Era pagarte, no Amarte

EPÍLOGO

Narrador

—Amor, por favor, quédate conmigo. Mírame, aquí estoy contigo...

—¿De qué rayos hablas, Mel Castle? Estoy a punto de tener a los bebés, no me estoy muriendo —gruñó molesta Judith, con una mano apoyada en el vientre.

—El doctor dijo que primero debíamos mantener la calma —le recordó Mel, con la voz quebrada por los nervios.

—¡Ve por las cosas de los bebés, Mel! —ordenó en un grito.

—Sí, sí —respondió Mel, hecha un mar de nervios.

Judith fue hacia el auto mientras Mel tomaba todas las cosas. Tenía tantas en las manos que, cuando Judith la vio, no entendió por qué llevaba un objeto en particular.

—¿Por qué estás llevando ese balón?

—Lo podríamos necesitar —habló nerviosa.

—¿En qué podríamos necesitar un balón en el hospital? —gruño Judith.

Iba a gritarle, pero una contracción fuerte la dobló por completo, arrancándole un quejido. Mel, al ver la mueca de dolor de su esposa, tiró todo al piso sin pensarlo y corrió a sostenerla.

—Amor, respira, respira —le pidió, sujetándola con firmeza.

Judith inhaló y exhaló con esfuerzo antes de decir, entre dientes:

—Melissa, podrías meter todas las cosas al auto y llevarme al hospital —gritó justo cuando otra contracción la atravesó.

Mel, pálida y temblorosa, metió todo bruscamente en la parte trasera del auto. Sus manos no dejaban de temblar mientras conducía hacia el hospital.

Llegaron al hospital y, Mel de lo nerviosa que estaba, estacionó el auto a mitad del camino de las ambulancias, obstaculizando por completo el paso. Pero eso no era lo peor.

Lo peor fue que corrió pidiendo ayuda a gritos, suplicando que auxiliaran a su esposa que estaba a punto de dar a luz... pero Mel olvidó a su esposa en el auto.

—¡Ayuden a mi esposa, por favor! ¡Va a tener a nuestros hijos! —gritaba, desesperada.

Una enfermera la miró confundida y preguntó mientras buscaba con la mirada:

—¿Dónde está su esposa embarazada?

Mel volteó hacia atrás. Sus ojos se abrieron de par en par y el corazón casi se le salió del pecho cuando se dio cuenta que olvido a su esposa.

—La olvidé en el auto —decía asustada, llevándose las manos a la cabeza.

Salió corriendo de regreso mientras la enfermera iba detrás de ella empujando una silla de ruedas.

—Perdón, amor, perdón —se disculpó al llegar junto a Judith.

—Creí que te habías ido a dar a luz a nuestros hijos por mí —la regañó Judith, entre el dolor y la furia.

La enfermera ayudó a Judith a sentarse y evitó reír ante la escena. A kilómetros se notaba que iban a ser madres primerizas... o al menos que sean igual a su jefa, que, aun habiendo acompañado los dos embarazos de su esposa, seguía comportándose como si fuera la primera vez.

En la recepción, los gritos de Judith por las contracciones y el hecho de que su fuente se rompiera hicieron que el doctor ordenara llevarla directo al quirófano.

—Todo saldrá bien, amor —intentó tranquilizarla Mel, apretando su mano con fuerza.

Judith entró al quirófano y Mel quedó sola en el pasillo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no estaba sola. Había dos mujeres más ahí.

—Por Dios, Shanti, concéntrate. Paulina ya ha estado ahí dos veces. ¿Cómo es posible que sigas poniéndote pálida? —decía una mujer mientras sacudía a la otra.

Mel observaba la escena, aunque ella también estaba en las nubes, igual de pálida o peor. Lo que la sacó de su trance fue ver cómo la mujer, cansada de no obtener reacción, abofeteaba a la otra.

—¡Auch! Eso dolió, Gina —se quejó Shanti, llevándose una mano a la mejilla.

—De nada. Ahora estás casi lista. Bueno, hice lo que pude. Entra ahí y apoya a tu esposa —le ordenó.

Shanti asintió dos veces y entró al quirófano.
Tanto Mel como Gina la vieron desaparecer tras la puerta, compartiendo el mismo pensamiento silencioso: realmente no estaba preparada.

Gina volteó hacia Mel. Se había percatado de su presencia apenas llegó con Judith, pero al intentar hacer reaccionar a Shanti no le había puesto demasiada atención.

—¿Estás bien? —preguntó Gina al ver el estado de Mel.

—Los niños... digo, mi esposa está adentro... —Mel no sabía lo que decía. Cerró fuerte los ojos, obligándose a ordenar sus ideas—. Mi esposa va a dar a luz a nuestros hijos —dijo finalmente, acomodando las palabras como si así pudiera acomodar el miedo.

—Lo noté —murmuró Gina, más para ella misma—. ¿Y es tu primera vez aquí? —preguntó luego, más por amabilidad que por curiosidad.

Gina también había notado a kilómetros que era madre primeriza.

—Sí —asintió Mel, nerviosa, con las manos temblándole.

—¿Y por qué no estás cambiada? —preguntó Gina— Ya deberías estarlo. Si tu esposa no te ve ahí dentro, a su lado, se va a enojar... y mucho —le advirtió.

—La señora Castle —llamó el doctor.

—Soy yo —respondió Mel, casi en un murmullo, claramente asustada.

—Su esposa quiere que entre. Póngase la bata, por favor —pidió el doctor antes de volver al quirófano.

—Te lo dije —acertó Gina.

Al notar el nerviosismo de Mel, Gina le indicó dónde estaban las batas, los guantes y los demás accesorios para entrar. Le aconsejó que no se demorara, que se pusiera todo rápido.

Mel, torpe pero apresurada, se colocó todo, se desinfectó y salió. Sin embargo, se quedó estática como una estatua. Un pánico enorme la recorrió: ¿y si salía algo mal?, ¿y si le ocurría algo a su esposa?, ¿y si les pasaba algo a sus hijos?

Gina, al notar su estancamiento, la tomó por los hombros y le dio una cachetada, igual que a Shanti, para hacerla reaccionar.

—Todo estará bien. Ahora entra ahí, dale fuerza a tu esposa y apóyala —le ordenó.

Mel, aún con el dolor latente en la mejilla, no dijo nada, pero agradeció esa cachetada. Le había devuelto la razón, la había anclado al presente.

Asintió y, justo antes de entrar, escuchó nuevamente a Gina:




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