El aire en la choza vibraba con un murmullo extraño, como si cientos de voces susurraran desde las paredes de madera bien cuidadas y finas. Hella Montclair permanecía de pie, mirando a la bruja cuya silueta seguía sumida en sombras, su rostro oculto tras ese velo oscuro e impenetrable, su sombrero alargado inclinándose hacia ella con cierta gravedad.
—¿Cuál es el tributo? —preguntó ella al fin, con voz ronca por el llanto anterior.
—Ese lo revelaré cuando sea el momento —dijo la bruja, con una cadencia serena, casi melódica—. Ahora tenemos un acuerdo… Te devolveré al pasado. Pero eso requiere tiempo. Mientras tanto, disfruta de tus mejores recuerdos. Luego, despertarás.
—¿Eso es todo?
—Ten esto.
De la nada, una pulsera surgida de humo violeta se materializó frente a Hella. Estaba hecha de hilos negros y morados entrelazados, con un pequeño zafiro en el centro que era como una pantalla azul oscuro con destellos violetas de un reloj inteligente. La bruja la sujetó y la colocó en la muñeca de Hella con movimientos ceremoniales.
—No puedes quitártela. Se cargará cuando estés cerca de tu amor verdadero y también podrás oír un pitido, como un radar.
—Muy funcional.
—Una cosa más… No puedes decirle que has viajado en el tiempo y que necesitas un hijo para vivir —dijo la bruja.
—Ya veo…
—Buen viaje, Hella Montclair.
Hella se quedó quieta, observando cómo la bruja decía su nombre con una familiaridad que erizaba la piel. Era como si la conociera desde antes de que naciera. Y esa certeza oscura se afianzó en su pecho.
¿Quién eres? Pensó, sabiendo que no debía pronunciarlo.
—No, no lo es —respondió la bruja, como si hubiera oído el pensamiento—. Nada de esto es una ilusión.
La voz se fue desvaneciendo en ecos. El suelo tembló bajo sus pies. Las paredes comenzaron a girar como remolinos de humo y luz. Hella sintió el mundo dar vueltas. Cerró los ojos. Sus párpados pesaban. El sueño la atrapó.
Un silencio profundo la envolvió. Y entonces, la realidad cambió.
La madera crujiente de la choza fue reemplazada por el tenue murmullo de estudiantes. Había una mesa de escritorio frente a ella, pero su visión era borrosa. Parpadeó varias veces.
—Hella… Hella… —dijo una voz conocida. Era su maestra de preparatoria—. ¿Estás bien?
Ella tuvo que reunir toda su fuerza para articular una respuesta. Las palabras se le atragantaban en la garganta.
—Sí, estoy bien.
—¿Puedes seguir con el debate o quieres ir a la enfermería?
—Estoy… Estoy bien.
Su mirada recorrió el salón. Reconoció al instante el aula de debates de su escuela privada de élite. Las paredes estaban adornadas con estandartes azul marino y dorado, y los ventanales dejaban entrar una luz suave de mediodía.
Hella había vuelto. Tenía dieciséis años recién cumplidos. Su uniforme consistía en una blusa blanca almidonada, faja azul oscuro, falda a cuadros por debajo de la rodilla, medias altas y zapatos negros brillantes. Su cabello castaño oscuro estaba recogido en una coleta baja, como dictaba el reglamento. A su lado estaba su inseparable amiga Celeste Morane, de piel trigueña, cabello rizado y mirada fiera. El otro era Dorian Vellmont, de rostro afilado y porte algo arrogante. Detrás de ellos, también se encontraba Marcus Esvein, un joven de lentes gruesos.
Frente a ellos, el equipo rival se preparaba. Dos chicas y dos chicos. Meredith Lancer, una joven de cabello rubio ceniza y mirada calculadora, llevaba sus papeles ordenados como un arsenal. A su lado, Violet Ridge, más baja, con voz cortante y un broche de perlas. El tercero, Henry Rennault, astuto y encantador. Pero el líder indiscutible, era Harold Carington. Estaba tan seguro, que tenía los brazos cruzados y los párpados cerrados.
Harold tenía el cabello oscuro y ondulado, un flequillo que caía justo por encima de sus cejas. Su piel era blanca, sus ojos azules como cuchillas. Su uniforme estaba impoluto: americana marino, una camisa perfectamente abotonada, corbata dorada. Él era su rival desde la primaria y el único al que era complejo de poder vencer o empatar.
—Bien, sigamos con el debate —dijo la profesora Olsen—. ¿Deben las grandes corporaciones financiar la educación pública a cambio de beneficios fiscales?
Celeste fue la primera en hablar. Su tono era enérgico, su postura erguida. Argumentó sobre el rol social de las empresas. Dorian continuó, enumerando ejemplos internacionales de colaboración exitosa entre el sector privado y la educación.
Los rivales contraatacaron con fuerza. Meredith lanzó una crítica contundente sobre la corrupción corporativa; Violet se centró en la privatización encubierta.
Y entonces habló Hella. Su voz fue firme. Fría. Precisa. Utilizó una estadística devastadora.
—Los países donde la inversión privada había dominado la educación mostraban mayor desigualdad en el acceso —dijo Hella. Citó a un premio Nobel. Cuestionó la legalidad del trueque fiscal, haciendo que el salón quedara en silencio.
Meredith frunció el ceño. Violet bajó la mirada. El tercer miembro apenas logró esbozar una réplica vaga. Fue entonces cuando Harold abrió los párpados y separó sus extremidades.
Su sola presencia alteró la atmósfera. Caminó hasta el atril con paso tranquilo, manos a la espalda, y clavó su mirada en Hella. Sus ojos azules se encontraron con los marrones miel de ella. Ninguno sonrió ni se mostró preocupado.
—Se ha omitido un aspecto esencial: el tiempo.
Entonces desplegó su lógica como un espadachín experto. Argumentó que los cambios sistémicos tardan décadas. Que, mientras tanto, los estudiantes actuales no podían esperar. Que las corporaciones eran las únicas con la logística inmediata para intervenir. Su discurso fue como una partitura impecable.
Hella lo escuchaba sin moverse. Luego levantó su mano.
—Tus datos parten de premisas condicionadas. Has obviado los modelos nórdicos y las inversiones estatales sostenidas. Las empresas no actúan por altruismo. Y tu propuesta haría de la educación una mercancía.
Editado: 17.07.2026