—¿Qué? —pregunté atónita, como si no hubiera escuchado bien.
Mel... ¿no quiere hijos? Eso no podía ser posible. Ella siempre había sido dulce, cálida, amorosa. Jamás la había visto interactuar con un niño, pero siempre asumí que, por su ternura natural, deseaba tener una familia tanto como yo.
Tragué saliva, intentando ordenar mis pensamientos.
Yo deseo tener hijos — pensé con un nudo en el estómago—. Una familia grande. Quiero que nuestros hijos vayan con Mel a buscarme al trabajo, jugar con ellos, cuidarlos, darles todo mi amor. Quiero tener una pequeña versión mía y de Mel. Simplemente... quiero ser madre.
Sabía que podía sonar ingenuo o hasta iluso, pero no era un sueño vacío. Imaginaba sostener entre mis brazos a esa pequeña parte de mí o de ella, tan indefensa, tan tierna, que sentiría arrancarme cualquier pedazo de mi ser solo para protegerlo. Verlo despertar con sus mejillas rosadas, medio dormido, escuchar sus risas contagiosas... sentir que ese pequeño ser te ama sin condiciones, que te ve como su todo.
—¿Eso no es posible? —hable, apenas consciente de que lo había dicho.
La madre de Mel suspiró con un aire resignado. Se acercó lentamente, posando su mano sobre mi hombro con una mezcla de compasión y tristeza.
—Veo que tú sí quieres hijos, por tu reacción —murmuró con pesar—. Por eso, Judith, es mejor que, por el bien de las dos, no regresen y no se hagan daño.
Apenas salieron esas palabras de su boca, la miré fijamente, frunciendo levemente el ceño. Sentía cómo el aire en la habitación se hacía más denso, como si cada respiración costara un poco más.
—Judith, sé que suena duro, pero es lo mejor —dijo con voz suave, aunque cargada de determinación—. Porque, por un lado, Mel tiene sus miedos contigo, los cuales no negaré que podría superar, pero... ¿tú estás lista para dejar de lado el deseo de ser madre? ¿Para renunciar a formar una familia?
Suspiró con melancolía antes de continuar:
—Sabes, yo deseaba una familia grande. Soñaba con que Mel tuviera al menos dos hermanos más, pero no se pudo. Y aunque amo a mi hija con todo mi corazón, no negaré que hubiera deseado tener más hijos —su voz se quebró apenas al pronunciar esas palabras—. Judith, yo sí sé lo que es ser madre. Es algo indescriptible, una conexión que no se puede explicar con palabras. Por eso te pregunto... ¿estás realmente segura de querer renunciar, siquiera, a saber, lo que se siente ser madre? —me miró con una sonrisa triste, llena de pesar.
—Es que... también necesito tener a Mel —murmuré, tragándome el nudo que se formaba en mi garganta.
Las emociones se arremolinaban dentro de mí. Había amor, confusión, miedo. Y, de pronto, una idea fugaz me atravesó la mente. ¿Y si todo esto era una prueba? Una manera de medir hasta dónde estaba dispuesta a llegar por su hija.
—¿Me está poniendo a prueba, señora Castle? —pregunté, frunciendo el ceño.
La madre de Mel pareció sorprendida, dio un paso atrás y negó suavemente con la cabeza.
—No, Judith. Te estoy avisando de lo que mi hija no quiere —respondió con tono firme.
Mi molestia creció. No podía aceptar sus palabras tan fácilmente.
—¿Quiere que crea que no habrá más sucesores de los Castle? ¿O piensan quebrar la empresa para evitar que los haya? —repliqué, con la voz cargada de rabia contenida.
Ella me observó unos segundos antes de suspirar, agotada.
—Veo que no me crees —dijo con resignación—. Y, en otras circunstancias, no te diría nada. Pero no quiero que mi hija se sienta mal por decirte la verdad. Mel tenía, por así decirlo, un plan de emergencia... —hizo una pausa, bajando la mirada—. Si llegaba a casarse y debía tener un heredero, pensaba hacerlo, pero no iba a involucrarse en la crianza del bebé....
Sus palabras me dejaron helada. Me quedé inmóvil, sin aire, sin pensamiento. Esa... no era la Mel que yo conocía. No podía creer que hubiera planeado algo así, tan frío, tan distante.
Me quedé sin palabras, sin saber cómo reaccionar ni qué sentir. Todo dentro de mí se contradecía.
—Debo irme —rompió el silencio la madre de Mel, mientras tomaba su bolso—. Confío en que sabrás cómo manejar lo que te acabo de contar. Y, por el bien de mi hija, espero que te alejes sin...
—No me alejaré de Mel —la interrumpí con firmeza.
Las palabras salieron de mi boca sin siquiera pensarlas. Solo quería que la madre de mi esposa dejara de exigirme que me alejara de Mel. Sentía el pecho apretado, como si cada latido estuviera empujando contra las costillas.
—Judith... — hablo con advertencia en la voz.
—Yo amo a Mel, señora Castle. Quiero estar con ella. En el futuro nos preocuparemos por tener hijos, y quién sabe, quizá más adelante Mel sí quiera tenerlos...
—Judith —me interrumpió con firmeza—, no puedes hacer que alguien quiera algo que no desea. Tampoco sería justo para mi hija que tú le pidas ser madre, y solo porque te ama, acceda. Porque si lo hace sin quererlo, eso la va a herir, y las heridas emocionales son difíciles de sanar.
—Jamás haría eso —respondí, sintiendo el nudo en mi garganta endurecerse—. Pero solo podré descubrir si quiere ser madre estando con ella, estando juntas... sin terceros decidiendo por nosotras.
Su expresión cambió. Ya no era tristeza. Era determinación pura.
—Si sigues por ese camino, tendré que intervenir —dijo, con voz baja pero afilada—. Y advertirte formalmente que dejes a mi hija. Haré lo que tenga que hacer. Incluso si eso significa dejar la empresa, perderlo todo. Porque lo más importante para mí es mi hija, no una corporación.
Asentí, no por sumisión, sino por comprensión.
—Entiendo su posición, señora Castle. Yo haría lo mismo si estuviera en su lugar. Sin embargo, esa decisión no le pertenece a usted. Le pertenece a Mel. A nadie más.
—Lo único que mi hija debe hacer es alejarse de ti —atacó, ahora con una seguridad casi cruel—. No es como si tuviera alguna obligación contigo para quedarse a tu lado —dijo con una expresión de triunfalidad envenenada.