Era pagarte, no Amarte

II. III

Judith

—¿Eso es para el bebé? —preguntó Mel al ver el biberón que tenía en la mano.

Me quedé literalmente como una estatua cuando la vi con Jack en sus brazos. Algo dentro de mí... se derritió. Mel tenía una expresión tan maternal que me dejó desarmada. Solo estaba sosteniendo a Jack, sí, pero había en sus ojos una mezcla de preocupación genuina y ternura tranquila que me hizo cuestionar todo. ¿De verdad le había dicho a su madre que no quería tener hijos? Porque... esa mirada decía otra cosa.

—Sí —asentí, recuperando un poco la compostura.

Fui directo hacia ella para tomar al bebé y darle el biberón.

—Lamento que te haya despertado, Jack —murmuré suavemente.

Mel me lo entregó con suma delicadeza, como si fuera lo más frágil del mundo. Pero vi su ceño fruncido, su molestia evidente.

—¿Por qué han dejado al bebé solo? ¿Acaso nadie escuchó que estaba llorando? Y encima tiene hambre. —Su voz tembló de enojo—. ¿Dónde rayos está tu hermano y tu cuñada?

Su mirada se clavó en la mía. Ya no estaba solo molesta... ahora estaba furiosa. La rabia se intensificó cuando vio a Jack succionar el biberón con tanta desesperación, como si llevara mucho tiempo esperando.

—Come despacio, cariño, te vas a atorar —le hablé suavemente al bebé.

—Mel, no es lo que piensas. No dejamos a Jack solo porque quisiéramos —dije, mirándola directamente—. A Aida se le partieron los pezones desde ayer y creyó que aun así podría darle de comer a Jack. En la mañana lo hizo con demasiado dolor, pero hoy en la tarde no aguantó más, porque ya le salía la leche con sangre. Jack tampoco comió, porque mientras más succionaba, más sangre salía —conté.

Mel me miraba con terror en el rostro. No decía nada. Automáticamente me di cuenta de que la había asustado y, cuando iba a intentar tranquilizarla para que no pensara que la maternidad era terrible, ella habló primero:

—¿Y ella ya fue atendida por un doctor? —preguntó, aún aterrada.

—Mis padres, junto con los tuyos y mi hermano, la llevaron al hospital —le avisé—. Yo me quedé aquí por Jack.

—¿Y los empleados? —preguntó, interrumpiéndome.

—Hoy les dimos la tarde libre, o más bien, siempre les damos en la semana dos tardes libres para que descansen —me explicó.

—Eso es terrible —dijo—. ¿Cómo es posible que ese pequeño haya hecho eso? —hablaba perturbada.

Mel se miró por unos segundos el pecho con dolor, como si a ella le hubiera ocurrido.

Al ver su rostro, me apresuré a decir lo primero que se me pasó por la cabeza.

—No todo es malo —dije.

—¿Cómo no va a ser malo? —me interrumpió—. ¿Qué tendría eso de bueno? —preguntó, aterrada.

—Bu... bu... bueno, puedo pasar un tiempo con el pequeño Jack —miré al pequeño en mis brazos—. Es tan lindo, tierno y frágil.

Sonreí mientras seguía viendo a mi pequeño sobrino, intentando que Mel viera que la maternidad también podía ser hermosa. Sin embargo, el pequeño Jack dejó de comer y, al momento de quitar el biberón de su boca para sacarle los gases, me vomitó encima.

El vómito me cubrió por completo. Sentí el líquido tibio deslizarse por mi blusa, mi cuello, incluso llegó hasta mi cabello. Me quedé completamente inmóvil, con los ojos abiertos de par en par, sosteniendo al pequeño Jack quien, después de semejante hazaña, me miraba con sus ojitos brillantes y una sonrisa de satisfacción que parecía decir: "misión cumplida".

—Judith... —escuché la voz de Mel, pero sonaba extraña, contenida.

Giré mi rostro hacia ella lentamente, aún en shock, y lo que vi me dejó aún más desconcertada: Mel tenía una mano cubriéndose la boca, los ojos cerrados con fuerza y los hombros temblándole. Al principio pensé que estaba impactada por la situación... hasta que escuché un leve sonido ahogado.

Se estaba riendo.

—¿Te... te parece gracioso? —pregunté, incrédula, sintiendo cómo el vómito del bebé se escurría por mi pecho.

—Iré por toallitas húmedas —avisó Mel, alejándose.

Alcé la mirada y vi las toallitas húmedas al lado de los pañales. En ese momento estuve segura de que se había ido a reír lejos, a salvo de mi expresión derrotada y del aroma ácido que ya empezaba a envolverme.

Pasó mucho tiempo y Mel nunca volvió con nada. De hecho, llegó Aida, quien regresó del hospital con el rostro cansado, pero sereno. Mel, en cambio, no apareció.

Por mi cabeza pasó la idea de que, tal vez, mientras se reía de mí recordó lo sucedido con Aida y volvió a asustarse. Tal vez la maternidad, vista tan de cerca, le había hecho recordar ese miedo que ocultaba.

Llegó la noche y con ella la evidente incomodidad de Mel cuando finalmente reapareció. Sus gestos eran medidos, su sonrisa tensa, como si caminara sobre un suelo frágil. Aun así, debo admitir que para mí siempre es un deleite verla. Nerviosa, incómoda, distante, enojada o feliz.

Simplemente me gusta ella.

Incluso en silencio, incluso cuando no sabe dónde poner las manos o la mirada, su sola presencia me resulta suficiente, como una calma extraña que no necesito entender.

Después de alistarme para irme a dormir, salí del baño para unirme a Mel en la cama. Ella estaba en una esquina, aunque no había mucha distancia entre nosotras porque la cama era pequeña. Tan pequeña que, tranquilamente, podía voltearme y fingir que dormida la abrace en medio de la noche, y luego culpar a la falta de espacio.

Me recosté, aunque aún no me cubría con las sábanas. Quería que Mel viera mi pijama, la cual elegí precisamente para ella. Mi único objetivo ese día era que me mirara siquiera un segundo, ya que no me hablaba y prefería fingir que dormía. Al menos, con esto, me miraría.

Ese era mi plan original. Sin embargo, no creí que Mel apagaría la luz de manera inesperada. Ni siquiera me avisó. Era evidente que algo se había despertado dentro de ella, pues esa era la única explicación que encontraba para su acción. Aun así, no entendía por qué empezaron a llegar a mi mente pensamientos intrusivos. Solo por verla con una pijama que era todo menos sexy. Por más que intentaba reprimirlos, llegaban como relámpagos que se instalaban en cada rincón de mi mente y se negaban a irse.




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