Eres mi chica

Capítulo 4

Es mi último semestre, mi último año, y mi futuro profesional depende totalmente de esta maldita asignatura. Aunque estoy convencido de que ya tengo un pie en el equipo élite de Los Ángeles, no puedo permitirme el lujo de fallar en los créditos académicos.

¡Joder!

​—¿Qué hacemos, hermano? —dijo Jake acercándose— ¿Te unes a la fogata o vas a quedarte encerrado con los libros? —añadió con ese tono burlón que tanto me irrita. A veces, la inmadurez de los chicos es tan molesto, aunque los quiera como a hermanos.

—¡Cállate, Jake! —respondí, soltando un resoplo—Obviamente voy con ustedes. Filosofía puede esperar.

​(...)

​Salí de la ducha, sintiendo todavía el calor del agua caliente bajando por mi pecho. Me quedé frente al espejo, perdiéndome en mis pensamientos, hasta que la toalla se resbaló y cayó al suelo. Me quedé helado al verme reflejado y, bueno... Maldición, entiendo perfectamente por qué se vuelven locas.

​Unos golpes secos en la puerta me arrancaron de mi ensimismamiento.

​—¡Pase! —grité.

​—¡Maldita sea, Brown! —Era Lisa. Mi hermana. La puerta se cerró con un golpe seco apenas unos milisegundos después de abrirse. Seguía completamente desnudo.

​Avergonzado, me cubrí rápidamente recogiendo la toalla del suelo.

​—Ya… ya puedes pasar —dije, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello.

​—¡Mierda, Dalas! —gruñó ella al entrar de nuevo—Cada vez que vengo te encuentro en cueros. ¡Tienes que parar con esto!—Dijo.

​Me hizo recordar que tenía razón. No era la primera vez, una vez entró sin avisar a casa, y tenia a Jessica Simpson en posición de perrito, y ni hablar de la vez que me consiguio en la casa de la playa haciéndole una citologia a Palmer.

​—Lo siento, pero la próxima vez avisa antes de irrumpir —dije, tratando de mantener la compostura mientras me vestía a toda prisa.

​—¡Toqué la puerta, Dalas! —respondió ella, visiblemente molesta—. Uno dice "pasa" cuando está presentable, no cuando está como modelo de Onlyfans—Sonreí de lado. Tenía razón, otra vez—En fin, mamá organizó una cena de caridad este fin de semana. Nos quiere a ambos ahí. Sin excusas.

​En ese momento Lukas entró. La saludó con una sonrisa radiante que, para mi sorpresa, ella correspondió con un leve sonrojo. Cuando ella se marchó, mi lado protector salió a flote.

​Le di unas palmadas suave en el pecho a Lukas, clavándole la mirada.

​—Deja de mirarla así —le advertí, intentando que sonara a broma, aunque el tono salió un poco más tenso de lo esperado.

​—¿Así como? —rio él, tratando de disimular con un gesto nervioso—Sabes que a Lisa solo la veo como a mi hermanita menor.—mintió.

​No le creí ni una sola palabra. Estaba claro que ambos se morían por el otro desde el primer año, y lo peor es que eran los únicos que aún se esforzaban por ocultarlo.

​—Sí, sí... Como digas, amigo —dije, restándole importancia mientras terminaba de arreglarme.

​Minutos después, estábamos frente a la fogata. Bueno, llamarlo «fogata» era un eufemismo; aquello era una bacanal para solteros desesperados. La música retumbaba en el pecho, el aire estaba viciado por el humo de los cigarrillos y el olor a cerveza barata, y el ambiente palpitaba con una energía cruda, casi agresiva.

Steve.

​Me dediqué una última mirada en el espejo y... ¡Diablos! Sí, me veía increíble. Mi móvil sonó, era Maikel. Con otra foto semiprovocativa.

​Sentí un revolcó en el estomago de rechazo. Qué asco. Ni en sus sueños más locos volvería a caer con él. Después de lo que pasó el semestre pasado, cuando casi inicia una pandemia universitaria por ocultar su clamidia, Maikel estaba oficialmente vetado.

​Salí de la habitación, pero antes de abandonar el edificio, me detuve en seco. Ahí estaba ella, desplomada sobre su computadora.

​—¡Rachell! —exclamé, sacudiéndola para despertarla.

​Ella dio un salto, con la mirada perdida y los dedos aún sobre el teclado— La física cuántica estudia las estructuras que habitan en una escala subatómica, profesora —balbuceó, todavía atrapada en su mundo académico.

«Rayos, niña. Necesitas un respiro urgente», pensé.

​Chasqueé los dedos frente a su cara un par de veces. Rachell parpadeó, se limpió un hilo de saliva de la comisura de los labios y soltó un bostezo que parecía desgarrarle el alma— ¿Qué pasa, Steve? ¿Qué hora es?

​—Es la hora de que te vengas conmigo —le dije, tomándola del brazo con firmeza. Le solté el cabello, deshaciendo ese moño apretado que solo le daba aspecto de bibliotecaria estresada—Se acabó el encierro. Hoy vas a soltar los libros, nos vamos a la fogata.

​—¿Una fogata? —repitió, confundida.

​—Sí, Rachell.

​—¿Acaso estamos en la primaria?

​Solté una carcajada. Pobre, no tenía idea de lo que le esperaba.

​—Esta no es una fogata normal, preciosa. Es algo... mucho más interesante —aseguré. Ella me siguió, todavía desorientada, pero al fin fuera de su celda de libros.




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