Eres mi salvación

35. Vamos a divorciarnos

Continuamos mirándonos fijamente, ninguna con la intención de desertar primero, hasta que los chicos a nuestro alrededor comenzaron a ponerse incómodos y el ambiente cada vez se ponía más y más denso.

—Bueno, no pareces tan impresionante —dijo ella sin tapujos, mientras me echaba una última ojeada.

Estaba tan sorprendida por su falta de modales que no podía responder. Mi cara comenzó a sentirse roja, pero no de pena, sino de una ira completa, y decidí que tendría que ponerla en su lugar.

Nadie ofendía a Amelia Noix y se salía con la suya.

—Te estás pasando de la raya —comentó Owen finalmente saliendo en mi defensa.

Noté su dura expresión y la fría mirada que le dedicaba a la chica y me sobresalté. Eran contadas las veces que él me había observado de aquella manera tan cruda, por lo que nunca pensé que le dedicaría una expresión como esa a un viejo amigo.

Noté que Samantha también se sorprendió por un segundo, pero luego recuperó esa confianza extrema que exudaba y parecía no importarle la advertencia de Owen.

—Creo que no es necesario que salgas en su defensa de esta manera —bufó cuando se quitó el mechón de cabello que se coló en su frente—. No creo que la mujer que se casó contigo sea alguien tan débil como para quebrarse por un simple comentario.

El enojo que me consumía era cada vez más intenso. Apreté la mandíbula, pensando en qué demonios le había hecho, pero por la manera en que ambos comenzaron a discutir sin tapujos, comprendí que estaban bastante acostumbrados a tratarse así, y algo en mi interior se retorció con violencia. Esa forma que tenían de desenvolverse el uno con el otro, como si estar juntos fuera algo muy normal, me inquietaba mucho.

—No le pongas mucha atención —murmuró Phineas colocando una mano en mi hombro—. Siempre han sido más como perros que amigos.

Intenté sonreír, para brindarle un poco de tranquilidad, pero todo lo que salió de mí fue una mueca bastante extraña, pues realmente no sabía que tanto sus palabras calmaban mi corazón o lo destruían.

La noche siguió su curso, mientras más personas del doble de altura y peso que yo, se acercaban a mí y me saludaban. Todos parecían gente amable y bastante extravagante, podía observar como algunos de ellos se colaban con las chicas de los equipos de animación y como se pasaban la cerveza como si fuera agua natural. Observé con detenimiento las vestimentas de los demás, y supe de inmediato que no encajaba para nada en ese tipo de ambiente.

Sus faldas cortas, con sus blusas de moda, y sus zapatos eran como si salieran de esas páginas de Instagram famosas. Se veían radiantes y con una confianza distinta a la que uno encontraba en las reuniones de las personas de la alta sociedad. Miraba sus maneras de bailar al ritmo de la música y como dejaban sus cuerpos soltarse, y me asombré por lo libres que todas ellas parecían.

Me pregunté qué demonios pensarían de mi si me vieran actuar de esa manera y sin querer me sonrojé. Hasta para una persona como yo, que había vivido una vida hasta llegar a más de los cuarenta y otra en donde ya no era una puberta, esos actos parecían muy indecorosos.

—¿Estás bien? Pareces un poco confundida.

Si bien en esa fiesta Owen era la persona más requerida, siempre que podía volvía a mi lado y me preguntaba si estaba disfrutando del ambiente. Decidí que no interferiría con sus conversaciones con sus amigos por más inadaptada social que fuera, y solamente fingía beber un vaso con agua mineral mientras piqueteaba la comida que me ofrecían de vez en cuando.

—Sí, me la estoy pasando muy bien. Solamente estaba mirando a los demás divertirse, todo esto es bastante nuevo para mí.

Owen tomó otro trago de cerveza mientras esbozaba una ligera sonrisa.

—Me imagino que para una señorita de tu alcurnia estar aquí se siente como danzar en la depravación.

Fruncí el ceño ante su comentario, pues no me causaba nada de gracia que estuviera discriminándome de manera indirecta por la forma en que fui criada.

—Bueno discúlpame por no tener experiencia en nada.

Me crucé de brazos mientras volvía a recordar su forma de ser tan extrovertida y salvaje con Samantha y me mordí el labio.

—No quise ofenderte.

—Pues lo hiciste, Owen. Creo que jamás te he juzgado por no saber colocarte de una manera decente una maldita corbata.

Owen enarcó una ceja, luciendo abatido por mi comentario, pero no pensaba retractarme ni mucho menos disculparme.

—Si estás enojada por la manera en que Sam te trató hace rato, quiero decirte que no es nada personal, ella es una fiera amargada con cualquiera.

Que le llamara por ese diminutivo me enfureció todavía más. Quise voltearme y zarandearlo, por ser tan malditamente denso, pero me controlé. Había superado momentos mucho más difíciles e incomodos como para quebrarme por algo tan idiota, pero aunque mi parte racional era la que me empujaba a seguir actuando a la altura, mi otra mitad, la que estaba harta de ser tan seria me empujó a responder.

—Pues no lo parece, creo que en serio está jodida porque me casé contigo cuando ustedes estaban en medio de algo.




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