Erase una vez un 17 de diciembre...

Capítulo 8: No necesito eso

La mamá de Julienne vino por nosotras a las 3 a. m., pues mañana teníamos clases. Igual, gran parte de las personas se fueron a las 2 a. m. La verdad, al llegar a casa de Julienne nos fuimos a su cuarto a dormir, pues ambas bebimos y bailamos; bueno, Julienne hizo más que bailar.

A la mañana siguiente su madre nos despertó, pues no pusimos alarmas y era tarde. Como pudimos, nos arreglamos rápidamente Julienne y yo hasta que su mamá nos llevó a la universidad. Bajamos del auto y entramos a la universidad.

—¿Y entonces? —la miré con intriga a Julienne.

—¿Entonces qué? —dijo con un muy notorio rubor en sus mejillas mientras abría su casillero.

—¡Ay, vamos!, sabes de qué hablo, tú y...

Me interrumpió tapándome la boca mientras volteaba alrededor.

—Shhh... sí pasó eso —dijo sonrojada—, pero no significa nada, es como cuando se te antoja un dulce y por fin lo compras y ya se te pasa el gusto. Aparte, sabemos cómo es Dorian.

—Ummm, tienes razón, hablamos de Dorian después de todo. Oye, pero... ¿te cuidaste, verdad?... Dorian ya ha pasado por media escuela, no vaya a contagiarte algo.

—Tranquila, sí nos cuidamos.

Entramos a clases y el rumor de que alumnos nuevos entrarían comenzó a esparcirse. Era extraño, pues ya íbamos avanzados. Notaba cómo muchos teníamos resaca por la fiesta, no había mucha energía hoy. Nos juntamos con nuestro grupo, pero no pasó nada, excepto que hubo examen. Después de eso muchos durmieron en clase, otros tomaban café y yo divagaba en mi mente para conseguir estar despierta hasta la hora de la salida. Y cuando llegó esa hora sagrada me habló Julienne.

—Dice mi mamá que si quieres ir a comer a mi casa.

Negué con la cabeza.

—Si no llego a comer a casa mi mamá se molestará.

—Bien, deja acompañarte a casa al menos, ¿sí?

—Sí, está bien, solo avísale a tu mamá.

Emprendimos nuestra caminata a mi casa. En el camino estuvimos hablando de la fiesta, y de cómo Aidan bailó conmigo, su noche con Dorian y, bueno, qué hizo con Dorian explícitamente. También íbamos bromeando hasta que sentimos algo raro detrás de nosotras y una mano me jaló haciendo que me volteara hacia a el de golpe.

—¡Mackenzie!, eres tú. —Me abrazó rápidamente.

Yo estaba confundida, no reconocía a este chico. Quería quitármelo de encima, estaba sudado, y volteé a ver a Julienne, pero ella lo estaba observando de arriba abajo al chico y me hizo una seña diciéndome que está lindo y que lo aprobaba. Me separé para verlo, pues era un extraño para mí, no importa si estaba lindo o no.

—Discúlpame, pero ¿quién eres?

—¡Oh!, cierto, perdóname, debí presentarme primero. —Aclaró su garganta y trató de mantener sus nervios—. Soy Mark, el de la secundaria.

—¿Mark?, mmm, no me suena mucho... —dije pensando mientras lo miraba de arriba abajo.

—Mark...Johnson. —dijo apenado.

Cuando escuché ese nombre fue como si todos los recuerdos se me vinieran en un instante. Él era mi mejor amigo de ese entonces, él me gustaba, pero nunca le dije nada y a finales de secundaria le dejé de hablar. Habían pasado años sin saber de él. La nostalgia me invadió en ese momento.

—¡Oh! ¡Mark! No puedo creerlo.

—Bueno, yo sobro aquí, los dejo, ¿ok? Ammm, Mark, llévala a casa. —dijo Julienne despidiéndose y alejándose.

Él asintió.

—Mackenzie, no sabes las ganas que tenía de verte, pero no tenía cómo contactarte. Aparte, no sabría si me reconocerías, pues antes estaba algo... diferente.

—Oye, yo también estaba así antes, así que no te hagas el único feo.

—Pero mírate, estás... hermosa, igual que siempre. —dijo sonriendo mientras me miraba.

—Gracias, tú también... —mi teléfono sonó—. Mierda. —murmuré.

—Debo ir a casa, pero nos vemos, ¿luego?

—Te acompaño. —dijo caminando al lado mío.

—No, ya estoy cerca, no te preocupes, pero podemos intercambiar números. —Le di mi celular para que anotara su número y sin pensarlo tanto lo anotó y nos despedimos.

A medio camino mi mamá marcó nuevamente, pero no le contesté, pues estaba a una esquina de la casa. Apuré mis pasos, estaba casi corriendo, hasta que llegué y abrí la puerta. Y ahí estaba sentada en el sofá de la sala viendo la televisión con el teléfono en el oído, esperando a que contestara mientras me miraba molesta. Apagó la tele con una mano y con la otra dejó su teléfono a un lado.

—Hasta que decides llegar a casa, te pareces a tu padre.

—Solo me demoré 20 minutos... no es tanto.

—¿Me avisaste?

—No...

—Fuiste a la fiesta de anoche seguramente.

Cuando escuché eso se me hizo un nudo en el estómago. ¿Cómo sabía de la fiesta? Julienne no le diría y su mamá tampoco.

—No, no fui, estuvimos en su casa toda la tarde y noche, puedes preguntarle a su mamá.

—Esa señora les tapa todo. Bueno, si no fuiste a la fiesta entonces vamos a hacerte un examen ahora mismo a ver si sale positivo. —dijo jalándome del brazo y agarrando las llaves del auto.

—No, espera. —me traté de zafar un poco.

—¿Qué?, ¿no que no tomaste? Vamos, no fuiste a ninguna fiesta, ¿no?

—Sí... sí fui...

Confesé con la cabeza baja, pues no tenía caso seguir mintiéndole. No sabía si estaba así porque mi papá seguro no llegó de nuevo o de verdad por mí.

—Sé la clase de hija que tengo. ¿Para qué te sigo comprando tus medicamentos que te recetó el psiquiatra?, si vas a seguir tomando, Mackenzie, es un gasto innecesario.

—Pues no los compres y ya...

—Ja, fácil, ¿verdad?, tú todo lo ves fácil. Tienes razón y ya no irás al psicólogo. Digo, si estás bien para estar tomando y yendo a fiestas, eso no lo hacen las personas con depresión. Yo te veo bastante bien, no sé qué te pasó ese día, Mackenzie.

—Pues como decidas, si no quieres no voy, en realidad no me importa...

—Está decidido, pero donde lo vuelvas a intentar, Mackenzie, yo te voy a dar una cachetada... —suspiró enojada—. Debí hacerlo ese día.




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