Erase una vez un 17 de diciembre...

Capítulo 4: nada pasó

Después de estar casi una semana en el hospital, mis padres decidieron que faltara el lunes a la universidad. La verdad creí que el ambiente en casa cambiaría y sí cambió, pero para peor. Habían más peleas y todo por ese maldito intento fallido. ¿Por qué me llevaron en primer lugar si iban a reprochármelo? Yo no pedí que me llevaran ahí.

No podía estar triste ni sin comer, ni mucho menos estar tirada en mi cama todo el día durmiendo, no me dejaban, me regañaban. La verdad, sus regaños y algunas palabras hirientes eran como aire para mí, ya estaba tan cansada, destrozada por dentro, que ni siquiera tenía la fuerza de querer pelear con ellos o siquiera llorar. Nada importaba, me sentía vacía.

El martes regresé a clases, todo era bastante complicado pues me llevo muy bien con mis compañeros de clase y algunos de otros salones. Me preguntaban por qué no había llegado, pero nadie espera un “oh, es que me intenté suicidar y me internaron en el hospital”, porque si dices eso te ven raro, así que opté por mentir, solo dije que me puse mal del estómago y ya, no di más detalles.

Hablé con algunos maestros sobre lo que en verdad había pasado para que no me perjudicara tanto en tema de calificaciones. Algunos me comprendieron, a otros no les importó ya que eso no existe.

Lo más pesado es cuando mis amigos se me acercan a hablar, en realidad no quiero reír o algo, pero ahí estaba ella, mi mejor amiga apoyándome, no sabía lo que me pasaba pero sabía que estaba triste así que me llevó a otro lado para hablar mejor. No sé qué haría sin ella, desde el primer día ella me habló y hemos sido inseparables.

—Te extrañé mucho, mi chicle, me hiciste falta esta semana, no tenía con quién reír.

—Perdón, es que sí me puse muy mal.

—Lo sé, hablé con la maestra Clara, le pregunté por ti y me dijo que estabas en el hospital, traté de contactarte pero no pude.

—Oh sí, no tenía el celular conmigo.

—Espérame aquí, te voy a invitar algo para que nos pongamos al día, ya vuelvo.

Quedé sentada en las gradas de la cancha sola mientras ella se fue. No sabía si contarle la verdad, no quería preocuparla o que cambiara la forma en la que me miraría, ya no quería dar más pena o lástima. Estaba dudando mucho, mi mente se inundó en una pelea sobre si decirle o no, pero su voz suave me sacó de mis pensamientos.

—Volví, toma, es un batido de fresa creo, está muy rico, pruébalo —dijo sonriente.

—Gracias —tomé el batido a pesar de no tener apetito y le devolví la sonrisa.

—Quiero contarte algo grandioso que me pasó.

—¿Qué es?

—¡Me iré a estudiar a Canadá!

—¿¡Qué!?

—¡Sí!, como siempre quise, a mi padre le salió empleo allá, claro iniciaré el semestre de cero allá pero es estupendo, ¿no lo crees? —dijo muy feliz casi saltando de la felicidad.

Estaba demasiado triste pues ella se iba, no quería que se fuera, quería que se quedara conmigo, más ahora, pero al ver la felicidad en su cara no pude, no pude decirle la verdad, tuve que fingir estar bien, contenta, para no preocuparla y que hiciera su sueño, pues sabía que ella anhelaba eso.

—Estoy muy feliz por ti, serás la mejor odontóloga, no te vayas a olvidar de mí ehh —dije en tono juguetón y sonreí.

—No podría olvidarme de mi chicle, pero te extrañaré mucho... tenías que ser la primera en saberlo, aunque no quiero dejarte sola... —su voz se fue apagando.

—No te preocupes, estaré bien, sabes que me llevo con los del salón, no estaré sola, aparte es tu sueño.

La abracé y después de un rato volvimos al aula pues la siguiente clase comenzó. Al salir mi mamá fue por mí, en el carro iba un silencio enorme, mientras que antes el camino a casa eran risas y pláticas, ahora era solo un silencio vacío. Yo pensaba que mi expresión era normal, pero no.

—¿Qué tienes? —dijo mi mamá enojada.

—Nada.

—Has estado así desde que saliste del hospital, seria, rara, extraña.

—Ahh no es nada, en serio.

—Ay Mackenzie, siento que no quieres salir adelante a veces, antes no existía eso de quererse suicidar, ¿sabías?

No dije nada, pero se vino un discurso enorme de cómo yo no quiero hacer nada por mí misma, que mi intento solo fue una cosa de alguien débil, que debería quitarme esas ideas de la cabeza. Claro, es fácil decir esas cosas como si ella supiera el tornado que tengo en la mente, como si ese tornado se fuera a tranquilizar con un “ya no te sientas así”, como si me fuera a curar solo con eso. Pensé que sus palabras no dolerían pero sí, ese discurso se clavó como cuchillos en mi cuerpo, donde pensé que habría un poco de comprensión hubo enojo. ¿Por qué no podía ser como era en el hospital?

Al llegar a casa saludé a mi papá y hermana, traté de aparentar que estaba bien pero creo que en casa no me sale ya que a la hora de comer vino otro sermón de mi papá, que no lo volviera a hacer, que le echara ganas y un montón de cosas más, luego se fue a trabajar, pero ya sabía que nada cambiaría, se iría a trabajar y regresaría tarde o hasta el otro día, no hay que ser el más inteligente del mundo para saber qué hacía...




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