Eres mi salvación

2. Muerte

Aún recordaba el día en que aquella mujer cruzó el umbral de mi hogar. La miré menear las caderas sin vergüenza, denotando lo grandiosa e intocable que se sentía, y un gran escalofrío recorrió mi cuerpo. Observé atónita como se aferraba al brazo de mi marido y la manera en que su figura se deformaba por la enorme panza que cargaba. Solté el jarrón que resguardaba en mis brazos y ni el estruendo provocado por su ruptura, fue capaz de sacarme del asombro.

—¿Quién es ella? —dije en un hilo de voz.

En ese momento estaba demasiado devastada por la muerte de mi hijo. Pensé en lo sospechosa que era la actitud de Damián al no presentarse al funeral, pero decidí dejarlo pasar porque simplemente estaba demasiado cansada para pelear. Haría la vista gorda, por el bien de mi estabilidad emocional y actuaría si  nada estuviera mal entre nosotros. Sin embargo, aquel día fue la gota que derramó el vaso y donde no pude continuar soportándolo.

Ahí comenzó mi infierno.

Poco a poco, aquellos empleados que creí me respetaban y pensaban en mí como su jefe, me dieron la espalda y comenzaron a ignorarme por darle prioridad a la amante de Damián. Poco a poco, perdí esa autoridad que tanto tiempo me costó cultivar y observé anonadada, como Lucinda, aquella ex prostituta, tomaba mi lugar. Mi esposo abandonó nuestro dormitorio, todo por pasar las noches enredado en sus sábanas y a pesar de que estaba volviéndome loca, aún necesitaba actuar a la altura de mi apellido. Era una Noix, y todavía tenía un orgullo que mantener. Pero eso duró poco tiempo, pues su continuo desprecio empezó a desgastar hasta la última fibra de mi paciencia.

—No la vas a llevar—solté con firmeza, claramente en contra de que Damián la presentara en la sociedad.

—¿Cómo puedes ser tan fría con la mujer que lleva mi sangre en su vientre?

La cabeza comenzaba a darme vueltas, y deseaba con locura otro vaso de whisky. Me di media vuelta en dirección al mini bar de mi habitación y esperé sonar lo suficientemente firme, para que entendiera que jamás permitiría que me humillara en público.

—Vamos, Amelia. No puedes dejar que tus celos te controlen, no es justo que Lucinda sufra tanto en esta casa.

Volteé a verlo, sintiéndome incrédula por su declaración y pensé en lanzarle la botella de alcohol en el rostro.

—Es que no puedes ser más cínico que esto. ¿Acaso ella te dijo esas cosas? ¿Qué yo la molesto? ¿Por qué tendría que molestarme en aislar a una mujer de clase tan baja?

Alcé el rostro, luciendo altanera y repleta de orgullo, pues nunca me había sentido menos que nadie, ni empezaría a hacerlo en ese momento. Damián pasó toda la vida comparándose con mi linaje, y aquello lo llevó a ser incapaz de amarme. Desde siempre fui consciente de lo mucho que me detestaba por ser más que él, pero decidí que era normal sentirse así y dejé que mi matrimonio fuera consumido por la amargura. Sin embargo, no fue hasta que noté la dulzura y cariño con la que trataba a Lucinda, que mi odio hacia él empezó a proliferar.

—¿Cómo puedes ser tan esnob? Eres una mujer realmente malvada.

Estaba realmente harta de esa situación. Después de pasar toda mi vida atrapada con ese hombre y pretendiendo que no me arrepentía de haberme acostado con él, ya no podía seguir en ese mismo abismo de tormentos, por lo que decidí que era un buen momento para soltarle lo que llevaba un tiempo pensando.

—Dame el divorcio—espeté.

Damián, que creyó que nunca me atrevería a llegar a tanto, se puso pálido como un fantasma y pronto cambió su actitud.

—Estás completamente fuera de ti, ¿Qué pasaría con la empresa y mis negocios si nos separamos?

—¿Tus negocios? Querrás decir los de mi familia. En estos años nunca has obtenido nada por ti mismo, simplemente tomaste todo aquello que te brindamos en la palma de la mano, así que deja de pretender que te estoy quitando aquello que cultivaste desde el principio. Además, no te dejaré sin nada, puesto que tendrás suficiente dinero para mantenerla a ella y a su hijo.

Deseaba terminar con esa tóxica relación de la manera más amena posible. Sin mis padres y mi amado Lucas, ya no había motivos para seguir con él, así que lo despacharía cuanto antes y recuperaría mi tranquilidad.

—¿Tu repentino cambio de actitud se debe a que Lucinda dijo que nuestro hijo sería el nuevo heredero?

—Aquello me tiene sin cuidado porque jamás pasaría.

—¿Y por qué no? Si ya no hay otra persona que se haga cargo del puesto.

Abrí la boca, sin poder creer que para él nuestro Lucas era solamente otra pieza en su juego.

—Porque ese bastardo sería una deshonra para mi familia, porque te recuerdo, tú aquí eres el extraño.

Rellené por fin mi vaso y agregué unos cuantos hielos, dispuesta a dejar ir a aquel maldito hombre. Cada vez que decía algo, me decepcionaba más y más, y no sabía hasta qué punto podría aguantar eso sin quebrarme. Le di un largo trago y exhalé, sintiendo la gloria cruzar mi garganta, pero luego de unos segundos, el usual ardor que el alcohol me dejaría, se transformó en una extraña desesperación que me llevó a caer de rodillas. Miré a Damián asustada, pues de pronto perdí las fuerzas y sus ojos repletos de satisfacción me hicieron temblar en miedo. Un segundo después tosí y me llevé una mano a la boca, pero cuando la revisé, estaba repleta de sangre.




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