Eres Mía Aunque Me Ruegues Que No

Capitulo 7: Presagio

Alma apenas tuvo tiempo de reaccionar.

El malestar regresó con una fuerza brutal, subiéndole por la garganta sin aviso. Se inclinó sobre el lavamanos y esta vez sí vomitó. El cuerpo se le dobló, las arcadas le sacudieron el pecho y los ojos se le llenaron de lágrimas involuntarias. El sonido seco del vómito rompió el silencio del apartamento.

—No… —alcanzó a decir entre jadeos—. Por favor…

Intentó incorporarse, pero el mareo llegó como una ola espesa. El baño empezó a girar: las baldosas claras, la luz blanca, el espejo devolviéndole una imagen distorsionada. Sintió cómo las piernas le fallaban.

Lo último que percibió fue el frío del piso en la mejilla.

Después, nada.

Despertó con un sobresalto.

Tardó unos segundos en entender dónde estaba. El suelo duro bajo su espalda. La puerta del baño entreabierta. La luz encendida. Tenía la boca seca y un dolor sordo en la sien.

—¿Qué… pasó…? —murmuró Alma, incorporándose con cuidado.

Se sentó despacio, apoyándose en la pared. El corazón le latía desordenado. Se llevó una mano al vientre casi sin pensarlo. No volvió a sentir el movimiento, pero la sensación seguía ahí, instalada como una sospecha que ya no podía ignorar.

—Cálmate —se dijo, respirando hondo—. No entres en pánico.

Se levantó con cuidado, se enjuagó la boca y se lavó la cara. El agua fría le devolvió algo de estabilidad. Se miró en el espejo: seguía pálida, pero los ojos estaban más despiertos. Más alerta.

—Tengo que salir —dijo en voz baja—. Ahora.

Fue al dormitorio y se cambió sin pensarlo demasiado. Jeans, una camiseta amplia, una chaqueta ligera. Se recogió el cabello con torpeza frente al espejo. Cada movimiento era mecánico, como si pensar demasiado pudiera romperla.

Antes de salir, miró el apartamento.

La cama sin hacer.
La maleta aún medio vacía.
La puerta cerrada con seguro.

Todo parecía normal. Demasiado normal para lo que estaba sintiendo.

Cerró con llave y bajó las escaleras despacio. El edificio estaba en silencio, apenas iluminado por luces amarillas que alargaban las sombras. Afuera, la madrugada empezaba a rendirse. El cielo tenía un tono gris azulado, indeciso.

El aire frío le golpeó el rostro.

—Respira —se ordenó—. Solo compra la prueba. Nada más.

Caminó un par de cuadras hasta la farmacia de turno. Las calles estaban casi vacías. Un bus pasó a lo lejos. Un perro cruzó la avenida sin prisa. La ciudad seguía con su ritmo indiferente, y eso la hizo sentirse extrañamente pequeña.

Al entrar a la farmacia, el olor a desinfectante y medicamentos la mareó un poco. Se apoyó un segundo en el mostrador, fingiendo revisar el celular.

La farmacéutica la miró con normalidad, sin saber que Alma estaba sosteniendo su mundo con las uñas.

—¿Te ayudo? —preguntó.

Alma tragó saliva.

—Sí —respondió, con la voz apenas firme—. Necesito una prueba de embarazo.

Decirlo en voz alta hizo que algo se le apretara en el pecho.

La mujer asintió y se dio la vuelta. El sonido del cajón al abrirse resonó más de lo necesario. Alma miró alrededor: estanterías ordenadas, cajas de colores, ofertas pegadas con cinta. Todo tan cotidiano que dolía.

Cuando la prueba quedó frente a ella, la tomó con manos temblorosas.

—¿Algo más? —preguntó la farmacéutica.

—No —dijo Alma—. Solo eso.

Pagó rápido y salió sin mirar atrás.

Afuera, se detuvo un momento bajo la luz de un poste. Observó la caja blanca entre sus dedos. Era pequeña. Liviana. Y aun así, pesaba como una sentencia.

—Sea lo que sea… —susurró—, necesito saber.

Guardó la prueba en el bolsillo de la chaqueta y retomó el camino de regreso.

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Alma llegó al edificio con la respiración corta.

No sabía por qué, pero algo en el pecho le avisaba que no estaba sola, aun antes de meter la llave en la cerradura. El pasillo olía a limpieza vieja y humedad. Todo estaba en silencio… demasiado.

Abrió.

La puerta apenas había terminado de moverse cuando lo vio.

Gael estaba dentro del apartamento.

No sentado.
No relajado.

De pie, junto a la ventana del comedor, con el saco aún puesto, como si acabara de llegar… o como si llevara horas esperando.

El corazón de Alma dio un salto violento.

—¿Qué haces aquí…? —alcanzó a decir, con la voz rota.

Gael giró despacio.

No sonrió.

Sus ojos se clavaron en ella con una atención afilada, oscura, como si la hubiera estado midiendo desde antes. Había algo distinto en su mirada. No era enojo. Tampoco sorpresa.

Era cálculo.

Alma retrocedió por instinto. Un paso. Luego otro.

—Yo… solo pasaba a darte algo que olvidaste—mintió, y se dio la vuelta.

Alma intento correr pero Gael fue más rápido. Su mano se cerró alrededor de su muñeca antes de que alcanzara la puerta. No la jaló con brusquedad; no lo necesitaba. El simple contacto la detuvo en seco.

—¿A dónde crees que vas? —preguntó en voz baja.

Alma forcejeó, pero el agarre se endureció apenas un poco. Lo suficiente para dejar claro que no había escapatoria.

—Suéltame —dijo, con un hilo de voz—. Me estás lastimando.

Gael la giró hacia él.

Y entonces lo vio de verdad.

Sus ojos no parecían humanos en ese momento. Había algo animal en ellos, una quietud peligrosa, como la de un lobo que ya decidió atacar pero aún no se mueve. La observaba sin parpadear, como si cada gesto suyo confirmara una sospecha.

—Estás pálida —dijo—. Y temblando.

Alma tragó saliva. Sintió el estómago revolverse otra vez.

—No es asunto tuyo.

Gael ladeó la cabeza, sin soltarla.

—Todo lo tuyo es asunto mío.

El apartamento se le cerró encima. La mesa. La cocina. El pasillo hacia el baño. Todo estaba igual que antes… excepto por él.

Excepto por esa mirada que no se apartaba de su rostro.

Alma sintió una náusea subirle de golpe. Se llevó la mano libre al vientre sin darse cuenta. Fue un gesto mínimo, pero Gael lo notó.




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