Narrador
Lo que Judith no sabía era que a Mel la estaban consumiendo los celos desde el primer momento en que la vio con el nuevo socio. Sus celos despertaron como un volcán, uno que estallaba con frecuencia, o más bien cada vez que veía a Judith demasiado cerca de cualquier persona que no fuera la familia, amigos o ella.
No era rabia solamente; era miedo disfrazado de enojo.
Al principio, Mel no entendía nada de aquello. Cabe recalcar que jamás había sentido celos en su vida, y esa sensación nueva la descolocaba por completo. No sabía cómo controlarlos. En su segunda discusión con Judith, recurrió a su padre, recordando que su madre le había dicho que ella era igual a él cuando se trataba de celos.
Se acercó a su padre y le habló de lo que sentía. Él la escuchó con atención, sin interrumpirla, y le dio dos consejos esenciales: primero, que debía tranquilizarse antes de dejar que su cabeza empezara a imaginar cosas que no eran; y segundo, el más importante, que debía escuchar y confiar en su pareja.
Por supuesto, Mel había pasado por alto ambos consejos. Las discusiones con Judith continuaron, cada vez más tensas. Ya no sabía si lo que sentía era desconfianza o si su mente le estaba jugando una mala pasada.
Isabela se dio cuenta. O más bien, era un secreto a voces. Las discusiones entre Judith y Mel eran imposibles de ocultar. Así que Isabela, a modo de apoyo para su prima, le dijo a Mel que debía parar, o Judith terminaría sabiendo todo lo de aquella fiesta.
Para sorpresa de Isabela, Mel le confesó que Judith ya lo sabía... y que no le había importado.
Ahí surgió otro motivo por el cual Mel, de forma inmadura, estaba molesta: pensaba que a Judith ya no le importaba. Algo completamente erróneo, porque Judith solo creía que eso estaba en el pasado, además creía que, si se daban un tiempo, su riña disminuiría y después podrían hablar sin terminar discutiendo.
Mel empezó a acercarse a Isabela, pero no de la forma que Judith imaginaba. Le contaba cómo había conocido a Judith, y al narrar la historia una y otra vez, sentía que la revivía. De cierta manera, presumía lo maravillosa que era Judith, sin darse cuenta de que ese amor seguía intacto, incluso en medio del caos.
Isabela, al ver la forma en que Mel describía a su prima y cómo contaba su historia, empezó a mirarla con otros ojos. Sin darse cuenta, Mel comenzó a gustarle. Le gustaba su esencia, su ternura, la manera en que se expresaba y, sobre todo, cómo amaba a Judith sin reservas. Había algo honesto en cada palabra, algo que no se podía fingir.
Mel sentía cierta paz cuando hablaba con Isabela, como si por unos instantes el ruido en su cabeza se apagara. Sin embargo, Isabela también se desilusionó cuando supo el verdadero motivo por el cual ambas no estaban juntas. Lo único que pudo decirle aquella vez fue:
—El miedo me quitó a mi padre. Procura que el miedo que sientes no te quite a mi prima.
Esas palabras se quedaron grabadas en la mente de Mel. Las repitió durante varios días, una y otra vez, como un eco persistente. El único momento en que lograba olvidarlas era cuando los celos la cegaban y terminaba discutiendo con Judith, repitiendo errores que juraba no volver a cometer.
Un día, Sheldon le hizo aquella pregunta para la que Mel aún no tenía respuesta.
—¿Qué estás esperando, Mel? —le preguntó, mirándola con nostalgia.
Mel dejó de reírse. Antes de que Sheldon formulara esa pregunta, él le había contado la mentira que le dijo a Judith: que los dos estaban enamorados. Al escucharlo, Mel, al igual que Judith en su momento, estalló en carcajadas. No podía parar de reír, incluso cuando el estómago ya le dolía por el esfuerzo.
En medio de su ataque de risa, le dijo a Sheldon que le daría una bonificación, pero por haberla hecho reír, no por haberle dicho aquella mentira a Judith.
Sheldon, por su parte, cambió la expresión risueña que había mantenido mientras le contaba todo, por una seria en cuestión de segundos.
—Deja de huir y enfrenta tus miedos para continuar... o volver a empezar —le aconsejó —¿Qué estás esperando, Mel? — Le pregunto antes de darse la vuelta y salir de la oficina.
A Mel, esas palabras la dejaron desencajada. Volvió a quedarse pensativa o, más bien, como ya era costumbre, pensando en Judith y ella, en todo lo que había quedado suspendido entre ambas.
El día que Judith llegó con Sheldon al patio sur, Mel no se tensó al verla acercarse. La tensión nació cuando creyó que Judith había escuchado el momento exacto en que Isabela le confesó que le gustaba. El miedo volvió a apretar su pecho.
Ese día, Mel tuvo que poner límites con Isabela. No quería seguir alimentando ese sentimiento, no quería confundir las cosas ni causar más daño. Así que le dijo, con una honestidad que le temblaba en la voz:
—Isabela, yo amo a Judith. La amo tanto que ya no puedo reconocer entre amarme a mí misma y amarla a ella, porque ella ahora es una parte de mí. Ella es el amor de mi vida —confesó, sonriendo bobamente.
Isabela solo sonrió y asintió, comprendiendo más de lo que dijo en voz alta. Luego coloco su mano en el hombro de Mel para decirle:
—Eso no deberías decírmelo a mí, deberías decírselo a mi prima —le recordó—. Mel, solo te dije esto porque sé que jamás pasará nada entre tú y yo, así que al decírtelo estoy cerrando este gusto por ti —le confesó, dándole una sonrisa sincera, cargada de una madurez que Mel no esperaba.
Mel lo entendió. Y fue tranquilizador que la situación quedara así, clara y sin ambigüedades. Sabía que Isabela no era una mala persona; al contrario, era una chica dulce, sin malicia ni dobles intenciones. Por ese motivo le creyó sin reservas. Ambas decidieron alejarse un poco, lo suficiente para que ese sentimiento se apagara por sí solo.
Después de haberle dicho a Isabela que Judith era el amor de su vida, Mel lo entendió todo con una claridad casi dolorosa. Ya no iba a huir. Iba a enfrentar sus miedos, sus inseguridades y todo lo que se avecinara con tal de estar con la mujer que amaba. Esa decisión se asentó en su pecho como una promesa silenciosa, firme, inquebrantable... al menos en ese momento.