Era pagarte, no Amarte

II. VI

Lo único que podía hacer era tragarme todos esos comentarios porque indirectamente eran para mi

Estuvimos toda la tarde escuchando la historia de Aida y una parte de la noche, hasta que llegaron los padres de Judith.

Pasaron alrededor de cuatro días en los que mis padres regresaron y se pusieron al tanto de lo acontecido con Isabela. Mi madre se compadeció de ella; incluso se ofreció a enseñarle lo que deseara aprender. Su tono era amable, genuino, el habitual de ella.

Evidentemente, mi madre no se había percatado de que Isabela había sido una de las meseras en aquella fiesta. Y eso que fue ella misma quien había contratado al personal.

Desde que Isabela llegó, no me he despegado de ella; el miedo a que dijera algo me mantenía en constante alerta.

—Mel —me llamó mi madre.

Estaba en el patio del sur enseñándole unos indicadores a Isabela. Mi madre se encontraba un poco alejada de nosotras, observándonos con atención.

—Sí —respondí, levantándome de la silla—. Ahora regreso —le avisé a Isabela.

—Está bien —respondió, volviendo la vista a la laptop.

Caminé hacia mi madre, quien, al estar cerca, me llevó aún más lejos de Isabela.

—¿Qué sucede, mamá? —pregunté confundida por su actuar.

—¿Por qué siento que Isabela parece más tu esposa que Judith? —preguntó, molesta.

Fruncí el ceño por tal insinuación, pero más que nada por cómo sabía que Judith y yo seguíamos casadas.

—¿Cómo sabes que Judith y yo seguimos casadas? —pregunté.

—Es un secreto a voces, Mel. Ahora responde mi pregunta —me ordenó.

—¿Piensas que me gusta Isabela, mamá? —la miré molesta—. Solo le estoy enseñando los asuntos de la empresa Preston, tal como me lo pidió la madre de Judith —le recordé.

Mi madre se cruzó de brazos y me observó con su mirada juzgadora.

—¿En serio, madre, estás dudando de mí? —dije ofendida—. ¿Acaso no la reconoces, mamá? —susurré, mirándola fijamente.

Mi madre miró de reojo a Isabela y luego volvió a mirarme, sin entender a qué me refería.

—Ella fue una de las meseras contratadas de esa maldita fiesta que hice cuando era estúpida —murmuré, frustrada y enojada a la vez.

Mi madre abrió los ojos, sorprendida, y segundos después me miró con terror, como si acabara de unir piezas que nunca debieron encajar.

—No puede ser —habló desconcertada—. Qué pequeño es el mundo —añadió, todavía sin creerlo.

—Isabela piensa lo peor de mí por esa fiesta y no puedo dejarla sola, porque tengo miedo, de que, le diga algo a Judith —confesé, cansada, sintiendo cómo el peso de mis errores volvía a caer sobre mis hombros.

—Eso explica esa cercanía tan exagerada que tienes con ella, la cual se está prestando a malentendidos. Así que, Mel, debes decirle a Judith sobre esta situación...

—Espera, mamá —la interrumpí—. ¿Quieres que le diga a Judith lo de esa fiesta? Eso jamás lo haré —me negué efusivamente.

La petición de mi madre era tan descabellada que simplemente no era una opción. Decirlo en voz alta ya me parecía demasiado.

—¿Quieres que lo haga yo? —preguntó.

—No, claro que no —casi grité, aterrada.

Isabela miró hacia nosotras, curiosa ante mi tono elevado. Sentí el corazón golpearme el pecho con fuerza.

—Mel, solo dile que eras una joven inmadura, irresponsable y estúpida, la cual aprendió su lección con esa fiesta —me recordó.

—Sé lo que era, mamá, y sé que me dijiste que no siguiera esa tradición estúpida. No tengo justificación, pero jamás repetí eso y jamás lo repetiré —decía, exhausta.

Mi madre rió un poco. Estaba segura de que recordaba perfectamente cómo estuve con malestares después de esa fiesta, casi sin poder levantarme de la cama.

—Una vez te dije que, tal como tuviste ovarios para pedirme esa fiesta y que te cubriera, debías tener los mismos ovarios para enfrentar las consecuencias. Y ¿qué crees, hija? Ahora hay consecuencias.

Llevé mis manos a la cabeza, molesta y arrepentida conmigo misma por haber hecho esa estúpida fiesta que seguía persiguiéndome años después.

—Tienes hasta mañana para que todo esto se aclare, ¿entendido? —me apuntó con advertencia.

Me quedé callada, porque no podía prometer algo de lo que no estaba segura.

—Melissa, ¿entendiste? —habló con su voz gruesa.

—Melissa, en serio, madre...

—Parece que solo ahí haces caso.

—Claro que no —me defendí, aunque en el fondo sabía que, una vez más, tenía razón.

—No lo olvides, hasta mañana —volvió a repetir—. Ahora ve con Judith porque, por si no te diste cuenta, hoy al fin podemos almorzar con ustedes.

Aquellas palabras confirmaron una pregunta que me había estado rondando la cabeza desde que llegamos a la mansión Preston.

—Mamá, ¿por qué quieres que vuelva con Judith? —pregunté, ante su constante insistencia.

—Porque sé que la amas —respondió sin titubear—. Hija, entiendo tus miedos, pero dime, Mel... ¿tú entiendes los miedos de ella? —preguntó.

—¿A qué te refieres con sus miedos? —pregunté, aún más confundida.

—Habla con ella —fue lo único que dijo.

Se dio la vuelta y caminó hacia Isabela. No pasaron ni dos minutos cuando ambas cruzaron a mi lado. Sentí cómo el nudo en mi estómago se apretaba aún más.

La tensión durante la comida se sentía latente, casi asfixiante. Sin embargo, el más molesto conmigo era Tomás; no disimulaba en absoluto su gesto de incomodidad cada vez que nuestras miradas se cruzaban. Su juicio silencioso pesaba tanto como las palabras que nadie se atrevía a decir.

Tuve que esperar toda la cena para finalmente regresar a la habitación con Judith. En mitad del camino dudé, indecisa sobre si debía hablar o seguir callando, pero fue ella quien reclamó primero mi cercanía con Isabela.

—No, Judith, no me gusta Isabela. No la veo como tú piensas —me defendí, molesta por su acusación—. ¿Cómo puedes pensar eso...?

—¿Que por qué pienso eso? —me interrumpió—. Isabela, a pesar de que no lleva ni un mes aquí con nosotros o de que no la conocemos bien, tú no te despegas de ella. ¿Y quieres que no piense que te interesa cuando estás tan apegada a ella? —me reclamó, visiblemente alterada.




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