¿ Eres Mi Regalo De Navidad?

3. ¿SUEÑO O REALIDAD?

 Elysia no contestó, se levantó de la cama despacio para ir a averiguar qué era lo que había sucedido y como era que estaba en el castillo sin que se hubiese percatado del traslado. Caminó despacio sintiendo la gruesa alfombra que amortiguaba sus pasos debajo de sus pies, tomó el pomo lista para enfrentar a Liriel, pero en un último momento, Elysia retiró su mano de la puerta pensando que todo esto no era real. 

—Tiene que ser un sueño—, se dijo, no era la primera vez ni sería la última que tenía sueños tan vívidos.

 Por lo que volvió a cerrar los ojos y como era su costumbre, se propinó un fuerte pellizco en el brazo, esperando que el dolor la arrancara de esa fantasía y la devolviera a la realidad del cobertizo frío. 

 Y así fue: al abrir los ojos después del pellizco, se encontró de nuevo entre el olor de las ovejas y el eco de sus balidos. El lujo y el calor de la habitación del castillo habían desaparecido como una bruma matinal bajo el sol.

 Elysia se sentó, desconcertada y un poco desolada. Todo había sido tan real: la comodidad de la cama, las sábanas suaves, el calor de la chimenea, incluso la voz de Liriel llamándola desde el otro lado de la puerta. 

¿Qué está pasando?, murmuró para sí misma. La decisión de visitar el castillo, que en un momento le había parecido una aventura emocionante, ahora le pesaba como un error.

 Con determinación, recogió sus cosas rápidamente y salió corriendo hacia la estación. El sonido del claxon del tren cortaba el aire fresco de la mañana, anunciando su inminente partida. Corrió lo más rápido que pudo, con el corazón latiendo en sus oídos y los pulmones ardiendo por el esfuerzo. 

 Al subir al tren en el último segundo, giró la cabeza para echar un último vistazo al castillo y, a pesar de la distancia, sus ojos se encontraron con los de Liriel. La mirada que le devolvió estaba cargada de una tristeza y un desconsuelo que le atravesaron el alma.

 Una vez dentro del tren, Elysia se sentó, acomodando su mochila a su lado. Miró a su alrededor y le pareció que las personas la observaban con reproche, como si hubiera cometido un error imperdonable. Con el corazón aún tambaleándose por las emociones recientes, hundió su cabeza en un libro, buscando refugio en las letras impresas como siempre lo hacía cuando el mundo real se volvía demasiado abrumador.

El tren comenzó a moverse, alejándola físicamente del castillo y de Liriel, pero algo dentro de ella sabía que esa aventura inesperada la había cambiado de maneras que todavía no comprendía por completo. Y mientras las páginas del libro pasaban sin ser verdaderamente leídas, Elysia se preguntaba si realmente había tomado la decisión correcta al huir.

 La ciudad la recibió con su característico abrazo de luces parpadeantes y el incesante murmullo de la vida urbana. Personas pasaban a su lado en un flujo constante, cada una absorta en sus propias preocupaciones y listas de tareas, todas apresuradas en el frenesí de sus compras y quehaceres diarios.

 Mientras Elysia caminaba por las calles bulliciosas, sentía un distanciamiento creciente, como si el mundo que la rodeaba fuera ajeno a ella. Los edificios altos y las vallas publicitarias chillonas contrastaban fuertemente con la serena majestuosidad del castillo y la simplicidad rústica del poblado que había dejado atrás. Las risas y conversaciones de los transeúntes sonaban a un idioma diferente, uno que hablaba de prisa y eficiencia en lugar de misterio y aventura.

 En su mente, las imágenes de su breve estancia en aquel lugar extraño se mezclaban con la realidad tangible del concreto y el asfalto. Se había sentido más en casa en aquel cobertizo junto a las ovejas y bajo la mirada de Liriel, a pesar de la brevedad del sueño o lo que quiera que hubiese sido aquella experiencia, que aquí en la fría ciudad.

 Con cada paso que daba por el pavimento gris, Elysia no podía evitar preguntarse si había dejado algo importante atrás. La ciudad le ofrecía comodidades y una vida predecible, pero su corazón latía al ritmo de una melodía diferente ahora, una que resonaba con el eco de lo desconocido y lo mágico. 

 Y aunque trató de sumergirse en la admiración de las luces de Navidad o en la contemplación del paisaje urbano, la imagen de Liriel en la distancia y el calor de una chimenea en un castillo de ensueño seguían llamándola, quizás prometiéndole una aventura más grande que cualquier cosa que pudiera encontrar en las calles de su ciudad natal.

 Al llegar a la librería el silencio la recibió, abrió con desgana y a la vez sintiendo que había llegado a su refugio seguro. Subió las escaleras y encendió la chimenea, tratando de entrar en calor. Como era su costumbre, preparó un chocolate caliente, tomó un libro y envuelta en una manta, se sentó frente a la chimenea, pues de seguro hoy sería uno de esos tantos días en que no venía nadie.

 El sonido de la campanilla anunciando la llegada de clientes la hizo saltar y bajar las escaleras corriendo para encontrarse con algo que hacía mucho tiempo no sucedía. El frente de la librería estaba abarrotada de  personas, corrió a abrir dejando pasar a una gran cantidad de clientes que  se pusieron luego de saludarla a escoger libros en las estanterías 

 Elysia se quedó de pie en medio de la escalera, sin saber si subir o bajar, realmente sorprendida hasta que la voz de una niña y su mamá con los brazos llenos de libros le preguntó.




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