Era pagarte, no Amarte

II. XI

Narrador

Suelen decir que cuando estás con el amor de tu vida, y tú eres el amor de su vida, hay un brillo especial en los ojos de cada uno. Un brillo que no se puede fingir ni esconder.

Ese es el brillo que Judith Preston tiene en los ojos, aunque casi no se note por el cansancio que marca su rostro. Desde que regresó con Mel, esta no la ha dejado descansar ni un segundo. Tanto así que parece drenarla poco a poco, dejando a su cuerpo sin una pizca de energía.

Todos lo han notado. Pero nadie se atreve a decir nada por lo incómodo que sería iniciar esa conversación.

Bueno... eso pensaban todos, excepto Aida.

Ella, sin rodeos, le dijo de frente que se veía terrible y que debía descansar, el mismo día que Judith llegó a la mansión para visitarlos.

—Hola, pequeño Jack —saludó Judith con voz afónica, inclinándose para verlo.

Aida se giró al escucharla. No le sorprendió verla ahí; lo que realmente la inquietó fue el sonido de su voz, afónica, cansada, como si llevara demasiado tiempo sin dormir y gritando.

—Jud, deberías descansar, te ves terrible —le dijo Aida mientras la miraba de arriba abajo, examinándola —. Pareciera que estás enferma... pero estás así porque veo que Mel te está haciendo pagar todas las noches —se burló con descaro.

Judith se puso roja al instante, porque era cierto. Aida había dado en el clavo. Aunque no solo eran las noches; también las madrugadas y, cuando Mel encontraba un espacio en su agenda, incluso las horas de oficina. Si tenía tiempo, Mel pasaba por la oficina de Judith sin falta.

Para sorpresa de nadie, Mel siempre se daba el tiempo para ir a ver a su esposa.

—¿Acaso Mel olvidó que te lesionó? —habló Aida, aguantando la risa al recordar lo que su suegra le había contado.

—En su vida olvidará eso —respondió Judith, intentando sonar tranquila mientras jugaba con la manita de su sobrino.

—Entonces...

—Sucede que Mel tiene mucha energía y, al no estar discutiendo y al no hacer ejercicio... ¿quién crees que es su objetivo y cardio? —habló exhausta, soltando el aire lentamente.

Sus palabras tenían sentido. Para nadie era un secreto que Mel Castle tenía la energía de un huracán. Y esa energía estaba intentando ser drenada por Judith, pero era imposible agotarla por completo antes de que ella cayera rendida.

Era tanta, que Judith llevaba dos días quedándose dormida en los brazos de Mel. La primera vez, Mel creyó que estaba jugando, pero al ver a su esposa completamente vencida por el sueño, supo que realmente se había dormido. La segunda vez ya no fue una sorpresa; simplemente la acercó más a su cuerpo y la dejó descansar.

—Solo dile que necesitas descansar más —decía Aida con elocuencia.

Judith la miró por unos segundos como sí dudara en decirle eso a su esposa.

—Un momento —pidió Aida—. ¿No quieres que se detenga? —preguntó, sin poder creerlo.

Judith fingió no escuchar la pregunta y torpemente continuó jugando con la manita de Jack.

—Jud —la llamó Aida en tono de reproche.

—Es mi esposa... me gusta estar con ella —murmuró avergonzada.

—Lo sé, y eso no tiene nada de malo, pero estás ojerosa y has perdido peso por intentar llevarle el ritmo...

—Solo quisiera —la interrumpió— algo para no cansarme —dijo como si acabara de tener una idea grandiosa.

Aida la miró en silencio, negó con la cabeza y suspiró.

—Está bien, me rindo... y suerte en tu búsqueda de algo para que no te canses —concluyó, con una mediana sonrisa de resignación.

Así continuaron un par de semanas más, hasta que Judith apenas tocaba la cama y se quedaba dormida al instante, con el cuerpo rendido. Mel, al verla, sintió que había drenado por completo a su esposa. Le atravesó una culpa tardía al pensar que, tercamente, Judith nunca le dijo que debían bajar el ritmo de sus encuentros, y que ella, sin notarlo, había terminado por agotarla.

Para Judith, pedirle eso no era una opción. Sabía que, gracias a sus encuentros, Mel no iba a ser ejercicio, por ende estaban más tiempo juntas, porque ella era el cardio de su esposa.

Mel en este tiempo había conseguido definir aún más todo su cuerpo; sus piernas parecían esculpidas, al igual que sus brazos, y su abdomen, que cada vez que Judith lo veía la hacía olvidarse por completo del cansancio acumulado. Además, cuando Mel se ponía posesiva, Judith simplemente no quería parar, como si su voluntad se diluyera entre respiraciones agitadas.

La primera vez que Mel se comportó así, Judith se quedó con la boca abierta. No podía creer que su Golden retriever fuera capaz de hablarle de esa manera, con una intensidad que le robaba el aire. No solo la estaba haciendo gritar de placer, la estaba destrozando en la cama. Y cuando salió de su boca lo siguiente, Judith sintió que el mundo se detenía.

—¿A quién perteneces?

Judith no lo podía creer. Se quedó quieta, pensando que tal vez era una broma. Pero supo que no lo era cuando Mel la folló más duro y volvió a hacerle la misma pregunta.

—¿A quién perteneces? —preguntó Mel, con la voz llena de deseo.

—A... a mi... ah, ah —gimió fuerte, sin poder contenerse.

—No. Tú eres mía. Lo has sido desde la primera vez que me besaste —susurró en su oído.

Esa vez, Judith estuvo a nada de correrse cuando Mel le dijo esas palabras. No solo sintió un cosquilleo en el oído, sino también en el estómago y en su clítoris, que palpitaba aún más después de escuchar a Mel tan posesiva, tan fuera de sí.

Desde que Mel volvió con Judith sentía que el trabajo era como una pared entre ella y su esposa, aunque Mel siempre buscaba la manera de pasar más tiempo con ella, sentía que aún no era suficiente. Si por ella fuera, se quedaría una semana entera en la cama con su esposa, sin horarios ni interrupciones, pero sus responsabilidades se lo impedían.

Después de pensarlo y planificar cuidadosamente, organizó su agenda y la de Judith con precisión obsesiva. Planeó un viaje de luna de miel atrasada. Cuando se lo comentó, Judith aceptó encantada, con una emoción que le brilló en los ojos. No se fueron de inmediato; debían dejar todo en orden, porque se ausentarían por bastante tiempo.




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