Amar a alguien puede ser tan peligroso como nadar con tiburones. O peor: como ir al dentista.
—Rachell.
Entre las páginas de mis libros y las voces constantes de mis padres —recordándome que no debo perder el enfoque si quiero graduarme con honores y llegar al Senado en Washington—, no tengo tiempo para pensar en nada más.
Es agotador. Levantarse antes de que salga el sol, poner una taza de café a calentar y encender la laptop para seguir estudiando los principales conflictos políticos del mundo. Dios. Hoy es el examen final y todavía no entiendo: si el calentamiento global está en su límite, ¿por qué las industrias textiles siguen manufacturando a este nivel? ¿No sería más fácil que los gobiernos multaran con el triple de impuestos a las marcas de fast fashion o que la gente simplemente aprendiera a usar la misma ropa por más de una temporada? Pero claro, el capitalismo prefiere vernos vestidos a la moda mientras el planeta se derrite.
Suspiré.
El escandaloso sonido de mi alarma me sacó de mi debate mental geopolítico. Son las seis de la mañana. Oficialmente, el día de mi colapso nervioso ha comenzado.
Agarré mi mochila y desperté a Steve lanzándole una almohada a la cara.
—¡AHHH! —gritó—. ¡Estoy despierto! ¡Estoy despierto! —reclamó, debatiéndose entre el sueño y la realidad.
Steve ha sido mi mejor amigo desde aquellas vacaciones en los Hamptons, cuando me salvó de unos idiotas. A veces suelo preguntarme: ¿Será que tengo un imán para los problemas? No es normal que ese tipo de personas siempre se acerque a mí. ¡Rayos! Suelo desconectarme del mundo cada vez que lo pienso.
—Me voy a clases. Te dejé el desayuno preparado. Te amo. ¡Adiós! —grité, cerrando la puerta del dormitorio.
Caminaba por el campus hacia mi salón. No me gusta llamar la atención, por eso suelo andar rápido, intentando ocultarme bajo mi gorro y una sudadera gigante al estilo Adam Sandler. Pero Lisa tiene el don de encontrarme sea como sea.
—¡Ey! ¡Ey, Rachell! —gritó, viniendo corriendo hacia mí. ¡Demonios! Y venía con todo su séquito de fans.
Sonreí. Ella me plantó un abrazo.
—Hola, Liss. ¿Todo bien?
—De maravilla —respondió alegre. Esa energía desbordante es algo que la caracteriza.
Me hice amiga de ella semestres atrás, cuando necesitaba una tutora. Yo buscaba puntos extracurriculares y acepté ayudarla; desde ese momento hicimos clic. Es como una bestie, pero no tan bestie como Selana Gómez y Hailey Bieber, nos saludamos pero no es que vayamos a comer helados juntas ¿me entiendes?
—Genial.—expresé, tratando de esquivar a las chicas del equipo de natación que la rodeaban. Porque si no corro ahora mismo, mi examen final de geopolítica va a comenzar sin mi y mis padres me desheredaran antes del mediodía.
Dalas.
Las personas me ven y piensan que mi vida es perfecta. Que no tengo presiones ni estrés. Pero se equivocan. Cargar con un padre que constantemente te dice que, si no eres el primer jugador en la lista, nunca serás lo suficientemente bueno para esta familia de pura élite, es una maldita tortura.
¡Joder!
Caminar por los pasillos y lucir mi sonrisa encantadora no es para nada fácil. Saludé a un par de chicas; mientras una me daba en un papelito su número («Tal vez me la coja más tarde»), seguí mi camino hacia el entrenamiento. Estaré siendo vigilado durante semanas por los reclutadores y tienen que ver lo mejor de mí.
Por lo cual siempre daba todo en las prácticas y hoy no sería la excepción... El olor a césped húmedo y a sudor me golpeó en cuanto pisé el campo. Envolví mis tobillos con fuerza, ajusté los tacos y me incorporé al entrenamiento. En este lugar no había espacio para las sonrisas encantadoras; aquí se venía a morder.
El silbato del entrenador rasgó el aire, dando inicio a una práctica a máxima intensidad. El balón volaba de un lado a otro con un eco seco a cada toque. Sentía la mirada del míster clavada en mi nuca, evaluando cada uno de mis movimientos, lo que solo alimentaba la voz de mi padre resonando en mi cabeza: «Tienes que ser el mejor».
En la siguiente jugada, arranqué en velocidad. Mis muslos ardían por el esfuerzo, pero ignoré el dolor. Recibí el pase, esquivé la entrada agresiva de uno de los defensas sintiendo el impacto de su hombro contra el mío, y armé la pierna. El golpe contra el cuero fue limpio, perfecto. El balón se coló rozando el poste antes de que el portero pudiera reaccionar.
—¡Bien, Dalas! ¡Así quiero verte en dos semanas! —gritó el entrenador.
Respiré hondo, tragándome el aire caliente, y busqué el agua. Un gol no era suficiente. Con los reclutadores en camino, nunca nada era suficiente.
Suspiré. Miré la hora en mi celular y... ¡Joder! Es tardísimo para mi nueva clase: Filosofía.
Corrí; estaba contra reloj. No puedo llegar tarde, es mi primer día y de esta clase depende mi graduación.
¡Maldición!
Rachell
«¿Cómo me fue?» Bien. Siempre me va bien, pero sí que sigo confundida con el calentamiento global.
Caminaba con la mirada fija en las páginas del manual de introducción a la Política Latinoamericana, memorizando conceptos para la siguiente clase, cuando un impacto directo contra mi hombro me hizo perder el equilibrio. Mis cuadernos volaron, desparramándose por el suelo de terrazo.
—Fíjate por dónde vas, nerd —reclamó una voz desde las alturas, cargada de una pereza insoportable.
Recogí el primer bolígrafo del suelo, apretando los dientes. Alcé la vista, encontrándome con un par de zapatillas Prada inmaculadas y, más arriba, una chaqueta universitaria que apestaba a autocomplacencia.
—Fíjate tú, cavernícola. Esto es un pasillo, no la pista de atletismo —refunfuñé, tratando de rescatar mis notas antes de que alguien las pisara.
El chico se detuvo en seco. Sus pasos regresaron hacia mí, deteniéndose a escasos centímetros.
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Editado: 21.05.2026