—Te estaba esperando, Hella Montclair… No, no estás soñando… Tú has muerto.
La voz parecía emerger tanto del aire como de la tierra misma; tenía un tono suave y al mismo tiempo devastador. Sus palabras fueron una daga filosa que desgarró lentamente la cordura de Hella, como si ya no fuese dueña ni de su propia conciencia. Se quedó petrificada, con los labios entreabiertos y la respiración suspendida. El eco de aquella frase le palpitaba en el pecho como un segundo corazón.
La mujer frente a ella llevaba un sombrero alargado, retorcido hacia un lado, hecho de terciopelo negro y bordado con hilos dorados que dibujaban símbolos arcanos. El ala del sombrero proyectaba una sombra extraña, antinatural, incluso en la penumbra en que estaban envueltas. Un velo de gasa negra colgaba desde la copa del sombrero, cubriendo por completo su rostro. No se veía su rostro, ni su boca, ni el contorno de su piel, solo sus ojos púrpuras que brillaban.
Su vestido era largo, de mangas exageradas, ceñido al torso y luego suelto desde la cintura hasta arrastrarse por el suelo. Era de un tono oscuro y estaba cubierto de diminutas cuentas brillantes, como si llevara consigo un fragmento del firmamento. La tela parecía moverse sola, como si estuviera viva. Su atuendo susurraba secretos ininteligibles. En su cintura colgaban talismanes, llaves, frascos de vidrio con líquidos incandescentes y amuletos con símbolos desconocidos. Ella flotaba en ese espacio.
—Si esto no es un sueño… ¿Qué es? —balbuceó Hella, con la voz tan débil que apenas sonó como un susurro. ¿Era el inframundo?
—No es el infierno —respondió la bruja sin dejar espacio a la duda, con seguridad firme, como si supiera cada pregunta antes de ser formulada.
—¿Puedes leer mi mente?
—Por supuesto, soy una bruja —dijo con orgullo, y aunque no se veía su rostro, se sintió como si sonriera.
—¿Dónde estoy?
—Es mi casa.
—¿Por qué?
—Porque eres mi invitada, Hella Montclair… Dime, ¿amabas a tu esposo?
El nombre de su marido flotó en su memoria como una figura distante: Dorian.
—Sí lo amé…
La bruja inclinó levemente la cabeza. Las cuentas de su vestido tintinearon suavemente.
—¿Y él te amaba?
Hella guardó silencio. Recordó las caricias en las cenas elegantes, los viajes a Europa en primavera, las sonrisas ensayadas frente a los fotógrafos. Había habido ternura, sí. Pero también ausencias prolongadas, llamadas sin responder, miradas vacías.
—Sí… —respondió, pero su voz no sonó convencida.
—¿Quieres ver qué está haciendo y cómo se puso al saber de tu muerte?
—¿Puedes hacer eso?
—Claro. Porque soy una bruja.
En medio de la choza, hizo aparecer una enorme bola de cristal. Era grande, como una perla pulida y preciosa, suspendida, sin tocar el suelo. Dentro, había remolinos plateados, como humo atrapado que se movía con voluntad propia. Aquel objeto parecía mirar hacia dentro del alma más que hacia el exterior.
El cristal se iluminó, proyectando una escena con la nitidez de un televisor de alta definición. Allí estaba Dorian, en el hospital. Sus ojos estaban rojos, pero no de llanto. Su rostro no mostraba tristeza, sino una extraña mezcla de alivio y cálculo. La familia de él lo rodeaba, y aunque algunos aparentaban dolor, había una rigidez en sus rostros, como si se tratase de una puesta en escena.
Minutos después, Dorian salió del hospital. Subió a su coche de lujo y condujo hasta un moderno edificio de departamentos. Hella reconoció la dirección al instante. Era el edificio donde vivía su mejor amiga: Celeste Morane. Su confidente, su hermana de vida. La mujer en quien más había confiado.
El ascensor subió. El corazón de Hella se contrajo. La imagen mostró la puerta del apartamento abriéndose. Celeste apareció con una sonrisa radiante. Dorian no dudó. La abrazó como si hubiese estado esperando ese momento por años. Se besaron con hambre contenida.
—Al fin murió —dijo Dorian y en sus ojos había un destello cruel.
—Ella se ha ido —respondió Celeste.
—Somos libres.
Ambos entraron al apartamento. Los hijos pequeños de Celeste corrieron hacia Dorian.
—¡Papi, papi! —gritaron los niños.
Hella sintió un escalofrío. Recordaba que Celeste siempre había dicho que no sabía quién era el padre de sus hijos. Jamás imaginó que fuera Dorian. Su abrazo, comida y consejos de amistad, se convirtieron en armas contra ella. Había sido una traición larga, silenciosa, meticulosa. Ellos eran felices como familia. Tenían dos hijos. Aunque ella había sido dictaminada con infertilidad y no pudo haber concebido a ningún bebé. Además, siendo tan rica y poderosa, había fallecido a sus cuarenta años.
La imagen cambió de repente. Apareció su padre, Edmund Montclair, en una sala decorada con madera oscura y trofeos de caza. Estaba bebiendo whisky junto a otros hombres de negocios.
—Una pena lo de Hella, ¿eh? —dijo uno.
—Una pena que nunca me diera un nieto —respondió Edmund sin emoción—. Siempre quise un hijo varón y me dieron esa cosa delicada. Encima, estéril. Al menos Dorian podrá rehacer su vida con una mujer fértil y traer un verdadero heredero al apellido Montclair.
Editado: 17.07.2026