Judith
Estoy agotada. Solo quiero ir a ver a Mel, pensé por décima vez en esta tarde.
Finalmente, después de un mes y medio, un antibiótico había comenzado a hacer efecto. Desde hacía dos días, la bacteria que había puesto en peligro la vida de Mel empezaba a ceder. Aquel día, cuando llegamos junto con la madre de Mel por la noche, el padre de ella nos dio la buena noticia, sentí que, por primera vez en semanas, una pequeña parte del peso que cargaba sobre mis hombros se aligeraba.
Durante las últimas dos semanas, la madre de Mel y yo habíamos trabajado sin descanso, día y noche, intentando estabilizar la situación crítica de la empresa. No dormíamos más de tres horas, y aun así, seguíamos adelante. Aún quedaba mucho por hacer, un largo camino lleno de decisiones difíciles, pero al menos habíamos logrado controlar la emergencia que amenazaba con hundirlo todo.
La madre de Mel me impresionaba. Se parecía tanto a su hija que, por momentos, me confundía. Tenía esa misma mirada determinada, esa forma de hablar que imponía respeto... aunque, a diferencia de Mel, ella sí daba miedo cuando se enojaba.
Flashback
—No permitiremos que una Preston y la esposa de un Castle dirijan la empresa —se negó uno de los socios con voz tajante.
—Si no puede un Castle dirigirla, tendremos que votar para posicionar a otro en la presidencia —replicó otro, con tono desafiante.
El abuelo de Mel se enderezó, dispuesto a intervenir, pero no hizo falta. La madre de Mel se levantó tan furiosa que el silencio se apoderó de la sala.
—Sí, porque el que tomó el lugar de mi hija lo hizo de maravilla —dijo con sarcasmo e ironía —. Lo hizo tan bien, que ahora estamos al borde de la quiebra.
Un murmullo recorrió la mesa, pero ella no les dio tiempo a responder.
—Solo un Castle puede tomar el mando —insistió otro socio, con aire altivo.
—Ahora mismo no están en posición de ser quisquillosos —replicó ella con firmeza, golpeando la mesa con la palma—. Por si lo olvidaron, estamos en la quiebra, y la CEO de la empresa Preston está dispuesta a ayudarnos.
—¡Eso es inaceptable! ¡Por ella estamos en esta situación! —bramó un tercer socio, rojo de ira.
La madre de Mel lo fulminó con la mirada.
—¿No sé por qué me siguen interrumpiendo? ¿Acaso no tienen modales? —bramó la madre de Mel, la voz temblándole entre la rabia y el cansancio—. Tal como ella nos llevó a esta situación, así nos sacará. Porque todos en esta maldita sala de juntas son unos incompetentes: ninguno pudo frenar a Judith Preston. Y lo único que exigen es que se solucione, cuando no han hecho nada. Se quedaron cruzados de brazos mientras mi hija era la única que trabajaba para sacar esta empresa adelante, y ustedes solo la miraban. ¿Qué clase de junta es esta? A mi parecer, unos parásitos.
—Señora Castle, no permitiré que nos insulte —interrumpió otro socio, tratando de mantener la compostura.
—¿Y todavía tienen el cinismo de detenerme? —continuó ella, implacable—. Yo soy la madre de la mujer que ustedes pusieron en un hospital por su incompetencia. No solo dejaron que mi hija cargara con todo, sino que además le exigían resolverlo todo en un abrir y cerrar de ojos. ¿Qué clase de seres humanos son, que llaman exigiendo que regrese mi hija aun estando en estado crítico? Y para colmo, se preocuparon más por sus pérdidas que por la vida de mi hija, que, por si se les olvida, era quien mantenía esta empresa.
Al escuchar aquellas palabras, una furia recorrió mi cuerpo como corriente eléctrica. El murmullo en la sala se apagó; algunos se mostraron molestos, otros visiblemente avergonzados. Me levanté de la silla apretando los puños. ¿Cómo se atrevieron a dejar a mi esposa con toda la responsabilidad? Una empresa no se sostiene por una sola persona; se sostiene por un equipo, por compromiso.
—Ustedes son una escoria —hablé, con la voz cortante—. Recuperaré esta empresa y desecharé la basura inservible y los parásitos que la han carcomido. Y por si no lo han notado: esto es una amenaza.
—No eres nadie... —intentó interrumpir un socio, con voz tensa.
—Claro que lo es —respondió la madre de Mel, con la voz fría y controladora—. Judith Preston acaba de adquirir lo poco o nada que queda de Corporación Castle.
El desconcierto fue total; miraron al abuelo de Mel, esperando que invalidara la declaración.
—Rupert, necesitas nuestro consentimiento —dijo alguien, intentando aferrarse a las normas.
—No, no lo necesito —habló él, firme—. Desde el momento en que ustedes se preocuparon más por sus pérdidas que por mi nieta, toda relación se terminó. Si quieren intentar algo en mi contra, háganlo; aunque dudo que ahora mismo tengan para un abogado. —Su voz era dura, cortante como el hielo—. Los que no estén de acuerdo con esta decisión saben dónde está la puerta. Y los que decidan quedarse tendrán que demostrar su utilidad para la empresa. ¿Y quién decidirá si son útiles? Sera la nueva CEO: Judith Preston.
—¡No nos puedes hacer esto, Rupert! —bramó el mismo socio, histérico, golpeando la mesa con violencia.
—Ya lo hice —sentenció el abuelo de Mel, levantándose con una solemnidad que heló la sala—. Mi nuera tiene razón. He estado rodeado de parásitos por tanto tiempo que solo logré arrastrar a mi descendencia hacia la decadencia, como si ustedes fueran indispensables para esta empresa. Pero esto se acabó hoy. —Su voz resonó como un golpe seco antes de darse media vuelta.
Sin mirar atrás, Rupert salió de la sala junto con Robert. Nadie se atrevió a detenerlos. El silencio se apoderó del lugar; solo se escuchaba el tic-tac del reloj colgado en la pared. Los socios se quedaron congelados, sin saber cómo reaccionar, hasta que uno de ellos, temblando de furia, se atrevió a gritar:
—¡Esto no se quedará así, Rupert!
Lo miré con una mezcla de desprecio y advertencia. Antes de marcharme junto a la madre de Mel, me detuve frente a él y, con una voz firme y cortante, le dije: