Eres Mi Sol -J-Hope

En tus brazos...

El silencio nos envolvía, y aun así, todo dentro de mí gritaba. La galería parecía haberse vaciado, aunque sabía que no era así. Era como si el tiempo nos hubiera dado un respiro, un paréntesis donde solo quedábamos él y yo.

Yoongi tenía razón… hay heridas que no se sueltan, solo cambian de peso. Y ahí estaba yo, temblando entre el peso del dolor y la ligereza que su cercanía todavía despertaba.

Me aparté apenas, lo suficiente para respirar, para no perderme en esos ojos que me llamaban a volver a un lugar que juré no pisar más.

—No puedes decirme todo esto y esperar que… —mi voz se quebró de nuevo, tuve que cerrar los ojos un segundo antes de continuar—. Que me olvide de cómo dolió.

Él dio un paso hacia atrás, como si respetara la distancia que necesitaba, aunque su mirada seguía atrapada en mí.
—No espero eso. Ni que vuelvas a confiar en mí hoy, ni mañana. Solo… no quería quedarme callado más tiempo. Porque aunque te dejé sola, yo nunca estuve en paz.

El aire me faltaba. Su confesión era un arma de doble filo: me dolía y me sanaba, me enfurecía y me enternecía al mismo tiempo.

—No sé qué hacer contigo aquí —admití, dejando caer los brazos a mis costados—. No sé si quiero que te quedes o que desaparezcas otra vez.

Su voz fue un susurro que me atravesó entera.
—Entonces déjame quedarme un rato. Solo un rato, por favor, no me alejes…

Me giré hacia la fotografía, la que había evitado colgar tantas veces, y entendí que tal vez el destino había decidido que él también formara parte de ese cuadro. Un escalofrío recorrió mi espalda mientras me preguntaba si realmente estaba lista para dejarlo quedarse, aunque fuera un instante más, hasta que finalmente voltee a verlo y asentí.

—Puedes quedarte… pero primero mira todas las fotos —dije caminando hacia la salida de la galería que daba hacia el sendero que dirigía a la playa —cuando termines ven a buscarme…

Acepté con la garganta apretada y me alejé sin mirar atrás, como si al dar pasos pudiera ordenar algo dentro de mí. Él me observó desde ahí, inmóvil un segundo, y luego me siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró entre nosotros.

La galería olía a papel y a mar por la ventana entreabierta. Caminé por el sendero empedrado hacia la playa con los dedos todavía fríos por la decisión tomada; el viento me golpeó la cara y, por un latido, todo pareció más ligero. No forcé el paso. Quería que el tiempo hiciera su parte.

Dentro, Hoseok recorrió la sala con la calma de quien entra en un territorio que no le pertenece del todo, pero que al mismo tiempo reconoce en cada esquina. Se detuvo frente a la primera serie: imágenes de Madeira —olas, bugambilias, rincones de luz, los siete chicos no como banda, sino como personas normales— y su expresión cambió; había sorpresa, casi una ternura que no esperaba. Siguió adelante, tocando con la mirada los marcos, leyendo los fragmentos que había pegado junto a algunas fotos, esas frases cortas que yo había escrito en noches en que reconstruir era lo único posible.

Se quedó largo rato frente a la fotografía donde él aparecía, pero ya no con la pose de costumbre; esta imagen lo mostraba desde mi mirada: la espalda, el sol trazando su contorno, la vulnerabilidad que yo había buscado capturar sin que él supiera. Sus dedos buscaron sin pensar el borde del marco, como si a través de la madera pudiera rozar lo que había sido.

Leyó en voz baja para sí mismo uno de los textos: “Aprendí a hacer del silencio un idioma que no siempre quiero hablar.” Su boca se curvó en una mueca que pudo ser sonrisa o dolor. Giró a la siguiente pared, donde había una serie pequeña: manos que sostienen una taza, un cuaderno abierto, sombras que se estiran con la tarde. En cada imagen buscó un hilo, una respuesta. No las encontró. Pero su respiración se volvió más pausada en ese lugar que era un reflejo de lo que Rory veía con sus ojos a través de esa cámara.

Llegó a las fotografías más crudas: una donde aparecían momentos: la tranquilidad del puerto, la lluvia mojando el camino por donde iban mis pasos, las olas furiosas de un mar en una tormenta.

Después de un rato que no supe medir —segundos que olían a sal y a memoria— limpió con el dorso de la mano un brillo en los ojos y se acercó a la puerta por la que había salido. El sol se inclinaba hacia el oeste y la playa brillaba como una lámina de metal suave.

Lo vi a lo lejos, caminando por la orilla con pasos tranquilos hacia donde yo estaba, se detuvo a mi lado y se sentó en la arena junto a mí. La marea dibujaba y borraba figuras, y el ruido del mundo —la galería, la gente, las palabras dichas y las que no— quedó en un plano distante. Él se sentó junto a mí, dejando un pequeño espacio entre los dos, como si no quisiera invadirme, pero a la vez quería estar muy cerca.

—¿Qué viste? —pregunté con voz baja.

—Vi dolor y un faro de alegría… —dijo con honestidad—. Y también vi una manera de sostener el caos. Vi cómo miras el mundo y lo vuelves digno de ser amado. Vi que no era fácil cargar con lo que viviste, y entendí cuánto te costó reconstruirte. Y… vi que, a tu lado, yo no supe ser el compañero que necesitabas.

Asentí un par de veces; de acuerdo con su explicación, había visto exactamente lo que quise mostrar en esa exposición. En efecto, había dolido y también había sanado en esos meses lejos de Seúl.



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Editado: 20.02.2026

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