Era pagarte, no Amarte

II. IV

La puerta estaba entreabierta, así que me quedé del lado de afuera, apoyada contra la pared, intentando escuchar lo que decían.

—Mel, serías una grandiosa madre —susurró Aida con complicidad.

Mi corazón se detuvo por unos instantes, esperando la respuesta de Mel, pero fue Aida quien continuó hablando.

—No sé cómo lo haces, pero Jack siempre se tranquiliza contigo. Estoy empezando a creer que solo se despierta en las noches para que vengas a mimarlo —decía, burlonamente.

—Solo es un pequeño mimado —susurró Mel con cariño.

—Espero que no te extrañe mucho los días que estaremos donde mis padres —añadió Aida en voz baja.

—Solo debes frotarle la barriguita y pasearlo —le recordó.

—¿Qué haces aquí? —susurró Tomás en mi oído, haciéndome saltar del susto.

Di un pequeño brinco y le golpeé el brazo, no muy fuerte, para no hacer ruido.

—Me asustaste —le susurré molesta.

—¿Ya te diste cuenta de que tu esposa me robó a mi hijo y ahora también a mi esposa? —susurró, claramente irritado.

—¿De qué demonios hablas, Tomás? —repliqué en voz baja.

—¿Cómo que no sabes? Tu esposa se robó a mi pequeño solo frotándole el estómago porque no podía dormir, y mi esposa está encantada con eso, ya que no lográbamos hacerlo dormir —dijo, cruzándose de brazos.

—¿Mi esposa ha estado todas las noches aquí? —pregunté, incrédula.

—¿En serio no lo sabías? —preguntó él, igual de sorprendido.

—Creí que estaba en su cuarto de arte —respondí, sintiendo una mezcla de confusión e incredulidad.

—Claro que no, se está robando a mi hijo y a mi esposa —refunfuñó.

—Tomás, es suficiente —habló Aida desde la puerta.

Ambos nos sobresaltamos y miramos instintivamente hacia ella. Estaba junto a Mel.

—Traje el biberón, cariño —le avisó Tomas, cambiando el tema con naturalidad.

Aida lo miró molesta y luego me observó a mí.

—Judith, lo que dice el idiota de tu hermano no es verdad. Sabes que lo amo a él, ¿verdad? —preguntó con firmeza.

—Sí, Aida, lo sé —afirmé sin dudar.

—Dame ese biberón y después hablo contigo en nuestra habitación —le advirtió Aida a Tomás, arrebatándole el biberón con evidente furia.

—Mel, nos vamos —le pedí en voz baja.

Mel solo asintió y se dirigió hacia la habitación, mientras yo la seguía unos pasos detrás. Su silencio no era incómodo, pero sí denso.

Llegamos a la habitación y cerré la puerta con cuidado. Necesitaba disculparme con ella por el comportamiento de Tomás.

—Judith, yo jamás vería a Aida de otra forma —dijo nerviosa, adelantándose a cualquier reproche.

—Mel —la interrumpí con suavidad—, cálmate. No estoy pensando mal. Solo quiero saber qué pasó —le pregunté tranquilamente.

Sabía que a Tomás no le caía bien mi esposa y que era exagerado por naturaleza; ahí estaba, sin duda, la explicación de su dramatismo. Aun así, mi curiosidad iba más allá. Si Mel no quería hijos, por qué se estaba comportaba tan cariñosa con Jack.

—Hace una semana escuché a Aida y a Tomás pasar con Jack fuera del cuarto de arte —comenzó a explicar—. Jack estaba llorando mucho. Al principio creí que siempre lo paseaban por ahí para hacerlo dormir, pero cuando no paró de llorar después de quince minutos, salí a preguntar si estaba todo bien. Tu hermano, como siempre, respondió de forma hostil que sí, pero Aida lo contradijo. Estaban a punto de llamar al doctor. Antes de eso, Aida mandó a Tomás a hacerle un nuevo biberón para ver si así se tranquilizaba. Como Jack no dejaba de llorar, le pedí a Aida que me lo diera un momento. Le froté la barriguita y, antes de que volviera tu hermano, el bebé se durmió...

—¿Y solo por eso Tomás piensa que le estás quitando el amor de mi sobrino? —la interrumpí con una risa burlona—. Bien, eso explica lo de Jack. Pero... ¿y lo de Aida? ¿Qué pasó ahí? —pregunté, aún intrigada.

—Eso fue la siguiente noche —suspiró cansada—. Jack nuevamente no podía dormir. Lo pasearon otra vez cerca de la habitación de arte porque es la más alejada y no interrumpe el sueño de nadie. Volví a salir, pero esta vez pregunté si lo habían llevado al doctor. Tu hermano, con su clásica hostilidad, dijo que no era de mi incumbencia...

—Este imbécil —murmuré molesta.

—Aida se interpuso otra vez y dijo que sí. Esa noche ni siquiera pedí cargar a Jack, ella solo me lo dio para calmarlo —continuó—. Después de media hora volvió a dormir profundamente y, cuando lo estaba dejando en su cuna, tu cuñada hizo un comentario, en broma... que tu hermano malinterpretó —aclaró.

Mel se quedó en silencio. Esperé unos segundos, pero no continuó. Alcé una ceja.

—¿Y cuál fue ese comentario? —pregunté.

Dudó. La vi debatirse internamente antes de suspirar.

—Hasta yo me dormiría en esos brazos —confesó finalmente.

Casi se me cae la mandíbula al piso.

La miré fijamente, sin saber si reír, suspirar o preocuparme... porque, ahora, todo tenía sentido.

—Un momento... ¿estabas solo con tu overol o llevabas blusa, Melissa? —pregunté, frunciendo el ceño.

—Claro que estaba con blusa, ¿cómo voy a llevar solo el overol? —respondió, frunciendo también el ceño.

—Hablo de las oversize, no de esas blusas que hacen que se te marque todo —repliqué molesta—. Iré a hablar con Aida —avisé, dándome la vuelta.

—No irás a ningún lado —tomó mi brazo con firmeza—. Judith, fue una broma, como cuando le dije que Jack la iba a dejar seca por tanto amamantarlo...

Fruncí aún más el ceño y me giré para mirarla, claramente molesta.

—¿Acaso viste a mi cuñada cuando amamantaba a Jack? —le pregunté.

—Sí —respondió con tranquilidad.

—¿Tú le viste las tetas a mi cuñada? —bramé, furiosa.

—¡¿Qué?! —exclamó asustada—. No, claro que no...

—Claro que sí, Melissa —repliqué.

Me acerqué a ella con rabia, la arrinconé contra la pared más cercana. En ese momento no me importaba que fuera más alta que yo; solo sentía la sangre ardiéndome en las venas.




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