Narrador
Mel estaba completamente en pánico. En su cabeza, la única explicación posible era que la cama debía estar defectuosa para haberse roto de esa manera, porque jamás se le pasó por la mente que Judith le había pedido, que lo hiciera más despacio, porque su espalda estaba sufriendo las consecuencias de su brusquedad.
Judith llevó una mano hacia su espalda, marcando una mueca aún más pronunciada de dolor.
—Lo lamento, amor —se disculpó Mel, aterrada—. ¿Dónde te duele?
—Te dije que lo hicieras más despacio la segunda, tercera y cuarta vez —le recordó, golpeando su brazo con la mano que tenía libre—. Auch...Auch. —se quejó.
—Perdón, amor, me dejé llevar —respondió Mel, visiblemente avergonzada—. Te llevaré al hospital.
Mel se colocó la ropa con rapidez, ayudando después a Judith a ponerse la suya con sumo cuidado, como si temiera romperla de nuevo.
—Te llevaré en mis brazos —avisó antes de cargarla en forma nupcial.
Lo que ninguna de las dos esperaba era encontrar a la madre de Judith junto a la madre de Mel en la puerta. Al verlas salir de esa forma, ambas se quedaron desconcertadas; se suponía que era al revés, entrar con la novia en brazos, no salir.
—Aida nos dijo que escuchó un estruendo en su habitación cuando iba a ver a Jack— habló la madre de Mel, sin apartar la mirada de su hija—. ¿Están bien?
Mel y Judith se miraron por unos segundos. Judith, con el rostro completamente rojo, escondió la cara en el cuello de Mel, deseando que el suelo se la tragara.
—¿Qué está ocurriendo, Judith? —presionó su madre, con una inquietud que ya le tensaba la voz.
—Bueno... —tartamudeó Mel—. Estábamos jugando —mintió, intentando justificarse.
Fue la única mentira que se le ocurrió. Infantil, torpe, pero en su cabeza sonó como un salvavidas lanzado demasiado tarde.
—¿Jugando? —repitió la madre de Mel, incrédula, arqueando una ceja.
—Mamá, por favor, no tengamos esta conversación —suplicó Mel, desviando la mirada.
Ambas mujeres se miraron en silencio. Intuían lo que había pasado, y aquella respuesta infantil de Mel terminó de despejar cualquier duda. No querían juzgar, solo asegurarse de que ambas estuvieran bien.
—Auuuch... —se quejó Judith nuevamente.
Judith había intentado reprimir su quejido para evitar más preguntas incómodas, pero el dolor fue más fuerte que la vergüenza.
—Debo llevar a Judith al hospital —dijo Mel con rapidez, rodeando a las dos mujeres.
—¿Qué ocurrió ahí dentro con mi hija? —preguntó alarmada la madre de Judith.
—Mel, ¿qué sucedió? Llamaré al doctor para que venga a revisarla —añadió la madre de Mel mientras avanzaba tras ella. —¡Mel! —le gritó, molesta, al ver que no se detenía.
—No quiero arriesgarme a que tenga alguna fractura. La llevaré al hospital...
—¿Fractura? —repitió horrorizada la madre de Judith—. Judith, hija...
Judith alzó la mirada desde su pequeño escondite interior, ese en el que se había refugiado desde la última vez que miró a Mel.
—Estaré bien, mamá. Solo... no hagas más preguntas —pidió, con una mueca de dolor que traicionaba su valentía.
Llegaron al auto y Mel, con extremo cuidado, depositó a Judith en el asiento del copiloto. Cerró la puerta y corrió al otro lado, con el corazón latiéndole desbocado.
—Iremos con ustedes —anunciaron ambas mujeres al unísono, subiéndose al vehículo.
Mel no dijo nada. No aceptó, pero tampoco se opuso. Judith, por su parte, apenas podía pensar con claridad; el dolor se intensificaba cada vez más.
Casi dos horas después de haber llegado al hospital y de haberle realizado radiografías a Judith, el doctor entró finalmente a la habitación para dar el diagnóstico.
—Bien, señora Castle, tiene dos lesiones en diferentes áreas de su espalda, las cuales les iré indicando. Ahora vamos con la contusión muscular —dijo mientras se acercaba y señalaba el lugar afectado—. Esta área es la lesionada. Debió ser un duro golpe, así que le enviaré analgésicos. Tendrá que reposar durante veinticuatro horas; sin embargo, si el dolor o la incomodidad persisten, deberá volver para revisarla nuevamente.
Cuando de la boca del doctor salieron las palabras debió ser un duro golpe, la madre de Judith la miró fijamente, al igual que la madre de Mel. Ninguna dijo nada, pero la acusación flotó en el aire como un juicio silencioso.
Judith no se dio cuenta de esas miradas; sus ojos estaban clavados en su esposa, con una expresión que parecía debatirse entre el dolor y las ganas de golpearla por haberla dejado lesionada.
—Tiene una contractura muscular en esta área —continuó el doctor, posando sus manos en otro punto de la espalda de Judith—. Lo que hayas estado haciendo no debe volver a repetirse; podrías tener una lesión peor —advirtió con seriedad—. Para esta zona te enviaré relajantes musculares y deberás realizar masajes, además deberás hacer unos ejercicios. Tu esposa puede ayudarte con eso. Durante un mes, nada de movimientos bruscos. Así que en un mes nos veremos nuevamente si no presentas complicaciones —concluyó—. Puedes irte ya a casa. ¿Alguna duda?
—No, doctor — respondió Judith, con la voz más baja de lo habitual.
—Entonces eso sería todo de mi parte. Con su permiso, me retiro — se despidió el doctor retirándose de la habitación.
Las dos mujeres esperaron a que el doctor saliera antes de regañar, cada una, a su respectiva hija.
—Mel —llamó su madre.
—Judith —llamó la suya.
—Sé que son jóvenes, que acaban de reconciliarse y quieren demostrarse su amor, pero ninguna debería terminar en un hospital por eso —regañó la madre de Mel, cruzándose de brazos.
Ambas mujeres guardaron silencio, avergonzadas, incapaces de sostener la mirada de sus madres.
—Por Dios, si no son animales —habló molesta la madre de Judith.
El silencio se posesiono en la habitación por varios segundos.
—Ahora mismo me alegro de que tu padre no esté aquí y tenga que escuchar esto, sabía que ese sueño pesado que tiene le iba a servir alguna vez —agradeció la madre de Mel.