Me moví hacia un costado, con la intención de dar por terminada la conversación. Pero Hoseok también se movió impidiendo que me fuera. Se quedó mirándome, a unos centímetros de distancia, como si la galería entera se hubiera reducido a ese espacio imposible entre nosotros.
—No quiero irme todavía —dijo al fin, con la voz baja, casi temerosa.
Me giré lo suficiente para mirarlo de reojo. Sus manos estaban metidas en los bolsillos, pero su postura era diferente, no emanaba esa seguridad que siempre había visto en él.
—No tienes por qué quedarte —contesté, intentando sonar firme, aunque la verdad es que mi pecho ardía con mil contradicciones.
—Tengo una razón muy fuerte.
Su sinceridad cayó como un peso en el aire. No había excusas, no había disfraces.
—¿Qué esperas que pase, Hoseok? —pregunté, cruzándome de brazos.
—Nada —dijo enseguida, y entonces dio un paso más, con cautela hacia mí—. Solo… estar aquí. A tu lado. Aunque sea en silencio.
Me mordí el labio, mirándolo a los ojos. Sentí que una parte de mí quería correr, cerrar la puerta, protegerse. Pero otra… otra quería quedarse quieta, solo un instante más, para escuchar lo que nunca me había dicho.
—El silencio contigo me duele menos que la distancia —añadió, y la vulnerabilidad en su voz me desarmó.
La galería seguía en calma. La gente se movía en los pasillos, pero yo solo podía escuchar su respiración cerca de mí.
Me quedé ahí, atrapada en la paradoja: huir o permitir que se quedara, aunque no supiera qué significaría eso después.
Su mirada pasó de mí, a mi lado, donde estaba su fotografía y después a mí de nuevo.
—¿No quieres mi presencia? —pregunto sin apartar la mirada de mí.
Yo solo negué un par de veces, contradiciéndome contra lo que de verdad quería. Quería gritarle, decirle todo lo que pasaba por mi mente, abrazarlo y decirle que lo odio por romperme el corazón, pero que lo sigo amando.
—¿Quién te dijo que estaba aquí? —pregunté evadiendo su pregunta.
Hoseok entrecerró los ojos, como si hubiera esperado esa evasiva. Se pasó una mano por la nuca, gesto nervioso que pocas veces le había visto, y soltó un suspiro que sonó más a rendición que a reproche.
—Nadie —admitió al fin—. No necesité que me lo dijeran. Vi las fotos, Rory, todas esas que has estado subiendo a Instagram, subiste una foto donde colocaste la ubicación de un café, y la borraste en cuestión de segundos, pero pude ver donde era… y aquí estoy.
Hoseok habló con calma, y yo sentí un estremecimiento recorrerme, porque sus palabras atravesaban la coraza que había levantado. Me refugié en voltear para mirar la foto, como si pudiera esconderme tras la luz que caía sobre su piel congelada en ese instante eterno.
—No deberías haber venido —dije en voz baja, casi un ruego.
—Lo sé —respondió enseguida, sin excusas—. Pero aun sabiendo eso… no pude quedarme lejos de ti.
Mi corazón latía con fuerza, chocando contra todo lo que quería y todo lo que temía. Su sinceridad era un arma peligrosa: podía hacerme huir, o podía volver a abrir las grietas que apenas empezaban a sanar.
—¿Qué buscas con esto, Hoseok? —mi voz tembló más de lo que hubiera querido—. ¿Redención? ¿Perdón? ¿Qué esperas que haga yo con tu regreso?
Él sostuvo mi mirada, y por un segundo el mundo se quedó en pausa.
—Nada de eso —dijo al fin, con una ternura que dolía—. Solo quería que supieras que nunca te solté. Aunque tú creas lo contrario.
—Fue lo que me demostraste —dije finalmente, para luego quedarme en silencio, frente a su retrato.
Él se quedó en silencio, y yo también, no sé cuanto tiempo pasó, pero era evidente que fue más de lo que esperaba hasta que sus brazos me envolvieron, sus manos se situaron sobre mis brazos cruzados y su barbilla se posó sobre mi hombro. Estábamos los dos, observando su retrato.
—Amo tu manera de ver el mundo —dijo en un susurro.
El contacto me desarmó. Mis brazos que habían estado rígidos, temblaron bajo el calor de sus manos. La cercanía era peligrosa, como una chispa a punto de incendiar todo lo que había tratado de reconstruir con calma.
—No digas eso… —susurré con la voz quebrándose.
—¿Por qué no? —su respiración rozó mi piel, y cerré los ojos, intentando no dejarme llevar—. Siempre lo amé. La forma en que conviertes lo cotidiano en eterno a través de tu cámara, en que miras lo simple y lo transformas en algo sagrado. Aunque me hayas odiado, Rory, aunque me odies ahora… no pude dejar de admirar eso en ti.
Tragué saliva, con el corazón golpeando a un ritmo imposible. Cada palabra suya era una grieta en el muro que había levantado.
—No es tan fácil, Hoseok —murmuré—. No puedes abrazarme como si nada hubiera pasado.
—No quiero que olvides nada —respondió, y su tono era una mezcla de súplica y verdad—. Solo quiero que sepas que aunque me equivoqué, nunca dejaste de ser el lugar al que siempre quise volver.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, y apreté los labios para no soltar el llanto que amenazaba con salir. Volví a cerrar los ojos, y recargué mi cabeza contra la suya.