Hella se mantenía de rodillas, con los brazos caídos a los costados y los dedos hundidos en la tierra húmeda. Las lágrimas le corrían por las mejillas como pequeños ríos tibios, arrastrando con ellas la poca fuerza que aún le quedaba. Tenía los ojos enrojecidos, los labios temblorosos y el corazón hecho trizas. Sollozaba con el pecho sacudido, sin pudor, sin dignidad, como si con ese llanto pudiese arrancarse la traición que la ahogaba. El suelo frío de la choza parecía absorber su dolor, y el crujido leve de la madera antigua bajo sus rodillas marcaba el compás de su desconsuelo.
Le tomó varios segundos calmar el temblor en su cuerpo. Se pasó el dorso de la mano por el rostro empapado y parpadeó, buscando enfocar la vista a través de la bruma que la rodeaba. Respiró hondo, aunque el aire dentro de la cabaña tenía un aroma extraño. Era una mezcla de incienso, tierra mojada y una flor desconocida, exótica, como si el lugar no perteneciera del todo a su mundo. A pesar de ser un olor raro, no resultaba desagradable; era inquietante y seductor, como una promesa hecha de humo y misterio.
—¿Qué es lo que dices? —logró articular, con la voz ronca por el llanto contenido.
—Yo solo te digo la verdad, Hella Montclair… —dijo la bruja con un tono que no necesitaba elevarse para ser absoluto—. Es por eso que estás aquí.
Hella la observó. La hechicera no se había movido de su sitio, flotando junto a la bola de cristal que brillaba con un resplandor débil, azulado, como si respirara. El sombrero alargado, semejante al de los mitos conocidos, se alzaba etéreo. Bajo ese velo oscuro, un manto de sombra cubría sus facciones. Sin embargo, Hella percibió con certeza una sonrisa curva dibujarse en el espacio oculto. No la vio, pero la sintió, como si el ambiente se volviera más denso con ella.
—Es por eso por lo que te ofrezco una oportunidad más —dijo la bruja con seguridad, como quien conoce los hilos del destino y no teme tocarlos—. Te puedo devolver en el tiempo y reescribir tu historia.
Hella se incorporó con dificultad. La tela de su bata, blanca y aún salpicada con manchas del otro mundo, ondeó ligeramente con el movimiento. Se sacudió la tierra de las rodillas y se irguió con los ojos fijos en la figura oscura que tenía delante. La rabia le había secado el rostro, endurecido los gestos. Su expresión ya no era de víctima. La traición aún latía, pero ahora con fuego en vez de hielo. El engaño de su esposo, la burla de su mejor amiga, el desdén de su padre. Todo ardía dentro de ella.
—¿Puedes hacer eso? —preguntó con la mandíbula apretada.
—Puedo hacerlo. Pero, debes saber que hay un tributo… y varias condiciones —respondió la hechicera con voz engalanada de superioridad, como si no necesitara justificar nada.
Hella la miró sin parpadear. Las brujas siempre venían con trampas. Leyendas, cuentos, advertencias veladas… todas coincidían en lo mismo. Jamás ofrecían algo sin un precio. ¿Qué querría a cambio? ¿Su alma? ¿Su esencia? ¿Su eternidad? El pensamiento la mantuvo inmóvil durante un instante. Sabía que entrar en un trato con un ser como aquel implicaba consecuencias. Pero también sabía que no podía permitir que todo quedara impune.
—¿Qué debo hacer? —preguntó, respirando hondo.
—Tienes que aceptar primero —dijo la bruja—. Entonces te las diré.
Con un gesto lento, la hechicera alzó uno de sus brazos. Un destello cortó el aire como una chispa fugaz y, en medio del espacio, apareció un pergamino. Flotaba, suspendido, girando levemente como si lo meciera una brisa invisible. Hella lo contempló sin moverse. Su corazón latía con fuerza.
Tragó saliva. Todo en su cuerpo le gritaba que desconfiara, pero la voz dentro de su pecho le repetía que no tenía nada que perder. Ya estaba muerta. No quedaba futuro, solo lo que pudiera recuperar.
—Está bien… acepto —dijo por fin, con firmeza. No había vuelta atrás.
—Acerca tu diestra al pergamino.
Hella obedeció. Apenas sus dedos se acercaron, una línea roja surgió desde la punta de su dedo medio y se extendió sola. La sangre tomó forma en el aire, delineando su palma abierta. Una vez completada la huella, el pergamino brilló y desapareció con un susurro seco.
—Estas son las condiciones —dijo la bruja, como si recitara un conjuro ya memorizado—. Tienes un mes para encontrar a tu alma gemela, o morirás… Cuando estés con él, deberás casarte en una semana, o morirás… Luego, debes lograr concebir un hijo, o…
—Moriré —repitió ella en voz baja, completando la frase con resignación.
—En efecto… Hella Montclair —afirmó la bruja—. Esta nueva oportunidad está atada a tu verdadero amor… No tendría ningún sentido que interactuaras con él sin condiciones. Por eso… si no lo haces, si no sigues estas indicaciones… morirás. Después de todo… Ya estás muerta.
La esfera de cristal pulsó una vez, como si reafirmara sus palabras. Una sombra reptó por el suelo, cruzando de un rincón a otro. La llama de las velas osciló con ella. Había algo acechando más allá de lo visible, pero Hella no se atrevió a girar.
La sonrisa oculta de la bruja volvió a materializarse en el ambiente, dejando un rastro de escalofrío en el aire. Un siseo apenas perceptible atravesó las paredes de la choza, como si el lugar respirara o se burlara de su destino.
—Encontrarlo… Casarme… Tener un hijo… ¿Eso es todo?
Editado: 17.07.2026