Era pagarte, no Amarte

Parte II : Debia pagarte amándote.

Narrador

Cuando Judith llegó, irrumpió en la recepción histérica, con el rostro desencajado.

—¡Necesito ver a mi esposa, por favor! ¡Mel Castle, necesito verla! —gritaba sin control.

La recepcionista intentó calmarla, pero no fue posible. Al buscar en los registros, notó que el nombre que Judith mencionaba correspondía a una paciente confidencial, alguien cuya ubicación debía mantenerse en secreto. Negó saber algo, pero la desesperación de Judith era tan real que una enfermera, disimuladamente se dirigió hacia los padres de Mel para informarles que alguien, una mujer desesperada que decía ser esposa de su hija y que se encontraba en la recepción del hospital.

Ellos, entre confundidos y molestos, fueron a ver quién se atrevía a decir que era la esposa de su hija, acompañados por Rupert, quien no iba a dejar pasar por alto semejante osadía.
Al ver todos a Judith, se quedaron inmóviles. ¿Cómo era posible que estuviera ahí? Nadie sabía en qué hospital estaba internada Mel, pero en ese instante llegó Sheldon, y con su presencia, la pregunta obtuvo respuesta.

—Sheldon, ¿me puedes explicar qué hace esta mujer aquí? —preguntó Rupert, molesto, con la voz cargada de ira contenida.

—Debía saberlo, señor —respondió con firmeza el asistente.

—¡No tenías ningún derecho a decirle! —bramó Rupert, alzando la voz con furia.

—Una vez usted me dijo que debía hablar antes de que Mel saliera lastimada —replicó Sheldon con un temple inusual—, y no supe identificarlo en su momento... pero ahora sé que ella necesita del apoyo de Judith.

Judith, con el corazón encogido, dio un paso al frente.

—¿Qué le ocurrió? —preguntó con lágrimas en los ojos, su voz quebrada por la angustia.

—Deberías irte —habló la madre de Mel con tono helado—. Ya es suficiente el daño que le has hecho a mi hija. Ahora que obtuviste lo que querías, déjanos en paz.

La mirada de la mujer estaba cargada de odio y dolor. En su mente, todo lo que le estaba pasando a su hija era culpa de Judith. No entendía cómo había logrado engañarlos a todos, cómo se atrevía a decir que amaba a Mel, si ante sus ojos solo la había utilizado para recuperar su empresa y, al final, apuñalarla por la espalda, haciendo que los Castle se derrumbaran.

—Yo jamás haría algo para lastimar a Mel —dijo Judith, desconcertada ante tal hostilidad—. Yo solo quería que su abuelo deshiciera el trato que tenía con ella. ¡Jamás quise hacerle daño! No sabía que ella... —se quebró su voz, llevándose una mano al pecho mientras intentaba contener el llanto.

—¿De qué estás hablando? —preguntó el padre de Mel, avanzando con el ceño fruncido, su voz cargada de incredulidad.

Se colocó junto a su esposa, mirando a Judith con una mezcla de rabia y desconcierto. Al no obtener respuesta, giró hacia su padre, buscando una explicación.

El patriarca de los Castle no dio excusas ni intentó evadir la pregunta. Con un suspiro cansado, confesó el trato que había hecho con Mel, provocando un silencio sepulcral.

—¿Qué hiciste... qué? —gritó el padre de Mel, furioso—. ¡Te he permitido muchas cosas, padre, pero esto sobrepasa todo! —Su voz temblaba entre la rabia y el dolor—. Acepté el maldito matrimonio arreglado para mi hija, porque me amenazaste con dejarla sin nada, y eso no lo iba a permitir. ¡Pero ahora, gracias a tus tratos, podríamos perderla! ¿Te das cuenta de lo que hiciste? —vociferó, casi al borde del llanto.

El ambiente se volvió tan tenso que podía cortarse con un cuchillo. El aire estaba cargado de reproches, culpa y desesperación. Nadie se atrevía a decir una palabra más. Pero ni el peso del ambiente ni la hostilidad iban a impedir que Judith viera a Mel.

La madre de Mel la observó por unos segundos eternos, con el rostro endurecido. Sin embargo, cuando Judith volvió a suplicarle, con la voz temblorosa y los ojos bañados en lágrimas, algo en ella se quebró.

—Por favor... solo déjeme verla —pidió Judith en un susurro desgarrador.

La madre de Mel suspiró, derrotada por el dolor. Cerró los ojos por un momento y, finalmente, asintió.
—Está bien... pero solo unos minutos —murmuró.

Judith agradeció en silencio. Su corazón latía con fuerza. No sabía qué encontraría al cruzar esa puerta.

Cuando Judith la vio, el corazón se le detuvo por un instante. Mel estaba pálida, tan frágil que parecía que en su cuerpo no quedaba ni una pizca de fuerza. Los cables y tubos que la rodeaban eran un recordatorio cruel de que la vida de su esposa dependía de máquinas. Se acercó despacio, con las manos temblorosas, y acarició su rostro helado, temiendo que al tocarla se desvaneciera.

Mel no despertó. Estaba tan débil que parecía atrapada en un sueño del que no podía salir. Judith, con la voz quebrada y los ojos inundados de lágrimas, murmuró entre sollozos:

—¿Por qué... por qué está así? —su voz se rompió como si las palabras le dolieran al salir.

La madre de Mel, con el rostro desencajado por el cansancio y el dolor, respondió en un susurro afligido:
—Tiene una infección bacteriana. Aunque le han dado antibióticos, esta bacteria se ha vuelto inmune... nada parece detenerla.

Judith no pudo contenerse. Lloró en silencio, apoyando su frente sobre el brazo de Mel. Paso varias horas así, en una especie de trance.

Su teléfono no dejaba de sonar; las llamadas se acumulaban, pero ella no tenía fuerzas para contestar. Nadie de su familia sabía dónde estaba. No había llegado a la empresa, y solo sabían que había salido muy temprano de su departamento.

Alrededor de las dos de la tarde, la madre de Mel se acercó con cautela.

—Deberías ir a comer algo, Judith... —le dijo con voz agotada—. Ya es muy tarde, y no te has movido de su lado.

—No —respondió Judith, negando con la cabeza—. No puedo... no quiero dejarla sola. Ya la he dejado demasiado tiempo, más de un mes sin saber nada, y todo porque nadie me dijo lo que pasaba... —su voz se quebró otra vez.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.