Epuyén: De nudos y máscaras

Capítulo 11

big_1fa42336db14d55a826f5ecceda0476c.png

El mundo no se movió, se quebró. No en ruido. No en caos. En silencio.

—Cassia.

Mi nombre, en su voz, no había cambiado. Y eso fue lo peor.

Elijah.

De pie en la puerta de la panadería como si no lo hubiera dejado. Como si todo lo que pasó… hubiera sido un malentendido.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Un paso atrás. Instintivo.

—¿Qué hacés acá?

Él sonrió. Esa sonrisa medida. Perfecta. Practicada.

—Te estaba buscando.

Siempre volvía. Siempre encontraba la forma de llegar a mí. Antes me encantaba. Me hacía sentir elegida, especial, imposible de olvidar. Ahora ya no. Ahora necesitaba entender. Si no me amaba, si ya tenía a su mujer ¿por qué me seguía buscando? ¿Qué era eso que lo mantenía atado a mí? ¿Qué era lo que lo obsesionaba tanto de mi existencia? Porque no era amor. No podía serlo. Y aun así no me dejaba ir. No me soltaba. No me permitía cerrar la historia, ni pasar página, ni aprender a vivir sin él. Como si yo fuera algo que necesitaba pero nunca lo suficiente como para elegirme.

—Necesitamos hablar.

No preguntó. Nunca lo hacía. Miré alrededor. Eva observaba en silencio. Franz también. No intervinieron. Pero estaban atentos. Eso me dio algo a lo que sostenerme. No seguridad. Pero sí la fuerza suficiente para no quebrarme.

—Cinco minutos —dije.

Salimos. El aire afuera estaba más frío de lo que recordaba. O tal vez era él. Nos alejamos lo suficiente. Pero no demasiado. Nunca lo suficiente.

—Sé que estás enojada —empezó.

Solté una risa seca.

—¿Eso pensás?

—Sé que tenés razón.

Silencio.

—Pero no sabés todo.

Siempre había algo más. Siempre. Con él, nada era lo que parecía. Siempre encontraba una salida, una excusa perfecta, algo que justificara lo injustificable. Algo que, de una forma u otra, terminaba por herirme.

—Decime entonces.

Me sostuvo la mirada. Y por primera vez no vi control. Vi cálculo, me miraba y analizaba cada reacción frente a sus palabras.

—Yo ya estaba casado cuando te conocí.

No me sorprendió, como le dije yo ya sabía todo.

—Lo sé.

Sus ojos se tensaron apenas. No esperaba eso. Creía que yo solo sabía lo básico… que me engañaba. Ese fue su error, subestimar. Subestimar todo lo que soy capaz de ver. Lo vi. Vi cómo la abrazaba. Y vi el anillo, su anillo. El de ella.

—Pero no era real.

Ahí estaba. La narrativa. La versión. Lo que justificaba su accionar, su engaño.

—No hagas eso.

—Es verdad.

Su voz bajó.

—Ella nunca fue lo que vos fuiste.

No respondí. Porque ya sabía a dónde iba.

—¿Y qué fui?

Me observo, en un silencio medido.

—Lo único que llenó el vacío que dejó mi hermano.

El aire se volvió más denso.

—¿Tu hermano?

—El esposo de tu hermana.

Todo encajó. Demasiado perfecto. Demasiado armado. Lo miré. Y por un segundo vi el guión.

—Entonces esto empezó como una venganza. Vos tambièn pensaste que yo tuve algo que ver, como decían sus amigos.

No lo negó.

—Empezó así.

Y ahí está la grieta.

—¿Y después?

Se acercó apenas.

—Después te conocí y supe que eras incapaz. Te vi. De verdad te vi. Vi quién sos. Eso… eso es algo que nunca harías.

—Después te necesité.

Su voz bajó.

—Te busqué por todos lados.

Mentira. O verdad. No importaba, ya no.

—No puedo vivir sin vos.

Eso sí era peligroso. Porque no sonaba actuado. Y lo que no suena actuado es lo que más engancha. Lo miré. En serio. Por primera vez desde que llegó. Buscando la falla. La encontré, pero era pequeña.

—Te mentiste a vos mismo.

—No.

—Sí.

Silencio.

—Y ahora estás acá intentando arreglarlo.

—Estoy acá porque te amo.

Demasiado limpio. Demasiado directo. Respiré lento. Pensando. Midiendo. Evaluando.

—Quedate.

Lo dije bajo, pero suficiente. Su sonrisa volvió. Y esta vez no fue perfecta. Fue un triunfo.

POV WEISS

Lo escuché antes de verla.

—Cassia.

El nombre. Su nombre. Dicho por otro, y eso no me gustó.

No necesitaba verla para saber que era ella, pero igual lo hice. Siempre lo hago. Estaba afuera con él. El nuevo. El que llegó sin preguntar. El que camina como si no existieran límites. Me moví un poco más cerca. Lo justo. Lo necesario. No para oír todo. Solo lo importante.

“Mi hermano.” “Tu hermana.” “Te busqué.”

Suficiente. Más que suficiente. No era alguien del pueblo. Era algo peor. Pasado. Y el pasado… nunca llega solo.

Observé su postura. Cómo él se inclinaba hacia ella. Cómo invadía su espacio sin tocarla. Cómo esperaba. No era impulsivo. Era paciente. Eso lo hacía más peligroso que Lucas. Más que Daniel. Mucho más.

Entonces pasó. Ella no lo rechazó. No del todo, no como debería. Cedió. Lento. Casi imperceptible. Pero lo vi. Y no me gustó. Nada.

CASSIA

Volvimos juntos. No tomados de la mano, pero tampoco separados. La diferencia era mínima. Y suficiente.

Los días siguientes fueron… simples. Demasiado.

Elijah se instaló sin pedir permiso, como si siempre hubiera estado ahí.

—Puedo trabajar desde acá —dijo una mañana.

Asentí. Como si no significara nada. Como si no fuera una invasión.

Al principio fue fácil. Rutina. Normalidad. Silencios compartidos. Después empezaron los detalles.

—No deberías confiar tanto en esa gente.

—¿Qué gente?

—La del pueblo.

Lo dijo sin mirarme.

—No te conocen.

—Vos tampoco.

Sonrió.

—Te conozco mejor que ellos.

No respondí, pero me quedó dando vueltas en la cabeza.

Las llamadas que recibía, siempre lejos. Siempre en voz baja.

Los comentarios. Pequeños.

—Lisa no me gusta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.