Eres mi Destino

Capítulo 5 En la cúspide

Dorian y Celeste intentaron abrazarla, pero ella retrocedió con un gesto de repulsión. La memoria era vívida, como un puñal clavado en el estómago. Ellos eran amantes, la habían traicionado y la habían asesinado. Era una persona con sentimientos, aunque los expresara poco. Eso que había visto en la bola de cristal de la bruja le causaba repudio y apatía. Tensó la mandíbula y le torció los ojos.

—No me toquen —dijo Hella, con voz fría y severa.

—¿Qué ocurre, Hella? ¿Te encuentras bien? —preguntó Celeste, con una voz preocupada. A esa edad no había tenido pensamientos homicidas por su amiga.

—No… —contestó con firmeza, sin molestarse en suavizar su tono.

Hella pasó de largo, con pasos decididos, directo hacia su profesora. La maestra, la señora Wilma Olsen, se encontraba aún junto a su escritorio, con los documentos del debate entre sus manos.

—Ahora tengo un pequeño dolor de cabeza y mareo —comentó Hella, sin alterar el gesto—. ¿Puedo ir a la enfermería?

—Por supuesto, Hella —dijo la profesora con amabilidad—. Yo te acompaño.

Ellas caminaron por el pasillo con pasos suaves. La profesora, siempre atenta, le hablaba sobre las calificaciones del debate, pero Hella no escuchaba. Su mente estaba atrapada entre dos tiempos: el presente que revivía y el pasado que comenzaba a revelarse bajo una nueva luz. Al llegar a la enfermería, la profesora se despidió y volvió sobre sus pasos… Pero no sin antes tropezar.

La profesora fue a su clase. Era con el grupo de duodécimo A1. Las familias Carington habían discutido que ninguno de sus hijos quedara en el B, por lo que se abrieron dos grupos, A1 y A2. Hizo su explicación normal, hasta que quiso utilizar su pluma. La buscó en su bolso y escritorio, pero no la hallaba. Recordó cuando se tropezó.

—Se me cayó mi lapicero —dijo ella—. ¿Quién puede hacerme el favor de ir a la enfermería?

Los estudiantes se mantuvieron callados. El que mandaba allí era Harold; al que le dijera, ese iría. Pero hizo que los demás se colocaran rectos en sus sillas al colocarse de pie.

—Iré yo —dijo él con voz solemne.

Harold Carington fue a la enfermería. Abrió la puerta. La doctora lo vio y le hizo una reverencia.

Hella estaba sentada en el catre, mirando por la ventana. Los árboles danzaban suavemente con el viento otoñal. El cielo era de un gris plomizo, como si el mundo supiera lo que ella acababa de descubrir sobre su pasado… o su futuro. Entonces lo vio. Harold, de pie en el umbral, con su impecable uniforme azul marino, la corbata perfectamente anudada y una expresión indescifrable.

Harold revisó varios sitios, hasta que solo faltaba el lugar de la camilla. Exhaló con tranquilidad. Intercambió miradas con Hella y se acercó a su puesto.

Hella lo contempló acercarse de manera lenta y con su semblante serio. ¿Él podía ser su amor verdadero? Imposible, eso podía suceder nunca. Lo observó con detenimiento. Era tan arrogante como siempre, tan frío como recordaba.

Harold se inclinó debajo de la camilla donde estaba sentada.

Hella divisó a la pulsera en su muñeca, pero permanecía muda. Ni número, ni pitido. Nada. Por supuesto. Él no podía ser su alma gemela. Harold Carington era su rival acérrimo. Su sombra constante desde la infancia. Solo hablaban en los debates. Fuera de ese contexto, el silencio entre ellos era absoluto.

Harold recogió el lapicero. Sus gestos eran tranquilos, medidos. Se incorporó, la miró por un momento sin interés, ni emoción. Esa mirada marrón y ese rostro femenino de la familia Montclair que había divisado desde el jardín.

En ambos no había sentimiento por el otro. Aunque estaban enemistados, ni siquiera se odiaban; entre ellos no había absolutamente nada. Estaban en bandos distintos, pero no se insultaban, ni se miraban con desprecio. Cada uno era consciente de la existencia del contrario, pero hasta ahí. Si debían debatir, debatirían; si debían enfrentarse, lo harían. Pero fuera de esos contextos, no existían ni se trataban.

Hella se mantuvo inmutable ante el escrutinio de Harold. Su iris azul y su rostro de chico eran bastante agraciados.

Harold se dio la vuelta con una elegancia teatral. La puerta se cerró tras él. Caminó por el pasillo con pasos seguros, profesora, sin siquiera mirar atrás. Entonces, entregó el lapicero a su maestra.

Hella respiró hondo. Agradecía la distancia y no tener que fingir con él, como lo hacía con todos los demás. Luego de haberse casado en el futuro y enfermarse, nunca se encontró más. Se reunió en reuniones y conferencias empresariales.

Más tarde, regresó a su salón. El aula era distinta a la de Harold, por supuesto. En aquel instituto elitista, cada sección estaba diseñada con asignaturas avanzadas. Ella compartía con los mejores profesores. Todo en ese ambiente olía a poder: las sillas tapizadas, los escritorios brillantes, incluso el café que servían los asistentes personales a los profesores.

Las horas pasaron lentas. Historia de las dinastías económicas, retórica clásica, macroeconomía y finalmente, derecho internacional. Todas asignaturas complejas que, en otro momento, habrían cautivado a Hella. Pero ese día no.

Ese día, ella evitó a todos. Ignoró a Dorian cuando intentó sentarse a su lado. Se limitó a clavarle una mirada tan cortante que él retrocedió. Celeste intentó alcanzarla durante el almuerzo, pero Hella se escabulló al baño.



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En el texto hay: romance, drama, magia

Editado: 17.07.2026

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