Era pagarte, no Amarte

II. XII

Mel

—Amor, jamás creí que quisieras gemelos... —dije, aun procesando la idea.

—O mellizos —me interrumpió con una sonrisa segura.

—Bueno, al final serán dos bebés...

—Sí, y serán dos embarazos —respondió con ilusión—. Entonces tendremos cuatro hermosos bebés. Espero que sea niño y niña en ambos embarazos.

—Amor, ¿has estado planificando esto con anticipación? —pregunté intrigada, mirándola con atención.

—Desde que tengo veintidós —confesó un poco apenada, bajando la mirada.

Eso no lo vi venir, aunque sabía que anhelaba ser madre; de eso no cabía duda.

—Entonces serán cuatro... —sonreí emocionada, sintiendo cómo la idea se acomodaba en mi pecho.

—Sí, amor. Además, ya sabes lo que dicen: el cuadrado es el de la vida...

Me quedé confundida ante esa frase, parpadeando antes de corregirla.

—Amor, es el triángulo de la vida.

—¿Estás segura? —preguntó incrédula, frunciendo el ceño con ternura.

La miré y no pude evitar reír.

—Sí amor—afirmé.

—En nuestro caso será el cuadrado —sonrió ilusionada.

—Así será, amor —la besé con ternura.

Empezamos con el tratamiento un mes después de volver de nuestras vacaciones. Fuimos a una clínica donde nos explicaron el procedimiento con calma, detalle por detalle, para al día siguiente empezar con todo sin más demoras.

Los días transcurrieron con aparente normalidad, entre reuniones, proyectos, compartir con la familia y robarle horas al tiempo solo para estar con mi esposa. Todo parecía en orden por fuera; sin embargo, por dentro yo estaba hecha un manojo de nervios, preguntándome una y otra vez si el procedimiento había salido bien.

Ya han pasado seis semanas y justo ahora me estoy muriendo de ansiedad por esta espera que parece no tener fin, aguardando a que la prueba de embarazo revele si es positivo o negativo. Intenté ocultar mis nervios, aunque mi esposa, al parecer, ya lo notó.

—Amor, ¿estás nerviosa? —preguntó Judith, tomando mi mano.

—Un poquito —minimicé mis nervios.

—¿Estás segura? Porque ya mismo te comes todas las uñas — me hizo caer en cuenta.

Aparté los dedos de mi boca. Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba mordiéndolos.

—Ya es tiempo —me avisó.

Alzo la prueba de embarazo para hacer la revelación. Pero no estaba embarazada. Yo había creído que sí lo estaba. Vi la tristeza reflejarse en su rostro y la abracé de inmediato, fuerte, como si pudiera sostenerla mejor así.

—Lo seguiremos intentando, amor, las veces que sean necesarias —besé su frente con ternura.

—Sí, está bien, amor —asintió, decaída.

Fue una terrible noticia para las dos. Además, los siguientes días estuvimos un poco más ocupadas de lo habitual; así pasamos una semana y media, atrapadas en horarios y pendientes, por lo que aún no podíamos retomar el procedimiento. Y, para ponerle la cereza al pastel, debía irme de viaje. Tuve que darle la mala noticia hoy a mi esposa. Ella lo entendió, pero aun así se mostró triste, porque mi ausencia significaba retrasar todavía más el otro procedimiento.

Últimamente he notado que mi esposa ha estado un poco más sensible, más emocional, como si todo le afectara con mayor intensidad. Al mismo tiempo, su apetito sexual se ha incrementado, y aunque eso me encanta, me resulta un poco extraño. Porque antes siempre me pedía descansos; ahora es como si no se cansara nunca, como si alguien le hubiera instalado una batería nueva que le dura horas.

Se podría decir que ahora, lo que más odio es estar lejos de mi esposa, y este bendito inconveniente me estaba empezando a molestar porque no se resolvía. Aunque todas las noches hablaba con ella, no era lo mismo. Quería estar a su lado, quería dormir con ella, quería sentir su calor y esa tranquilidad silenciosa que solo existe cuando su cuerpo está junto al mío. La extrañaba demasiado.

Finalmente, después de una semana, pude volver. Llegué casi a la medianoche a nuestra residencia. Las luces estaban apagadas; mi esposa debía de estar durmiendo, o eso creí. Porque cuando me acerqué a nuestra habitación escuché pequeños quejidos. El corazón se me subió a la garganta. Me asusté, convencida de que alguien se había metido y que mi esposa estaba en peligro.

Solté la maleta y corrí hacia la habitación en donde logré ver que la luz estaba prendida.

No sé por qué pensé que alguien había entrado a la mansión, si tenemos la mejor seguridad. Y, aun así, en ningún momento cruzó por mi mente esta escena que estoy presenciando ahora mismo, sin poder creerlo. Creo que mi cerebro hizo cortocircuito ante la imagen de mi esposa en medio de la cama, rodeada de varias blusas mías, tocándose, gimiendo y diciendo mi nombre con desesperación.

—Mel —me llamó, percatándose de mi presencia.

Sus ojos se fijaron en mí. Tenía esa mirada que desbordaba deseo, hambre, necesidad, una mezcla peligrosa que me atravesó la piel. No podía moverme. No sabía cómo hacerlo. Me olvidé de todo en ese instante, del viaje, del cansancio, del mundo entero. Sin darme tiempo a reaccionar, Judith estaba frente a mí.

—Al fin regresaste —fue lo único que dijo antes de besarme.

El beso fue tan intenso que casi me hizo caer por haberme tomado desprevenida. Fue duro, cargado de deseo acumulado, de noches solitarias y ansiedad contenida. Lo siguiente fue una batalla campal en la cama, donde Judith no me dio descanso ni tregua, no me dio nada de espacio para pensar, solo para reaccionar y sentir.

Y cualquiera pensaría que con esa noche estaría satisfecha. Pero no. Ahora mismo ni siquiera me he despertado bien y ya la estoy viendo descender hasta mi centro y no puedo detenerla.

—Amor —tartamudeé mientras besaba mi estómago.

—Mmm —respondió, mordiéndome.

—Auch, amor —me quejé.

Desde anoche me ha estado mordiendo. No mordidas suaves, sino mordidas intensas, dolorosas. Ahora mismo siento como si una manada de perros salvajes me hubiera atacado dejando marcas en todo mi cuerpo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.