Epuyén: De nudos y máscaras

Capítulo 10

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Lo encontraron al tercer día, el bosque no lo devolvió. La noticia llegó antes que la explicación. Antes que los detalles. Antes que cualquier versión que pudiera ordenar lo que había pasado. Lucas estaba muerto.

Y el pueblo… cambió. No de golpe. No de forma evidente. Fue más sutil. Como cuando una habitación se enfría de a poco y nadie dice nada, pero todos empiezan a moverse distinto.

Salí temprano esa mañana, no quería estar encerrada. No quería pensar. No quería… recordar.

El camino hacia la panadería estaba más lleno de lo habitual. Personas hablando en grupos pequeños. Voces bajas. Miradas que se cruzaban y se apartaban demasiado rápido. Cuando pasé, algunos se callaron. No todos, pero los suficientes. Seguí caminando, como si no lo notara. Como si no entendiera.

—Es horrible —dijo una mujer cerca de la puerta—. Pobre chico.

—Sí… tan buen nene.

“Buen nene”. La frase me atravesó como algo mal dicho. No porque no fuera cierto. Sino porque no era toda la verdad. Pero en Epuyén… nunca lo es empezaba a notar la doble moral que bañaba las calles.

Entré. La campanilla sonó más fuerte de lo normal, o tal vez era yo que tenía mis sentidos perturbados. Eva levantó la mirada.

—Cassia…

No terminó la frase. No hizo falta. Asentí apenas.

—¿Ya sabés?

—Sí.

Silencio. Franz estaba en el fondo, pero no trabajaba. Observaba. Como si esperara que algo pasara.

Intenté mantenerme ocupada. Harina. Masa. Movimiento. Lo simple. Lo repetitivo. Pero era inútil. El murmullo del pueblo se había metido ahí adentro.

—Dicen que fue en el bosque profundo.

—Que estaba colgado.

—Como el otro…

—Shh.

Siempre hay alguien que corta la frase. Siempre. No quería escuchar, pero tampoco podía dejar de hacerlo.

—No fue un accidente —dijo otra voz—. Esto ya pasó antes.

—No empieces…

—Los Weiss.

El nombre cayó como algo prohibido. Como si decirlo en voz alta pudiera traer algo con él. Bajé la mirada. Fingí no entender. Pero lo registré.

Weiss.

—Cassia.

La voz de Daniel, demasiado cerca. Demasiado directa. Me giré. Estaba en la puerta. Lisa detrás, no a su lado un paso atrás. Siempre un paso atrás.

—Tenemos que hablar.

Mi estómago se tensó.

—Ahora no estoy—

—Ahora.

No era una petición.

Eva se movió apenas. Franz también. Pero no intervinieron. Todavía no era el momento.

Salimos. El aire frío golpeó distinto. Más duro.

—¿Qué hiciste?

Directo. Sin rodeos.

—Nada.

Sostuve su mirada. No parpadee.

—Lucas está muerto.

—Lo sé.

—Y vos estabas con él.

—No.

Daniel dio un paso más cerca.

—No juegues conmigo.

—No estoy jugando.

Lisa no hablaba, pero me miraba dudosa.

—Dicen que estaba… —Daniel dudó— mutilado.

El mundo se inclinó apenas.

—¿Qué?

—Le cortaron la mano.

Mi respiración se trabó.

—Y un pie.

Silencio. No dije nada. No porque no supiera qué decir. Sino porque no debía.

—¿Te suena?

Su voz bajó. Peligrosa.

—No.

Pero mi cuerpo sí reaccionó, no pude evitarlo.

La mano.

El pie.

El golpe.

La patada.

Demasiada coincidencia.

—Esto no es normal —continuó—. No es casualidad.

—No sé de qué hablás.

—Claro que sí.

Silencio.

—Primero aparecés vos.

—¿Perdón?

—Y después empiezan a morir personas.

Fruncí el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Tiene todo el sentido.

Lisa intervino por primera vez.

—Daniel…

Pero no para frenarlo, para sostenerlo, para hacerle saber que estaba ahí apoyándolo.

—No tengo nada que ver con esto.

Lisa dio un paso adelante.

—Hay alguien más.

La miré.

—¿Qué?

—Lo escuché.

—¿Cuál?

Dudó.

—Weiss.

El mundo se detuvo un segundo.

—No sé quién es.

Y no era mentira. Daniel me observó. Más de lo necesario. Como si estuviera midiendo algo.

—Tené cuidado —dijo finalmente—. Porque si estás metida en esto…

No terminó la frase. No hacía falta. Se fueron. Sin más.

No se como acabe en el centro de una tormenta que no cause.

No volví a entrar de inmediato. Necesitaba aire. Espacio. Distancia. Caminé sin rumbo unos minutos. Y entonces los escuché. No fue intencional. Nunca lo es.

—No confío en ella.

La voz de Daniel.

—Yo tampoco —respondió Lisa.

Auch, con amigas como esas.

—Está conectada —continuó él—. Tiene que estarlo.

—¿Con Weiss?

—¿Quién más?

Silencio.

—¿Y si él la está usando?

—O ella a él.

Interesante, de donde debería conocer yo a ese Weiss. Qué relación encontraban, y por qué hablaban como si lo conocieran tan íntimamente.

—Lisa… Esto no es casualidad.

—Nada lo es.

Pausa.

—La forma en que Lucas…

No terminó.

—Eso fue personal.

Personal. La palabra quedó flotando.

—Como si alguien estuviera castigándolo.

Mi garganta se cerró.

—Y ella estaba ahí.

Silencio.

—No me gusta —dijo Lisa.

—A mí tampoco.

Me fui antes de escuchar más. No porque no quisiera, porque ya era suficiente. Solo obtuve más preguntas.

Esa noche encontré la primera nota. En la puerta. Sin nombre. Sin firma.

“Te están mirando.”

La leí dos veces. Tres. No sentí miedo. No del todo. La guardé. La segunda llegó al día siguiente. Dentro. Sobre la mesa.

“No confíes en nadie.”

El aire se volvió más pesado. Revisé la cabaña. Ventanas. Puertas. Nada. Nadie. La tercera fue distinta.

“No estás sola.”

Mis manos temblaron, o eso parecía. Porque en el fondo, no era miedo. Era reconocimiento. Y eso era peor, había alguien que me observaba con excesiva atención.




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