Eres mi chica

Capítulo 5

Rachell
¡Dios mío! ¿Qué mierda hago aquí?

Steve está demente si piensa que me voy a divertir con esta cuerda de hormonas alcohólicas. No es mi ambiente. No es mi lugar.

Él me arrastró hasta aquí, y entiendo sus motivos, pero siento que no encajo en absoluto. Solo hay que mirarlos,besándose, metiéndose mano y consumiendo polvito blanco como si el mundo fuera a acabarse mañana.

Dios. No podía disimular mis ganas de huir, mi cara era todo un poema de puro asco.

—Bien —dijo Steve, regresando con un par de bebidas—. Solo no te aloques. —Me tendió un vaso— ¡Hasta el fondo, amiga!
Brindamos y nos tomamos el trago de un solo golpe. Mi rostro se contrajo en una mueca de dolor, sentí el líquido caliente perforar mi garganta hasta causar una explosión atómica en mi estómago.

Solté una carcajada. Miré a Steve y él se rió igual.

Bueno, ¡creo que después de todo podría quedarme un rato!

Dalas

Tenía mi mano derecha firmemente apoyada en su trasero y la otra apretaba su cuello mientras la besaba con una pasión feroz, acorralándola contra el tronco de un árbol. Harper era todo lo que mi familia amaba: rubia, alta, rica y de buena cuna.

Suelo frecuentarla de vez en cuando, y aunque ella insistía en ponerle una etiqueta a lo nuestro, yo no estaba listo para dar ese paso. Lo de Beat estaba demasiado reciente. O al menos, así lo sentía yo.

Las cosas empezaban a calentarse y Harper lo notó, se deslizó hacia abajo dispuesta a desabrochar mi pantalón y... fue justo en ese instante cuando la vi.

Caminaba con la mirada perdida, adentrándose directo hacia la zona más densa y oscura del bosque. Mi instinto se disparó antes de que pudiera procesarlo.

—¿Qué mierda, Dalas? —gritó Harper cuando la aparté bruscamente de mí.

La ignoré. Me subí la cremallera y caminé a toda prisa detrás de su sombra que se perdía entre los árboles.

Rachell

El alcohol ya estaba haciendo estragos en mi sistema y me encontraba completamente desorientada. ¿Dónde demonios se había metido Steve? Necesitaba sus llaves para poder entrar al dormitorio.

Mierda. Pisé un puto charco de lodo y todo mi zapato quedó embarrado.

Traté de limpiarme como pude y seguí caminando, hasta que la total oscuridad de la noche me envolvió. Comencé a escuchar crujidos tenebrosos de animales y el silbido del viento. Me paralicé. Odio estar sola. Odio la oscuridad.
Mi mundo se volvió diminuto y el pánico me aplastó. Me agaché a mitad del camino y rompí a llorar. El trauma de la violencia que viví con mi ex novio regresó como una tormenta perfecta, arrastrándome a ese maldito recuerdo donde él me golpeaba una y otra vez, sin detenerse.

Dalas

La perdí de vista.

Saqué mi móvil y encendí la linterna para iluminar el sendero.

¿Qué demonios hace ella por aqui?

La pregunta me carcomía la cabeza.

Segundos después, escuché unos sollozos ahogados. Corrí en esa dirección y lo que vi me heló la sangre.

¡Joder!

—¿García? ¿García? —le hablé, pero no me registraba. No dejaba de llorar con los ojos fuertemente cerrados mientras repetía en un hilo de voz: "Detente... detente, por favor".

El pánico me dominó. No sabía qué hacer, así que me arrodillé y simplemente la abracé.

Rachell

Me sentía atrapada en una caja diminuta de la que no podía escapar... hasta que un calor reconfortante me envolvió, devolviéndome una extraña sensación de seguridad. Ese refugio me ayudó a despejar la mente y a anclarme de nuevo a la realidad.

Abrí los ojos y lo vi a él. Me estaba abrazando. Con fuerza, como si de verdad le importara.

Pasaron varios minutos en los que solo se escuchaba nuestra respiración, hasta que finalmente susurré:—Ya puedes soltarme, Dalas.

Él sonrió de medio lado y me miró a los ojos.

—¿Estás bien? —preguntó, con una preocupación genuina reflejada en la mirada.

—Sí —respondí mientras intentaba levantarme. Él me sostuvo del brazo para ayudarme— Gracias por... por esto.

—Qué alivio. —Soltó un suspiro hondo— No sabía qué hacer, estaba a punto de cargarte y correr al hospital —bromeó, intentando aligerar el ambiente. Solté una pequeña risa.

—Descuida. Esto no me suele pasar seguido.

—Repetías "detente" una y otra vez... ¿puedo saber por qué?

—No —respondí, con una voz que me salió fría y cortante.

—Está bien, lo entiendo. Solo hazlo cuando estés lista —comentó con calma. En ese instante, la parte de mi cerebro que me advertía que debía alejarme de él por el caos que representaba, simplemente se esfumó.

Dalas me guió con un instinto protector hasta la puerta de mi dormitorio. Todo el camino transcurrió en un silencio que, sorprendentemente, dejó de ser incómodo para volverse íntimo.

—Bueno, hasta aquí llego —dijo al detenerse frente a mi puerta.

—Gracias —le dije dulcemente, regalándole una sonrisa sincera.

—No hay de qué. —Sonrió de vuelta, clavando sus ojos en los míos—. Estoy aquí para cuando lo necesites.

Sus palabras hicieron que mis mejillas ardieran. Se dio la vuelta para marcharse, pero antes de que avanzara, lo llamé:

—¿Dalas?

Él se giró a una velocidad increíble.

—Sí.

—Es un placer conocerte. Mi nombre es Rachell —dije, devolviéndole formalmente el saludo que él me había hecho en la clase de Filosofía.

Dalas se sonrojó. Pude notarlo en el brillo de su maldita mirada y en el color carmín que tiñó sus mejillas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.