Era pagarte, no Amarte

II. VII

Salí de la oficina que antes había sido mía y entré a la de mi madre.

—¿Acaso perdiste la cabeza, Mel? —me gritó, cerrando la puerta.

—¿Me dices a mí que perdí la cabeza cuando tú permitiste esa injusticia? —le reclamé.

—Era necesario, Mel. Y bájame la voz, que soy tu madre —me recordó.

Me miró furiosa y en ese instante me di cuenta de mi error.

—Lo lamento, mamá —me disculpé de inmediato.

—A mí no es a la única a la que debes una disculpa. A Judith también se la debes. ¿Y desde cuándo reaccionas de esa forma tan agresiva? ¿Desde cuándo mi hija se convirtió en un cavernícola? Yo no te crie así, Mel Castle —me recordó con dureza.

—Lo lamento, mamá —volví a disculparme, avergonzada—. Yo... solo estaba enojada, lo lamento.

—No hay excusas, Mel, para tu comportamiento ni justificación alguna, por más enojada que estés. Casi te lanzas encima de Judith. ¿Qué demonios te hizo molestar tanto como para que quisieras lastimarla?

—No, mamá, te equivocas. Yo jamás lastimaría a Judith —me defendí.

—Eso pareció, Mel —me hizo ver.

—No era mi intención lastimarla. Solo quería que me explicara por qué estaba sonriéndole a ese idiota —confesé, sin más.

En cuanto lo dije, me di cuenta de que esa había sido la verdadera raíz de mi enojo.

—¿Sonriéndole? ¿A qué idiota te refieres, Mel? —preguntó mi madre, desconcertada. —¿Y eso que tiene que ver con lo de...?

—El de la reunión, con quien entró. — la interrumpí molesta —¿Acaso no viste cómo le estaba coqueteando?

—¿Tu reacción de hace rato fue porque estabas celosa? —preguntó con una media sonrisa.

Y entonces lo entendí. Eso era. Estaba celosa.

Mi madre tuvo que aguantar su risa por aquel descubrimiento. Cuando logró controlarse, volvió hacia mí y colocó su mano en mi brazo.

—Cariño, tanto tu padre como yo estamos intentando mantenernos al margen de tu situación con Judith para que te des cuenta tú misma de que estás perdidamente enamorada de ella. Y con esos celos absurdos lo demuestras aún más... Deja de huir de ella, cariño —acarició mi rostro con ternura—. Quién diría que serías igual de celosa que tu padre. Siempre creí que ibas a ser más como yo... —murmuró con incredulidad—. Ahora ve con Judith y discúlpate. —.me ordeno recordando el tema principal.

—Sí ahora voy —asentí junto con un suspiro.

Me dirigí hacia la oficina de Judith, pero Elise me detuvo diciendo que Judith estaba con alguien adentro. Pregunté con quién y ella solo respondió:

—Con Joel, un nuevo socio.

Mi sangre volvió a hervir. Entré sin autorización y encontré nuevamente a ese imbécil de la reunión, riendo con Judith.

—Buenos días, señora Mel —me saludó Joel, acercándose.

Extendió su mano hacia mí, pero yo no estiré la mía. Para después mirarlo por varios segundos con frialdad,

—Salte —ordené hostilmente, apretando los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en la piel.

Joel se mostró con desconcierto en su rostro por mi actuar.

—Joel, ¿podríamos dejarnos a solas? —le pidió Judith con una calma que contrastaba violentamente con mi tono.

Joel bajó la mano lentamente y asintió.

—Sí, por supuesto. Con permiso —dijo antes de retirarse de la oficina, cerrando la puerta tras de sí.

El silencio que quedó fue espeso, incómodo.

—No tenías que ser grosera —me reprendió Judith—. Podrías dejar de comportarte así con los demás. Como tú misma dijiste, el problema es entre las dos —me recordó, mirándome fijamente.

—Al menos te das cuenta de lo que estás haciendo.

—Claro que me doy cuenta, pero tuve que hacerlo para salvar tu empresa...

No me refería a eso. Realmente lo que le reclamaba era si se daba cuenta que se estaba acercando mucho a ese imbécil.

—Salvaste mi empresa de lo que tú misma provocaste —le recordé sin suavizar mis palabras.

No sé por qué demonios dije eso, pero iba a corregirme, sin embargo, ella continuo con la discusión.

—Sí, yo lo provoqué. Gracias por recordármelo —respondió con ironía contenida.

—Permiso —tocó la puerta Sheldon.

Al no recibir respuesta, entró y de inmediato percibió el ambiente cargado de tensión. Su presencia logró que nos separáramos físicamente, pero no alivió nada. La incomodidad siguió intacta.

Así transcurrieron los días: discusiones constantes, por el más mínimo detalle. Peleas en la empresa, peleas en la mansión, incluso a mitad de la noche. El cuarto de arte se había convertido en mi nueva recámara; dormía allí, en un sofá incómodo. Solo regresaba a la habitación que compartía con Judith por las mañanas para cambiarme antes de ir a la empresa.

....................

Judith

—¿Qué? ¿Sheldon? —pregunté creyendo haber escuchado mal.

—Tal como lo escucha, señora Judith. La verdad es que Mel y yo nos amamos, pero no podíamos decírselo a nadie. Ya que ella es mi jefa y yo soy un simple asistente. Jamás nos hubiera aceptado su familia.

Me solté a reír descontroladamente. Mi risa resonó por toda la oficina. Reí tanto que me dolía el estómago y tuve que obligarme a calmarme para poder hablar.

—Sheldon —empecé, aun conteniendo la risa—, eso es lo más gracioso que me has dicho desde que te conozco.

—¿Cree que es una broma? ¿Y le da risa haberle confesado que amo a Mel? —preguntó frunciendo el ceño, visiblemente afectado.

—No, claro que no —respondí tranquilizándome —. Yo sé que amas a Mel, pero no de forma romántica. Me reí de ti... o mejor dicho, de tu cara. Porque mientras me confesabas ese supuesto amor, parecías sufrir al decirlo. Sin mencionar que ustedes se ven más como hermanos —hablé con total obviedad.

—No, claro que no —negó de inmediato.

—Sí, claro que sí —afirmé— Esto no creo que haya sido idea de Mel, así que dime... ¿quién te pidió que me dijeras eso? —pregunté intrigada.

Sheldon suspiró derrotado al verse descubierto.

—Nadie me lo pidió. Creí que podría ayudar a Mel... porque ustedes parecen perros y gatos. Antes de que se odien, quise evitar que todo terminara peor. Prefería que se separaran en buenos términos —confesó.




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