El día en la escuela fue normal, como cualquier día, risas por aquí y por allá. Llegué a casa tranquila hasta que entré y me percaté de que mi padre aún no había vuelto. Era probable que ni siquiera hubiera llegado a dormir, lo que significaba que mi mamá estaría de mal humor, así que solo saludé a mi madre y a mi hermana y me fui a mi habitación. Hoy no me pasó nada malo, pero igual me sentía algo de la mierda. Tenía mucho sueño, pero no quería dormir, así que conecté mis audífonos a mi guitarra y empecé a tocar un poco. Ya tenía meses que no tocaba la guitarra, era evidente que ya estaba perdiendo la práctica, eso me frustraba un poco, pero cuando tocaba la guitarra sentía que su sonido me transportaba una tranquilidad que no sentía desde hacía mucho tiempo, como un mundo donde todo es posible, hasta que me percaté de que mi madre me gritaba desde hacía 10 minutos y me quitó los audífonos.
—¡Hey! ¿¡Qué pasó!? —exclamé algo molesta por la acción.
—Te estoy gritando desde hace 10 minutos y nada, Mackenzie, ninguna respuesta, ni señal ni nada, todo por esa estúpida guitarra —dijo bastante furiosa.
—Bueno, ¿qué pasó?
—Te gritaba para que fueras a ver tu medicamento, aquí está la receta, ya que no estás haciendo nada y yo estoy cuidando a tu hermana —dijo mientras me extendía la receta.
—¿Y si le digo a papá?, a ver si puede pasar a comprarlo.
Ella soltó una risa burlona.
—Tu padre no viene desde anoche y dudo mucho que quiera pasar, a ver qué excusa pone, pero adelante, dile y me dices qué te dijo.
Después de eso ella dejó mis audífonos y la receta en mi cama y salió de mi habitación, aunque sabía que estaba del otro lado de la puerta para escuchar un poco mi llamada. No le di importancia y le marqué a mi papá. Primera llamada y sin respuesta, hasta que en la tercera contestó. Su voz estaba extraña, me preguntó que si necesitaba algo o si pasó algo.
—No, solo llamaba para pedirte un favor, si podías comprar mis medicamentos ya que...
—No puedo, cariño, lo siento, no tengo yo la receta, aparte acabo de pagarle a un compañero, me quedé sin dinero y tengo mucho trabajo hoy —eso dijo él mientras se escuchaba una voz hablándole.
—Oh... ok, entiendo... Papá, entonces le diré a mamá. Papá, ¿cuándo vuelves a casa? —pregunté algo triste.
—Ya voy para allá, solo que vine a visitar a tu abuelita ayer y me quedé a dormir acá, pero ya voy a casa, no te preocupes. Me tengo que ir, hija, adiós, te veo más tarde.
Y colgó, pero sabía que era mentira, pues ya lleva meses así. Me tocaba ir a mí, así que medio me cambié, en realidad solo me peiné, me puse mis tenis y llevé una bolsa donde metí la receta, mi celular, gas pimienta (por si acaso) y me puse mis audífonos alrededor del cuello. Bajé al comedor y mi mamá ya sabía qué había dicho mi papá, pero quería preguntar igual.
—¿Y bien?
—No puede, dice que necesita la receta y que no tiene dinero porque pagó algo y que ya viene.
—Ja, ¿cuándo ha tenido dinero? —dijo mientras sacaba dinero de su cartera para mis medicamentos.
Estaba a punto de darme el dinero hasta que la puerta se abrió. Era mi papá con la misma ropa de ayer y con olor a perfume de mujer. Mi mamá lo observó molesta.
—Mira quién decidió aparecer hoy.
—No empieces, Bianca, solo fui a visitar a mi mamá.
—Claro, y ni siquiera te dignas en avisarme de que no vendrás a dormir o a cenar, nada, me toca adivinar como siempre.
Solo vi cómo mi papá suspiraba cansado y le decía que se venía a bañar y cambiar para irse a trabajar, lo que hizo enfurecer más a mi mamá, así que agarré rápidamente el dinero que aún estaba en su mano y me salí a comprar mis medicamentos antes de que la pelea se pusiera más fuerte. Me puse mis audífonos y me perdí en la música mientras caminaba camino a la farmacia. Al cabo de unos 10 minutos llegué, me puse los audífonos alrededor del cuello y entré a la farmacia.
—Buenas tardes, señor Flint.
—¡Mackenzie!, qué alegría verte, escuché lo que pasó... —dijo con preocupación.
—Ahh... ¿ya se enteró tan rápido?
—Pueblo pequeño, los rumores y noticias corren, niña.
—Bueno, en eso tiene razón.
—Y bueno, ¿qué te trae por aquí?
—Pues me preguntaba si tenía estos medicamentos —dije dándole la receta. El señor Flint se acomodó los lentes para leer mejor y me dijo que sí. Mientras iba a buscar los medicamentos me puse a ver alrededor de la farmacia, había bastante gente y me empecé a poner un poco ansiosa. Hasta que volvió el señor Flint.
—¡Aquí está tu pedido!, solo que la receta me la quedo.
Le agradecí y pagué mi medicamento y agarré la bolsa. Me despedí de él y me coloqué los audífonos para salir de la farmacia y subí la música lo suficiente para perderme en ella. Iba caminando un poco lejos hasta que sentí que alguien estaba siguiéndome. Volteé disimuladamente y vi que así era. Apresuré mi paso para llegar a un callejón y así me diera tiempo de sacar el gas pimienta de mi bolso, y eso hice. Me metí a un callejón que había en una esquina y el pervertido acosador también se metió al callejón como buscándome, sin esperarse mi ataque sorpresa: el gas pimienta en sus ojos. Me quité los audífonos dejándolos en mi cuello.
—¡AH!, ¡MIERDA, MIS OJOS!, ¡ARDE! Noté que el pervertido se acercaba a mí y sin dudar le pateé su parte baja con la suficiente fuerza para que quedara en el piso tirado del dolor y lo vi victoriosa.
—Maldito acosador —dije molesta. Sus quejidos por el dolor de la patada y el ardor del gas eran como música para mis oídos y ya me iba hasta que habló.
—¡Espera!, no soy ningún pervertido —dijo mientras mantenía sus ojos cerrados con fuerza y se hacía bolita en el piso.
—¿Entonces por qué me seguías?
—El... el señor Flint me pidió... que te diera unas pastillas... —dijo hablando con dificultad por el dolor.
—¿Ibas a drogarme o algo así?
—¿Qué?, ¡No!, me dijo que se equivocó de pastillas y que te dijera, y me dio las pastillas para cambiártelas y decirte.