dieciséis perdí a mis padres. Dijeron accidente, como siempre dicen de aquello a lo que no va a mirar dos veces.

Un accidente en el camino. Un mal movimiento. Una desgracia, que no terminaba de creer. Pero el pueblo sí, o fingió hacerlo.

Y cuando el mundo empezó a apartarse de mí, comprendí algo simple: no iban a esperar a que yo probara nada. Tenía que aprender a sobrevivir con lo que me quedaba.

Una noche, después de que todo terminó, fui a pedir ayuda para desaparecer la única persona que jamás me había mirado como si ya supiera la respuesta.

Franz.

No me preguntó demasiado. No me miró con lástima. No repitió el nombre de mis padres como si le pesara en la boca. Solo me dejó entrar. Poco después me consiguió una cabaña en un claro apartado, cerca del borde del bosque. Suficientemente lejos para que el pueblo fingiera olvidarme. Suficientemente cerca para que yo siguiera viendo todo.

Desde entonces viví solo.

Y empecé a entender mejor a la gente cuando deja de tener miedo de sí misma. Porque Epuyén no es un pueblo piadoso, sus habitantes son gente que sonríe mientras esconde algo. Les gusta señalar. Les gusta construir culpables. Les gusta decir “qué tragedia” mientras esconden lo que ellos mismos permitieron.

Eso fue lo que me enfermó más que nada: la hipocresía. El modo en que los mismos que cerraron puertas, cuando mi familia cayó, y después hablaban de honor, de decencia, de Dios, de tradición.

Ninguno de ellos estaba limpio. Solo eran más hábiles escondiendo la suciedad.

Y Lisa, Daniel y Lucas eran el mejor ejemplo de eso.

Lisa siempre fue la más fácil de manipular. No por débil; por necesitada. Le gustaba sentirse elegida. Daniel supo verlo antes que nadie. Lucas, en cambio, era el que llevaba el cuerpo al límite de lo que la vergüenza podía tapar. Entre los tres crearon algo enfermo y perfectamente funcional: Lucas tomaba lo que quería, Daniel hacía que pareciera normal y Lisa se convencía de que amarlos justificaba todo lo demás.

Qué forma miserable de vivir.

Qué forma cómoda de destruir a alguien sin que el resto del pueblo lo llamara por su nombre.

Los vi crecer. Los vi volverse mejores en lo peor de sí mismos. Y vi también cómo Epuyén los protegía mientras mi familia quedaba afuera, como si el apellido Weiss fuera el verdadero crimen y no el miedo de todos los demás.




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