Era pagarte, no Amarte

II. V

Todos quedaron observando a Isabela. Ella estaba realmente afectada. Al principio creyó que todo era mentira, pero ¿por qué le mentirían? Si no la quisieran, simplemente le habrían dicho que se fuera. No encontraba una explicación lógica. Lo que sentía la desbordaba: si aquello era verdad, había odiado a su padre durante quince años y lo había aborrecido y negado durante diez más.

De lo único que estaba segura era de que su madre jamás le mintió. Nunca habló mal de su padre; incluso creyendo que las había abandonado, jamás sembró odio en su corazón. Solo contó su verdad, su historia.

Una lágrima recorrió la mejilla de Isabela. Su madre murió pensando que jamás le importaron a su padre, y su padre murió intentando llegar a ellas para formar, por fin, una familia los tres.

—Yo debo irme —habló desconcertada, sin saber realmente qué hacer.

Se levantó y salió casi huyendo de la sala. Todos se pusieron de pie para ir detrás de ella, pero fue el padre de Judith quien la interceptó justo antes de que lograra salir de la mansión. La abrazó con fuerza, como si temiera que se le escapara entre los dedos, y entonces Isabela, sin más fuerzas en su cuerpo, se quebró.

Lloró desconsoladamente.

—Lo odié toda mi vida porque creí que nos abandonó... pero murió intentando llegar donde nosotras —gritó a medias, dolida, en medio de su llanto.

—Lo siento mucho, en serio... lo siento mucho. Si tan solo yo hubiera sabido de tu existencia, no habría parado de buscarte —se disculpó el padre de Judith, con la voz quebrada y los ojos llenos de culpa.

Los demás presentes tenían un nudo en la garganta. Nadie podía creer todo lo que acababa de salir a la luz, y aún no sabían si Isabela cargaba con un pasado todavía más triste. En el fondo, rogaban que no fuera así.

Después de tranquilizarla un poco, regresaron a la sala. Le dieron un vaso de agua y la sentaron con cuidado, como si aún pudiera romperse.

—Isabela, sé que jamás vamos a llenar el vacío de tu madre y de mi hermano —dijo el señor Preston—, y lo único que puedo ofrecerte ahora mismo es que te quedes con nosotros. Eres una Preston; tienes derecho a todo lo que era de tu padre...

—Señor Preston, no vine a pedir nada —lo interrumpió—. Estoy aquí solo por mi madre. No vine a exigir nada. Agradezco su ofrecimiento, pero...

—Isabela —intervino la madre de Judith—, solo quiero que pienses por un momento: si a tu padre no le hubiera ocurrido esa desgracia, ahora mismo tendrías todo lo que era de él. Pero no creas que solo son beneficios; también hay responsabilidades que debes asumir.

Un silencio prolongado se instaló en la sala. Isabela no sabía qué decidir. Por breves momentos miró a Mel, que se mantenía con el rostro afligido.

—Entiendo que tengas dudas —continuó la madre de Judith—, pero si tu madre te pidió que te acercaras a nosotros, debió tener un motivo. No somos malas personas. Ahora somos tu familia.

Ese había sido, precisamente, el principal motivo por el que la madre de Isabela le pidió a su única hija que se acercara a su familia paterna y a su padre. Aunque se encontraba desconfiada de las palabras de Anthony, aún resonaba en su mente lo que él le había contado: que su familia era amorosa, numerosa y libre de prejuicios.

El día que se enteró de su enfermedad, lo único que la madre de Isabela pudo pensar fue en que dejaría sola a su hija. Porque, aunque tenía hermanos y familia, todos le dieron la espalda cuando confesó que estaba embarazada. La única persona que la ayudó fue su abuela, quien años después falleció, dejándolas a ambas completamente solas frente al mundo.

La madre de Isabela intentó acercarse a su familia con la esperanza de no dejar a su hija completamente sola. Sin embargo, una vez más, su propia madre le recordó con frialdad que ella no era su hija. Con esas palabras entendió que jamás aceptarían a Isabela, y también supo que no quería que su hija estuviera rodeada de personas llenas de rencor y resentimiento.

Cuando se acercaba su deceso inminente, pensó que debía intentar acercarse a Anthony, el padre de su hija. Empezó a buscar información sobre él, pero no encontró nada: ningún artículo, ninguna referencia, ninguna pista clara de su paradero. Sin más remedio, tuvo que buscar información sobre su familia en general. Al encontrarlos, constato que era una familia numerosa, además que tenían un gran parecido a Anthony, parecían buenas personas, tal como Anthony le había contado años atrás. Eran también conocidos por hacer donaciones y ayudar constantemente a la beneficencia.

Aun así, no pudo evitar pensar que tal vez todo era solo apariencia. Pero también sabía que, si ese fuera el caso, su hija no dudaría en alejarse de Anthony y de toda su familia. En el mejor de los escenarios, su padre se arrepentiría de haber abandonado a Isabela, intentaría acercarse a ella y ser lo que nunca fueron: padre e hija. Y quizás, incluso, su familia la aceptaría y ella no se quedaría sola.

El día que su madre le pidió su último deseo, Isabela estalló en furia y tristeza. Aunque sabía que su madre iba a morir pronto, se negaba a aceptarlo; aún esperaba un milagro que la dejara a su lado un poco más.

Con el corazón destrozado y viendo sufrir a su hija, su madre le entregó todos sus ahorros para que pudiera viajar a donde se encontraba la familia de su padre.

Isabela lloró desconsoladamente y no pudo evitar ir hacia su madre para que la consolara. Ella era lo único que tenía en la vida, y ahora se la estaban quitando. Jamás pidió riquezas ni poder; solo había querido una vida tranquila junto a su madre, incluso había imaginado un futuro donde se casaba con el amor de su vida, con ella presente.

Ese día, Isabela se acurrucó en los brazos de su madre por última vez. Al día siguiente, no despertó. El cáncer ganó y le arrebató a su madre.

Para Isabela fue como si también le arrebataran su propia vida. Vivió su duelo, pero quedó enojada con el mundo entero.




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