Salir de un lugar que te hace daño no siempre se siente como libertad. A veces es solo silencio, una calma extraña después de tanto ruido, la certeza de que ahí ya no podías quedarte aunque no supieras todavía a dónde ir. Cuando te fallan, algo se rompe despacio: la confianza, la voz, la forma de mirarte a vos misma. No es inmediato ni claro, pero queda, como una herida que aprende a cerrarse sola.
Con el tiempo —no importa cuánto— empezás a volver. No a lo que eras, sino a algo más honesto. Volver a sentir sin miedo, a soñar sin pedir permiso, a reconocer que algunos sueños no llegan para salvarte, sino para mostrarte un camino posible. Porque a veces lo que imaginamos no es una fuga, sino un adelanto de lo que todavía puede pasar. Y esta historia empieza ahí: en el momento exacto en que un sueño decide no quedarse solo en la cabeza.